Rutina

Fernández, Ariel

Aún dormido y en medio de los preparativos para desayunar algo caliente, entreveo por encima de la improvisada mesada de la cocina a la Eulogia ya levantada merodeando por su patio a unos metros por encima de mi cabeza.
Durante varios minutos estuvo renegando con unos pájaros entre medio de su huerto.
Me llamaron la atención sus movimientos. Medios mecánicos. En la Eulogia esto estaba plenamente vivo.
Confieso que a don Inodoro nunca lo oí acercarse, sólo advertí su presencia cuando vi aparecer, sostenido por un brazo huesudo extendido hacia delante, un mate que fue tomado por ella en total silencio.
Lo que siguió fueron algunos secretos que la Eulogia le comunicó a don Inodoro para poder ir de cuerpo de una vez por todas, no sin ademanes exagerados y ceño fruncido, siendo el más destacado uno que narraba las peripecias de un abombau que estuvo ayer por la tardecita a los pedos limpios donde sus caballos andaban pastando tranquilamente.