Inventar la felicidad

Bravo, Silvia

A Ida Garfunkel,
mamá Ida
(dulce como la sidra).

Cuando abrió el cajón de sastre de su memoria despuntó el crepúsculo sin nubes de un domingo de sol fulgurante cruzado por pájaros, ideal para el hallazgo de cierta calle angosta y serpenteante adornada por aquel barcito que invitaba a entrar, en una de cuyas paredes se veían, enmarcados por finas varillas de madera oscura, un puerto azotado por el viento, la lluvia y, probablemente, el frío, y en la calle adyacente el ventanal de otro barcito que, dada la intemperancia de ese clima, habría obligado a entrar, el cual dejaba adivinar una mesa apenas iluminada, semicubierta por un mantel primoroso con la botella y dos copas ansiosas de manos que las animaran, y quizá también la música ¾que entraba por el ventanal del barcito acogedor en la calle que serpenteaba¾, plañidera al abrigo del verano, susurrante como pinos junto al mar y venida de quién sabe dónde para confirmar que las dos manos que en ese instante y al trasluz del crepúsculo sin nubes unían sendas copas, acababan de inventar la felicidad.