Cuando más grande, más zonzo

Cabrera, Rubén Faustino

El nene golpeó la puerta y el hombre abrió. “Buenas noches, señor Alonso”. “¿Te conozco, hijo?”, dijo éste. “Es posible”, dijo el nene. “¿Y qué deseabas?”. “¡Caramelos o susto!”, contestó el nene. “¡Tenés razón! ¡Es Halloween, la noche del treinta y uno de octubre! Pero… ¡ay, ay, ay, qué cabeza la mía! ¡Me olvidé de comprar caramelos!”. “Tendrá que ser susto, entonces”, replicó el nene. “Claro, pero… ¿cómo vas a asustarme si ni siquiera estás disfrazado?”. “Lo intentaré, señor Alonso”, dijo el nene mientras se convertía en el conde Drácula, extendía su mano derecha y clavaba sus uñas en la garganta del señor Alonso, quien ya comenzaba a asustarse.

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