Sin título

Pierce, Karen

Esa mañana no fue fácil, llegué puntualmente a la hora indicada me sorprendió la cantidad de personas que se habían presentado. Me puse en la fila que lentamente avanzaba. Nadie nos informó que hacer o para que estábamos todos haciendo la fila. Cabeceando diviso una oficina pequeña y una señorita sentada, no entiendo que hace la gente que llega hasta la señorita, pero parece que les entrega algo y se sientan. Ya falta poco, he repasado mentalmente todas mis respuestas, pero con el correr del tiempo ya todo me parece absurdo. Por fin¡ solo faltan tres personas parece que entregan una especie de número, la señorita será de verdad?, parece de piedra….., o será muda?. No habla, solo entrega dos planillas, hay que firmarlas y te da un número y por inercia, creo yo, todos se van sentando.
¡Buenos días señorita ¡ me atreví a deslizar, pero parece que también es sorda la señorita. Firmo, pero no se qué firmo, firmo para no quedarme afuera, firmo para no tener que preguntar, firmo porque los demás firman, firmo porque sospecho que para este posible trabajo conviene no preguntar. Número 24 y todas mis brillantes respuestas ya son balbuceos mentales inconexos. Por fin me hacen pasar y otro hombre de piedra dispara una serie infinita de preguntas que parecen no necesitar respuesta alguna y que se suceden a una velocidad preocupante. Siento que termina la entrevista y mis respuestas brillantes no aparecen, monosilábicamente voy llegando hacia el final. Número 25 se posiciona en la puerta de entrada y parece que me llamarán algún día. No quise preguntar dónde me llamarán, ya que no tengo teléfono, porque no quería retrasar al muchacho de las preguntas.
De nuevo en la calle, la suave brisa roza de mi frente, que suerte que siento la brisa… creí que también yo me había vuelto de piedra.