La mantis

Hinrichsen, Ana

Cuando Carmela grita aterrorizada “mamáaaaa, vení a ver”, las baldosas rojas del patio no se pueden pisar ni con ojotas.
Salgo, y juntas en ese infierno, miramos detenidamente y durante unos segundos a la preciosa mantis que también nos observa con su cuerpecito verde iridiscente notoriamente tenso. Igualmente atenta y erguida sobre las patas traseras, nos enfrenta desafiante. Es perfecta y -no sé por qué- pienso, joven.
Pero mi niña, aferrada a mis piernas, llora muy asustada. Entonces, recuerdo lo peligrosa que dicen que es y doy el escobazo.
Su vientre estaba lleno de huevitos, por eso nos enfrentaba: ella, defendía a su progenie. Ese día, en nombre de mi maternidad, me convertí en asesina.