Ley de dependencia (surrealista)

Jiménez Fernández, Guillermo

Érase una vez un oso llamado Lemío. Al oso Lemío le encantaba aplastar ranas de plástico con la pata de su banqueta mientras tocaba la funda de una guitarra cantándole a su amigo Papoya el marino los últimos éxitos de “La Banda Trapera del Río”.
Ese día Papoya el marino defecó un cajón gigante que contenía el cuerpo aplastado de un sobrino de Lemío. Se trataba del osito Cina. El osito Cina era un enfermo mental. Tenía doble personalidad.
Pensaba que él, además de un osito, era José Luis López Vázquez, así es que le dijo a su tío Lemío que lo sacara de “La cabina”. O lo sacaba de la cabina, o mataba a besos al coche de cuerda que tenía aparcado al pie de su caja. Pero como ellos todos eran personajes de pintura sucia, al final, pensó que no serían felices ni comerían perdices.
Lo que Cina no sabía es que Papoya el marino y el oso Lemío usaban el mismo cepillo de dientes e idéntico despertador. Uniendo sus fuerzas incrustaron el eté de plástico barato en el autobús que llevaba encima una muñeca hitleriana sin piernas. Pusieron a los ninjas baratos como conductores. Al conejo langosto, de persona en los asientos traseros. A los dos futboleros argentinos (Passarella y Bertoni) los pusieron a pelear con los muñecos esos de la estantería que son tan bordes y que enseñan el culo y dicen caca, culo, pedo, pis y que ahora no recuerdo como se llaman. El oso Lemío y Papoya el marino cogieron unos lápices, las carpetas y el gato chino que saluda y se lo embutieron a Cina por dónde la espalda pierde su nombre. Qué culpa tengo yo, pensó Cina.
Y no fueron felices ni etc…, pero que a gusto se quedaron (los tres). Fin.