La puta de Morrison (cuentito indignado)

Bilbao, Daniel

El pueblo de Morrison hervía de indignación. Podría decirse que todo el pueblo salió a la calle para exigir que la prostituta del pueblo se fuera. Todos estaban representados. La gente común, con sus hijas de veinte años, todas vírgenes. Maridos con gorras para ocultar sus cuernos. Las esposas adúlteras con el Jesús en la boca. Personas de bien de todas las profesiones. El cura con el Cristo, pero sin Magdalena. Un par de monjitas muy vírgenes. Es decir, todos. Cuando comenzó a oscurecer los cirios le pusieron la mística que le faltaba a la marcha. Fue un éxito.
‒Disculpame que llegue tarde, me quedé en la marcha hasta el final. Estuvo bárbara -dijo Sara.
‒Me imaginé. El intendente me contó algunos detalles. Parece que la muy puta se va a ir, nomás -le reveló José.
Sara se arrojó en sus brazos como si no hubiese deseado otra cosa en todo el día. José no tardó más de treinta segundos en desnudarla. Primero en el sofá, luego apoyadas sus manos sobre el escritorio, después sostenida en los fuertes brazos de José, casi con urgencia, Sara gozó hasta apagar el deseo.
‒¡Uy, mirá la hora que es -dijo levantándose la bombacha-, mi marido ya debe estar en casa!
‒Es cierto, y yo tengo que preparar las cosas para mañana. No faltes -le dijo el sacristán-, la misa es para pedir que se vaya del pueblo la puta ésa.
Con cara de indignado lo dijo.

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