Sin respuesta

Sorbo, Hugo

Me miró, la miré. Ambos en silencio. A los veinte días seguía sonriente, ignoro por qué. Le hablé quedo, conmovido, persistió su sonrisa. Mentalmente me explicó la falta de gracia ya que en veinte días sin vernos no corriera a estamparle un beso de película. Gracioso y funesto al igual, ¿por qué no vino ella a mí e hizo lo que proponía? No contesté.
Le advertí un mohín sugerente y en el centro de mi mente supe qué hacer.
En la acción en un film francés pensaríamos: “esto solo pasa aquí”.
Mas ella me miraba y yo a mi vez… Sonreía enigmática, yo temblaba; extendí mis manos adelante y se estamparon contra el afiche.