Hoy

Paiva, Roberto

Los saludos para mi, durante muchos años, fueron sólo costumbre. Los de encuentro y los de despedida. Fueron un simple roce de mejillas, un “hola” a la distancia, un flácido gesto con un brazo, o una fugaz sonrisa.
Fueron quizás mucho menos que una costumbre. Porque uno cree que el futuro siempre llega. Y que nos traerá un nuevo encuentro y una nueva despedida.
Los saludos que siempre daba, estaban anclados en la rutina y flotaban en el aire, que todo se lo lleva. Sin saber, claro, que eran mucho más que eso.
Los saludos para mi, hoy, son lo que deben ser. Una enorme celebración de la vida.
Lo entendí, desde aquel día en que me fui muy temprano por la mañana diciéndote un “chau” somnoliento.
Lo entendí, porque la noche de ese día, al llegar a casa, ya no estabas.
Porque ya jamás te voy a poder decir “hola” nuevamente.
Y porque hasta hoy ni siquiera sé dónde estás, al menos, para despedirme.