La señora de la mirada triste

Lopo, Emilia

Ella andaba merodeando desde hacía días por allí. Esa mujer de unos sesenta años, de cabellos blancos y mirada triste, se paraba siempre en la vereda de enfrente; desde allí me observaba cuando yo salía de la escuela, puntualmente a las cinco.
Usualmente me iba caminando a casa, con varios compañeros del quinto grado, ella sólo se quedaba mirando hasta que yo doblaba la esquina.
No quería contarle nada a mamá para que no se preocupara, siempre estaba muy nerviosa entre su trabajo y la casa, pero yo no podía borrar de mi mente la imagen de esa mujer.
Un día al salir, como siempre a las cinco, noté que no estaba en el mismo lugar, había cruzado la calle y estaba cerca de la puerta. Yo miré como buscándola, entonces escuché una voz que me decía:
Aquí estoy.
Me turbé y no supe qué hacer, quise correr; pero ella me tomó suavemente del brazo y me dijo:
No tengas miedo, no quiero hacerte daño.
Después me preguntó cómo me llamaba, dónde vivía, cuándo cumplía años, si tenía hermanos y cosas así. Yo contestaba a todas sus preguntas, ya no estaba asustado porque su voz era suave y su mirada me hacía sentir muy bien, como protegido.
Y así pasaron los días y las semanas. Cada día hablábamos un poco más y me acompañaba hasta la esquina, yo le contaba las cosas que había hecho ese día y se reía mucho de mis travesuras.
Cierta vez mamá decidió ir a buscarme a la salida, y cuando llegó me encontró hablando con ella. Se puso furiosa, bruscamente me tomó del brazo y me metió en el auto. Yo le dije que no se asustara, que la señora no quería dañarme y que era muy buena; pero ella seguía gritándome y diciéndome que cómo no le había contado, que ella siempre me había dicho que no hablara con extraños, y hasta llegó a decir que iba a hacer la denuncia a la policía.
Al día siguiente salí corriendo, quería verla y contarle lo que había pasado y alertarla; pero llegué tarde. Vi como dos policías se la llevaban y la metían en un patrullero; alcancé a ver sus ojos llenos de lágrimas mirándome con una tristeza larga, infinita.
Pasaron varios meses. Un día estaba mirando televisión. Distraídamente cambiaba de canal, de pronto la vi, ¡era ella!, la voz decía que se conmemoraba otro aniversario de no sé que cosa, y la cámara la puso en primer plano: tenía un pañuelo blanco en la cabeza y la mirada triste de siempre.