La vieja del Viejo

Vidal, Emiliano

Mario era el hijo mayor de Beto, un dirigente sindical de otros tiempos. Leal astilla de esa buena madera que era su padre, quien había sido el representante de los trabajadores del taller mecánico aún antes de la llegada a la política de ese coronel que cambió la historia, era el maestro de escuela de muchos niños. Para ese aullante invierno de mayo de 1977, estaba desaparecido. No se lo veía por ningún lado. Papá Beto había fallecido un año antes del golpe militar. Los hilos del país balbuceaban en manos de generales que desconocían por completo la premisa que habían tallado el denominado Padre de la Patria, José de San Martín y quien se contentaba con ser un buen hijo de ella, Manuel Belgrano: el ejército no está para castigar a su propio pueblo.
Si bien Mario era el que organizaba las charlas políticas, el que revisaba la historia, el que despabilaba zonceras, encaraba una tarea suprema: era el Papá Noel de las Navidades familiares.
Durante casi una década, Mario se calzaba los algodones que oficiaban de barba blanca, suspiraba con los tensores rellenados que hacían de un estómago prominente y se enfundaba en un pijama rojo que un primo nunca usó y abandonó a mejor suerte. Desde 1965 su participación era el postre final de una gran velada.
Mario nunca apareció. La Navidad de ese año 77 fue la primera de muchas sin la presencia “del viejo rojo con los regalos”. Nadie ocupó su lugar. Beto murió de tristeza aún cuando se había acercado a esas viejas locas como lo llamaban los que desaparecían a tipos como Mario y hacían esas rondas en la plaza más emblemática de la Argentina.
Pero a Tema, su mamá, envalentonada por el retorno de la democracia, para la Navidad de 1984, se le ocurrió encarar el que sería el primer gran homenaje para su hijo desaparecido: ¡disfrazarse de la MAMA de Papa Noel…! Para que sea un éxito, Tema recurrió a elementos tan particulares como extraños; una media femenina en la cabeza –lo cual le deformaba sus rasgos faciales- una peluca de los tiempos en que la mayor de las tres, su hermana Ñata, era peluquera; un derruido vestido; las manos, calzadas con unos guantes de cocina gastados y lo más interesante, era que alrededor del cuello colgaban retazos de muñecas sin cabezas o sin brazos que habían pertenecido a su hija Marta.
En su debut, y sin vacilar, salió por el ventanal de atrás, entrando sigilosamente por el jardín al patio donde estaba el resto.
– ¡Hola chicos, hola, vengó en representación de mi hijo, soy la mamá de Papá Noél que nunca los olvidó…!
Los llantos de los primos más chiquitos, mezclados con las risas de los primos más adolescentes y de los adultos, fue el puntapié inicial para una Navidad inolvidable.
Es que con esas ropas, y el timbre de la voz cambiada, Tema parecía un monstruo.
¿A quién se le podía ocurrir disfrazarse de la madre de Noel?, porque Tema no olvidó y hoy sigue sonriendo cuando observa en su nieto treintañero, que las Navidades volvieron a tener al Viejo Noel.

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