Lecturas

Fernández, Carolina

Cuando en la Panamericana dos tipos de uniforme verde se le cruzaron haciéndole señas para que frenara, pensó en lo inoportuno de sacar a pasear a la familia con el desasosiego que se respiraba en la calle. Obedeció, no había otra. De la nada brotaron cuatro milicos, armas desenfundadas y se cubrieron detrás de su coche, disparando en dirección a la ruta. En el asiento de atrás, las nenas miraban hipnotizadas los casquillos que saltaban como chispas de las 45. Les bajó la cabeza de un empujón. “Nos usan de escudo, hijos de puta” murmuró su mujer. Un auto rojo se acercaba a toda velocidad con un ruido de avión demasiado bajo, el sonido de las cosas que están convirtiéndose en terribles. Alcanzó a ver la nuca del conductor, casi escondido tras el volante. Le disparaban con rabia. Doscientos metros más adelante se estrellaba contra un rastrojero para incendiarse despacio, mientras los milicos miraban, relajados.
A la mañana siguiente, la nena de seis años señaló un recuadro chiquito, casi perdido en la cuarta página del enorme diario. “¿Qué quiere decir “enfrentamiento”, Pá?”