María Sol

Lopo, Emilia

Fueron años duros de estudio en Buenos Aires. Por fin conseguí mi título de médica. Las luces de la ciudad no me deslumbraron, y tal como me lo había propuesto, volví a mi pueblo con mi diploma bajo el brazo y un montón de ilusiones en el equipaje.
El consultorio estaba al final de la calle. Aquella mañana, como tantas otras, subí a mi bicicleta y salí, dispuesta a ayudar a toda esa gente humilde de la que recibía tanto afecto. Una brisa cálida me acariciaba la cara y jugaba con mis cabellos. Se anticipaba otro día tórrido de siestas interminables; el sol blanqueaba la fachada de las casas y un olor a hierbas frescas bajaba desde las montañas.
María Sol ya estaba esperándome, preparando el listado de los pacientes del día. Dos veces por semana me ayudaba, y el resto trabajaba en la casa del gobernador. Era hija de un matrimonio muy pobre; tenía ocho hermanos y había cumplido sus quince años, sin fiesta ni vestido largo. Era muy aplicada en su trabajo y por las noches asistía a la nocturna para terminar la secundaria.
Aquel día la noté muy triste, estaba ojerosa y parecía cansada. Después de mucho insistir la convencí y me dejó revisarla. Se mostró muy reticente, vi que su estado general era bueno, por lo que no insistí en seguir con el examen. Por fin empezó a vestirse, y a medida que lo hacía su nerviosismo aumentaba, hasta que empezó a llorar. Cuando logré que se calmara me dijo que creía que estaba embarazada. Con mucha paciencia le pedí que me contara lo que había pasado; sabía que no estaba de novia. Sus enormes ojos negros se nublaron cuando me contó que Don Ramón había estado acosándola y, bajo amenazas, la obligaba a tener relaciones con él. No podía creerlo: el mismísimo gobernador que hacía alarde de su honestidad y se pavoneaba paseándose con su esposa y sus hijos, mientras todo el pueblo le rendía pleitesía.
El examen dio positivo y fue el inicio de nuestro calvario. Le prometí que no la dejaría sola. Personalmente fui al despacho del gobernador; apenas le dije lo que sucedía me insultó y a los gritos me dijo que cómo podía creerle a esa chirusa que se revolcaba con medio pueblo. Nunca más quiso recibirme. Esa misma tarde la despidió de su casa.
A los pocos días me extrañó que María Sol no viniera al consultorio. A la noche fui hasta su casa y encontré a su familia muy preocupada: su hermano mayor había ido a buscarla a la escuela y no la encontró. Sus compañeras no la habían visto.
Pasaban los días y no aparecía. Recurrí a la policía, a las radios y al diario local, pero nadie quería ocuparse del tema. En mi consultorio cada vez entraban menos pacientes y la gente murmuraba cuando yo pasaba.
Al mes su cuerpo apareció flotando en el río; dijeron que había sido una sobredosis, no le dieron importancia a los golpes que desfiguraron su rostro, ni a las heridas cortantes que tenía en diferentes partes del cuerpo.
El departamento de la calle Balcarce es chico pero cómodo. Los fines de semana es más tranquilo y voy a caminar por la costanera; el olor del río y el canto de los pájaros, me recuerdan un poco a mi pueblo.
El portero, atento como siempre, me abre la puerta del ascensor:
¿Me permite que la ayude doctora? Espero que hoy tenga suerte y que alguno de esos desgraciados la escuche.
Junto con mi gente damos otra vuelta a la pirámide. Como todos los martes, cientos de carteles visten la Plaza de Mayo, unidos en un solo grito: JUSTICIA PARA MARIA SOL.

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