Cumbre de dolor

Baldessari, Adriana

Entre las siete y las ocho de la noche comenzaron a llegar al bar El Cairo, para compartir la tertulia, como cuando estaba el Negro.
Clemente con Bartolo, La Mulatona y Jacinto, Mimí con Clementina y el hincha de Camerún con el Clementosaurio. Iban del brazo o abrazados para ganarle al frío de la soledad.
Sentado a la cabecera de la Mesa de los Galanes, los esperaba el amigo Mendieta, anfitrión experimentado en el dolor por sus casi cinco años de orfandad. Juntos lloraron hermanados por la tristeza.
Luego de mil cuadritos de silencio Clemente con voz entrecortada lamentó desde el alma no haber podido darle un último abrazo al Negro de ellos. Mendieta no habló, pero moqueó solidario extrañando al Negro de él.
A la medianoche el mozo se acercó para decirles que iban a cerrar y que la consumición corría por cuenta de la casa. Los personajes salieron lentamente y se quedaron en la esquina como interrogando al cielo. De pronto unos inconfundibles trazos de tinta china oscurecieron el firmamento rosarino. Trazos paternales que decían: -Aquí estamos, Vivitos y coleando-.