Escondido en la luz

Puga, Fernando Andrés

Lo busqué. Pregunté a familiares y amigos; a compañeros de trabajo. Puse su nombre en Facebook, en Twitter, tratando de dar con su paradero.
Nada.
Se fue lejos, dijeron algunos; no va a volver. Hubo hasta quien se atrevió a insinuar que había muerto.
Entré al camarín resignado y mientras me maquillaba frente al espejo, noté un brillo nuevo en el fondo de mis ojos; un reflejo esperanzador.
Subí al escenario y antes de dar comienzo a la función eché un vistazo hacia la platea.
—¿Con que ahí estás?— exclamo al ver la inocencia en la mirada expectante de los chicos.
—¡Claro! ¿Dónde si no?
—¿Cómo no se me ocurrió antes? ¿Y sabés una cosa, Hugo? Te veo bien.
—Por supuesto, mi amigo. Acá estoy: vivito y coleando.