21/11/06

Mora, Diego

El día empezó con un temblor casi imperceptible. A eso de las once de la mañana fue apareciendo el sol, excepto que, para el asombro de la mayoría estaba muy al oeste. De hecho, por la luz que proyectaba, parecían las cuatro de la tarde, pero los relojes seguían marcando las once aeme. Al principio hubo expectación, periodistas y especuladores, suicidas y clarividentes. A las tres de la tarde estaba tan oscuro que la gente terminó por regresar a sus hogares y entre el nervio y el tedio acabaron pernoctando. A las dos de la madrugada el sol pegaba con tanta fuerza que la gente se fue a sus trabajos. Sólo un par de escépticos mantenían –cuatro días después- la loca hipótesis de que algo como el tiempo o la vid se había perdido. Los demás adelantaron el reloj.