Delatora

Nasello, Patricia

No me canso de observar las trifulcas que se arman entre los creyentes por conseguir una montaña. Una que esté desocupada y quieta porque gracias a la fe, andan moviéndolas a su antojo. Las arrean como a caballos, se trepan y andan.
Las usan para transportarse hasta el trabajo, para ir de paseo, de visita, de compras; para enviar cartas y regalos.
Los que se dedicaban a la cría y engorde de bestias de carga quedaron en la miseria, hasta el Príncipe renunció a ir y venir en la carroza imperial y ahora recorre sus dominios enancado al pico más alto.
Los miembros de la Inquisición están preparándome la hoguera, descubrieron que tengo la suela de los zapatos gastada.

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