Sonrisa caída

Padula, Rubén

Esther era mesera de taberna y nunca se le caía la sonrisa de los labios. Todos la buscaban, la preferían: una mujer así era una tentación. Se adivinaba su desenfreno en la coquetería con que posaba la botella sobre la mesa, la manera amorosa con que repasaba las copas. Hasta esa vez que se le cayó. Fue inútil la búsqueda de los parroquianos entre las patas de las mesas, en las suelas de sus zapatos, en las grietas de las baldosas. Algunos dicen que vieron cuando la tierra se tragó de una vez la sonrisa de Esther.
Ella no abrió la boca al ver que Pantaleón, escoba y pala en mano, la guardaba en el bolsillo de su camisa.