Destino fatal

Palacios, Osvaldo

Rogelio, siempre positivo, pensando en su hoy, en su presente, se levantó más temprano que nunca. Eran las cinco de la mañana… recordó lo que dicen los mayores…”Al que madruga Dios lo ayuda…” y a pesar de la fuerte tormenta eléctrica que hacía temblar a toda la tierra, no dijo no y se preparó para ir a su entrevista final, a firmar el contrato con la empresa petrolera que lo había seleccionado como ingeniero. Se vistió con sus mejores galas, corbata al tono y su inseparable paraguas negro. Cerró la puerta y se dijo: “Aquí voy, hoy madrugué y Dios me ha bendecido”. Comenzó a caminar rápidamente sorteando charcos. Siete cuadras lo separaban de la parada del colectivo, el cielo todavía ennegrecido se iluminaba de relámpagos y truenos, una sinfonía de colores, de fuegos artificiales naturales lo acompañaban. Su sueño estaba por cumplirse a pesar de las inclemencias del tiempo, hasta que un rayo certero descargó su fuerza imbatible, hizo tierra en su paraguas y lo mató instantáneamente. Estaba a dos cuadras de la garita, pero el destino le jugó una mala pasada. “A veces el hombre propone y Dios dispone”, y la Madre Naturaleza también.