Contigo pan y cebolla

Mazía, Ana Silvia

—¿Otra vez? ¿Otra vez pan y cebolla? ¡Estoy harto! —protestó, y dio un golpe sobre la mesa.
—¡Y… bueno, qué querés! Mamá no quiso que aprendiera a cocinar, porque decía que era una esclavitud —se defendió ella.
Él tenía hambre, así que, comió igual. Pero, eso sí: le puso de todo.
Mostaza, aceite de oliva, romero, pimienta.
Y al pan, dulce de leche.
Y bajó todo con un buen moscato.
Mientras tanto, ella pensaba: “¡Total, cuando él no esté, me pido unas porciones de caprese, napolitana, muzza…! Lo que sea. Cualquier cosa menos fugazzeta.”