Perder la cabeza

Nicastro, Laura

Sheherezade temía la decapitación: su imaginación se agotaba. Una noche le sugirió a Harún-al-Rashid:
– Mi señor, os he contado numerosas historias y seguramente vos, en vuestra sabiduría infinita, tendréis muchos más acontecimientos para narrar que esta humilde servidora. Os propongo que comencéis a relatar y yo terminaré el cuento la noche siguiente.
Tanto se entusiasmó el sultán con este juego, que se ocupó de empezar y hasta de rematar cada historia. Sheherezade siempre lo alababa profusamente.
A poco, el sultán dio en contar historias al Gran Visir, a los consejeros de fácil palabra, a los embajadores de otros reinos que huían despavoridos, a los soldados de su guardia personal, a cada uno de sus incontables hijos (cuando descubría sus escondites), a las cuatrocientas concubinas … quienes habían co-menzado a perseguir a los eunucos. Una tarde pasó junto a la favorita, murmu-rando solo y sin reconocerla.
Por fin, después de tantas noches de insomnio, Sheherezade pudo dormir tranquila.