Sin título

Fernández Fucks, Analía

Dice que me relaje, que mire el techo, que piense en blanco. Lo único que se me viene a la cabeza es un verde fosforescente con círculos concéntricos atravesados por triángulos. Entonces, la aguja contrae el cuerpo y encorvo el lomo como un gato reversible. Me pide que respire profundo. Pega su cara a mis costillas como si fuera un perro a punto de lamer los huesos tirados en el patio. ¿Qué soy por dentro, doctor? ¿Una caja musical con una bailarina parapléjica? Ahora me toca el pecho en busca de respuestas ventrílocuas. Quiero toserle sobre su incipiente calvicie. Estoy a punto de dejar caer miles de bacterias envueltas en baba blanca. Pero se incorpora y me pregunta si el helado de vainilla me da alergia y si cuando tenía cuatro años me caí a un lago en bicicleta. Pienso decirle que a los siete tuve viruela porque la tía me contagió con su beso rojo en la boca. O que a los catorce me operaron las axilas por exceso de transpiración. No me da tiempo a hablar y anota, duda, frunce el ceño, dice ajá muchas veces. Le explico que no recuerdo qué comí en el último cumpleaños de quince al que fui. Hace veintidós preguntas que tengo los pezones erizados y los dedos del pie contraídos. Le digo que tengo algo acá. Y acá. Y acá. Saca su lapicera de pluma y con una letra incomprensible escribe su planilla. “Usted está muy bien”, me anima sonriente. Yo también quiero alegrarme pero no sé a dónde ir con una receta en blanco, con un dolor no autorizado, con este caerme para adentro.

De Soy un efecto.