La fogarata

Vilá, Daniel

Mañana es San Pedro y San Pablo y en la calle Tellier no hay una sola rama. Sin embargo, las cosas parecían claras aquel día en que sellamos el pacto mientras nos atragantábamos con batatas asadas en el campito que está a la vuelta de la placita. Es que la fogarata tenía que arder costara lo que costara. Aunque la vieja del gordo Abel armara quilombo porque la guardia se prolongaba hasta la madrugada, o Pancho tuviera que esperar a que se apagaran las luces de su casa para entrar haciéndose el boludo tras haber cumplido su deber de custodiar la madera seca. No hace falta que me lo digan, ya sé que la vida es mentirosa y juega con trampa, pero habíamos jurado alimentar las llamas y no cumplimos con nuestra promesa. Nos dejamos afanar de nuevo y esta vez no podemos echarle la culpa a los de la calle Tonelero porque esos se mudaron hace rato. ¿Qué hicimos con nuestras ilusiones? ¿Por qué dejamos que se convirtieran en cenizas?