Ingenuidad infantil

Osvaldo Palacios

—¡Yo atiendo!—gritó Dieguito, y con la ingenuidad propia de un niño de cinco años, corrió y atendió el teléfono.
—Hola, ¿Quién habla? Soy Diego.
—Nene, ¿puedes llamar a un mayor?
—Yo soy grande, ¿Quién habla?
—¿Estás solo?
—No me dejan contestar esas preguntas.
—Está bien… ve y llama a un grande que esté en la casa.
—No lo conozco… ¿Quién habla?
—Nene, no tengo tiempo, haz lo que te digo.
—Si no me dice quién habla corto.
—Soy Abel, el dueño de la casa.
—¿Qué quiere?
—Hablar con tu mamá o tu papá.
—¿Y para qué?
—Problemas de mayores. ¿Puedes llamar a alguien, por favor?
—Si no me dice para qué, le dije, corto.
—(el hombre ya nervioso) Para pasar a cobrar el alquiler, quiero mi dinero, hace dos meses que no me pagan, ¡entendiste nene! ¡Llama a alguien ya!
Dieguito se asustó, y tartamudeando, dijo:
—Un…un…mo…momento señor dueño…ya vuelvo.
Dejó el teléfono, corrió hasta la cocina, explicó lo que sucedía rápidamente y regresó.
—Hola señor, perdón, pero dice mi mamá que no está.