Una

Giovanni Clavijo Castillo

La una de la madrugada, un teléfono chilla en la oscuridad. Una, dos, tres, veces.
— Sí, diga…
— Flavia, por favor.
Esa voz, marica, esa voz en piloto automático, esa voz de locutor de emisora tropical.
— No, está equivocado, aquí no vive ninguna Flavia.
— Qué pena, bacán, ¿estaba durmiendo? Discúlpeme, me dieron este número telefónico.
— …
— Me llamo Esteban, soy amigo de Flavia.
— Hermano, ya le dije que aquí no vive ninguna Flavia.
La tropivoz cuelga. Afuera, en la calle, alguien se pone en modo Sho Kosugi (eso no va a impedir que te revienten, camará). ¡Puta noche! Y Flavia desangrándose a mi lado.