Relincha el cielo

Gilda Manso

El cielo se puso rosa, pero ya estamos todos adentro. Es un rosa casi fucsia, un cielo denso. Y ya sabemos lo que viene. Hace tiempo que sucede lo mismo.
La última vez que llovió, llovió arena. Fue una lluvia bastante suave, aunque opresora; nada que ver con aquella temperamental tormenta de verano; en esa ocasión, del cielo cayeron caballos. El cielo no tronaba: relinchaba. Eran caballos etéreos, casi románticos, pero caballos al fin. Cayeron y destrozaron medio pueblo; luego, cuando salió el sol, se levantaron como pudieron y buscaron un lugar donde descansar. Tuvimos que empezar de cero. Entonces, a los pocos días, llovió dinero; nos creímos salvados de nuestras miserias, cuando descubrimos que se trataba de australes. Una lluvia con más de diez años de retraso. Igual nos sabemos afortunados: en el pueblo de al lado, una noche hubo una tormenta de catedrales; los pueblerinos, luego de contar sus muertos, se convirtieron al ateísmo sin posibilidad de negociar con el cura que argumentó, sin éxito, que dios tiene extraños métodos para llegar a sus fieles.