Sin título

Carolina Fernández

Aún locamente enamorado de su vecina de enfrente, negra y lustrosa como él, de maullido ronco y suave, y a pesar de saberse irresistible en sus ojazos celestes, el pobre Simón nunca se había animado a soltar el resorte de sus ancas ansiosas y apurar los seis saltos hasta la ventana, del otro lado de la calle. No había manera de hacerlo sin que una, diez, cien personas atravesaran su trayectoria. Y como todos los gatos saben, cruzarse con un humano trae mucha mala suerte.