Cegueras

Sergio Gaut vel Hartman

—¿No puede ver que estoy ciego?
Nada decía que estuviese ciego. Tenía los ojos muy abiertos, y parecía mirar con fijeza.
—Usted no es Borges —dijo Wyndham—, y tenga paciencia: la oscuridad terminará por disiparse.
—Nunca dije que fuera Borges —replicó Carneiro, airado—: hasta ahora sólo me habían confundido con Saramago.
—Será culpa del idioma —acotó Sábato socarrón—; voy a escribir un informe sobre este suceso.
Mientras tanto, un subrepticio incendiario se colaba por detrás de la escena, acercaba la tea, encendía el pasto seco y fabricaba otra porción de humo blanco.

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