Matungo

Fernando Andrés Puga

La última vez que lo vi, estaba más flaco que de costumbre. Parecía no haber comido en varios días y arrastraba el carro con gran esfuerzo. Le acerqué unas galletas de esas que habitualmente guardo en la vieja lata que tengo entre los fierros del taller, salpicadas de azúcar. Sé que sonrieron sus ojos tristes. Después se alejó a paso lento. Recuerdo que pensé que no lo volvería a ver.

Cuando vino el agua y arrasó con todo, regresó a mi memoria. Con su andar cansino a pesar de los rebencazos, ha de andar recolectando a más no poder. Aunque, quién sabe, tal vez se lo llevó la corriente.

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