Sin título

Beatriz Marinero

La última vez que usé ese vestido, él todavía estaba con vida. Fue cuando bendije la existencia de los celulares, tantas veces denostados, porque su hija, que sólo se comunica por ellos, me había enviado un mensaje que decía: “Papá internado grave”. Yo que lo había dejado sano y bien antes de ese corto viaje, no lo podía creer, no me cabía. Me fui volando con lo puesto a la dirección indicada y al llegar agitada, él me reconoció con una sonrisa, devolvió mi beso con uno punzante de barba crecida y una verde mirada esperanzada. Pero ¡ay, amor!, tan inútilmente esperanzada.