A-parejos

Patricia Nasello

—Ajustame bien la bridadice.

La experiencia indica no preguntar, entonces, permito que mi mano recorra la suavidad de su cintura y mantengo la posición, el lazo recién inaugurado.

No recuerdo su nombre y tampoco importa, el bar donde nos conocimos ahora parece un sueño, la única realidad es el claroscuro de esta habitación y nuestra ropa en el suelo.

Su lengua entra como un balazo en mi boca.

—Ajustá más —murmura luego en mi oído.

Loco por alcanzar la tierra fértil que oculta su broza, ciño cuanto puedo el abrazo.

—No es suficiente —declara apartándose de pronto, más fría que el hielo. Y para mi enorme sorpresa da media vuelta, me amaga una coz y se marcha al trote.

Carla, creo que se llama Carla.

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