El Alba

Fernando Andrés Puga

El diablo entró en la alcoba. Ella dormía. Con un lazo le ató el brazo derecho al respaldo. Mordió su codo. Le tapó la boca con odio hasta hacerle sangrar el labio inferior. Se abrió paso y llegó hasta su cadera. Cabalgó como un barco sobre olas bravías. Ella se sacudía y, mientras él le invadía la cola, quiso gritar. Él le susurró chanchadas al oído y el lebrel que lo acompañaba se acercó hasta el vientre de ella. Ladró. Movió el rabo. Se ve que le gustó el sabor de la loba que a punto estuvo de morir. La salvó el timbre. Culpa del olor que atrajo a los vecinos.