Sin título

Sergi G. Oset

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014, los radicales se citaron horas antes en los alrededores del campo para intercambiar tarjetas de visita. En aquella tarde calurosa estaba en juego la inmortalidad o el olvido. Baste recordar, que esa misma semana, un directivo declaró «saldremos a matar», las declaraciones de cierto jugador que hablaba de «lavar el ultraje del último robo arbitral», o los encendidos debates televisivos entre viejas glorias.
El resto es bien sabido: el pánico en las gradas, la invasión del campo, los cuerpos cubiertos por sábanas, alineados sobre el césped.
Cientos de velas y fotografías componen un improvisado altar junto al estadio.
Pero, dicen: ¡por fin campeonamos!

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