Los gustos… en vida

María del Carmen Allegrone

Comieron la manzana con toda furia, todo el arbusto del bien y del mal. Marosa di Giorgio

Huevos crudos sobre el musgo limpio, fuente de metal playa con suficiente agua fresca, algunas lauchitas blancas, dos o tres lagartijas. Dieta balanceada, luz natural, temperatura justa. Proximidad de las orquídeas, imperceptible respiración de los gomeros, ir y venir de insectos. Casi todo resuelto.
Con un silbido le avisa que llegó, a veces la llama por su nombre, le agrada que por un momento no la confunda con un perro, la saluda con una caricia, la invita a salir del lugar donde duerme y sueña con la Sabana. Corre las cortinas, resplandores de tarde caliente, música oriental. Se descalza, bailan. Contorneándose, se estiran. Mezcla de sombras en el techo. Se le enrolla en las piernas, en los brazos, logra desnudarla, están las dos con la piel al aire. Sube el volumen de la música y la bestia enloquece de deseo, abre la boca en un espectacular arqueo de mandíbulas rosadas y húmedas. Emerge su lengua suelta que vibra como aleteo de colibrí. Danzan hasta agotarse. Tiradas en el piso, se acomodan. Estaturas envueltas.
En ocasiones han compartido el lecho, postres nocturnos que se dan una a la otra. No es sencillo quedarse en un rincón de la cama para hacerle lugar, pero no hay nada más placentero que sentirla cerca, pesada, inmóvil, alerta.
Una noche la pitón real esperó que su dueña empezara a roncar. Suavidad al deslizarse, temblores de gozo. Movimientos lentos, calculados, medir la longitud del cuerpo extendido, habilidosa maniobra de quien necesita conocer las dimensiones exactas de su banquete.