Juego

Patricia Nasello

—Hagamos un chinchón —me invitaste luego de que compartiéramos el almuerzo. De vos heredé el gusto por jugar a los naipes de modo que, en esa horrible extrañeza que resultaba el mundo sin mamá, ese mínimo placer compartido, con el correr de los días, se hizo hábito. No sé cuántos partidos jugamos la nena llegada a abuela y el gigante que amparó mi niñez, quizá fue uno solo que duró poco más de cuatro años.
—Tengo una cábala —te comenté una tarde— pero no la digo.
—No —respondiste con irónica picardía ya que a mí casi siempre me tocaba perder.
El as de espada, retener el as de espada, alguna vez tenía que decírtelo.