Puga, Fernando Andrés
Y en ese ir y venir desde casa al mercado, al banco, a la iglesia, al cementerio… un buen día lo volví a encontrar. Fue en la plaza donde cada mañana le das de comer a las palomas. Venía cansada con la bolsa de las compras y me detuve un momento a tu lado. Te pedí un puñado de miguitas. Te ofreciste a acompañarme. Desde entonces no hay día en que no pasemos un buen rato juntos.
¿Que no me apresure? ¿Que ya no estoy para esos trotes? ¿Que antes de tomar una decisión tenga en cuenta el dolor que me puede causar? No, de ninguna manera. ¿Para qué buscarle caries a este extraordinario regalo que me das, justo cuando estoy a punto de tirar la toalla?


