Una cinta, dos hombres

Vidal, José Luis

El día anterior presagiaba mal tiempo, negros nubarrones cubrían parte de la Gran Aldea y amenazaban acompañar con lluvia ese veinticinco de mayo de mil ochocientos diez. Esa madrugada, sumida en una semi oscuridad con la complicidad de los faroles esquineros que se apagaban al ser castigados por el viento, fue silenciosa testigo del paso lento de dos hombres, que como sombras, caminaban por una calle del barrio de San Telmo.

Ambos eran vecinos y una leyenda se estaba forjando, la cual quedó atrapada en los sutiles pliegues de una historia romántica. Si ensayamos un ejercicio de imaginación escucharemos sus voces, sus pasos, su presencia y el fervor que palpitaba en los mismos. Descubriremos su perfil humano, su amor al suelo patrio, sus ideales, la acción que en conjunto con otros patriotas están a punto de emprender.

De tal forma, al sentirnos junto a ellos es como tener una charla informal y enterarnos de que su destino era la Plaza Mayor donde el pueblo tenía una cita con su destino. La intención: entregar una cinta a los asistentes que ansiaban un gobierno criollo. Esos hombres eran French y Beruti.

La noche de los lápices

Salguero, María

Sumidos en el rondar de cartucheras, los carbones de madera quisieron recorrer el camino hasta la escuela. Los Bondi de colores vaciaban billeteras. Las mañanas, tardes y noches se repetían dejando sueños afuera. Esta ventisca llena de primaveras desparramaba 16, 17 y 18 hojas como quisieran. Pero, los bastones altos, grandes y lustrosos vislumbraron las quimeras. Así, una noche, cuando hasta los gallos dormían detrás de las escuelas, los bastones lustraron sus cueros y silenciosos se escondieron. De a uno fueron picoteando las maderas. Primero fue Claudio, luego Gustavo, le siguieron María Clara y María Claudia, también Francisco, Patricia, y Emilce; todos fueron componiendo la décima del rosario que se llevó la perrera. ¡Cuánta tormenta vino después! ¡Cuánto color tiñó el río! Pasó el tiempo y la brisa nueva llegó detrás de aquellas primaveras. Pero las nubes se agigantan todas las noches en vela. En la risa juvenil se esconde la primera. Siempre hay reclamos, pedidos y sueños en cada primavera. Pero ¿por qué los bastones de cueros tiraron los carbones de madera, si ellos sólo querían rondar en cada cartuchera? Los Bondi siguen recorriendo los caminos de la escuela y en cada ventanilla se asoma el reclamo de aquellas primaveras.

La vertiente secreta

Nani, Ricardo Adrián

Un grupo maltrecho de federales, abandonó Tucumán para ingresar a Salta. El sol calcinaba. En un paraje apodado El Infiernillo, “Quebracho”, caudillo del grupo federal, criado cerca de allí, conocía una vertiente secreta. Al llegar, sacó unas piedras con verdín. Bebió el agua fresca. Un disparo de trabuco pasó cerca de su cabeza, y una voz resonó en la quebrada: ¡Esa vertiente es unitaria!

“Quebracho” contestó: ¡Si el agua no es nuestra, tampoco de ustedes! El unitario, sabía que estaba perdido si no llegaba a un acuerdo, pero no entendía cómo el federal conocía la vertiente. Al otro día, los unitarios seguían desafiantes. “Quebracho” propuso: ¡Unitario! ¡Si nos dejan ir, abandonamos la vertiente! Los unitarios aceptaron, cuando “Quebracho” vio al caudillo unitario, quedó mudo, era su amigo de la infancia en Amaicha; “Chilicote”, quien ahora comprendía porqué su enemigo conocía esa vertiente. Confundidos en un abrazo inesperado, tanto federales como unitarios se distendieron y advirtieron que dos viejos amigos se encontraban en una parada difícil. Todos bebieron el agua.

Argentinos separados y unidos por el agua. El silencio, la magia del crepúsculo, y el sol quebradeño, fueron testigos de una tregua, y de una vertiente que ya no sería secreta.

La ciudad de mi vida

Cid, Marcela Inés

La historia personal sucedió entre los años 1980 y 1986, barrio de San Telmo, clase media trabajadora en esos años, típica familia con dos hijas, padre y madre. Mi madre era maestra jardinera, mi padre empleado bancario, mi hermana con 4 años, todavía inocente e ingenua, yo con 6 años, rebelde y con el mundo por delante.

En esa época San Telmo era un barrio donde vivían inmigrantes peruanos, la mayoría en casas tomadas. Mi casa era un PH, con edificación chorizo, sin grandes comodidades pero con un televisor a color, esos que se hacían en Tierra del Fuego, creo que uno de los primeros televisores a color. En ese entonces no había turistas, no había extranjeros viviendo ahí.

La casa rosada estaba muy cerca, la plaza, con su feria de artesanos, con Peña organizando todo, con los conventillos, con las primeras escuelas publicas construidas, con la línea 28 pasando todos los días por la puerta de mi casa, en la calle Bolívar, con la farmacia de medicamentos que ahora es un bar con el mismo nombre, con el mercado de carnes, que ahora es una feria de antigüedades, tomando mate con pan con manteca y en familia.

El tablero

Avogadro, Marisa

Peones y reyes se debatían la jugada. Una que otra reina se desplazaba orgullosa, entre el marfil y el ébano, mirando sigilosamente. Habían pasado varias horas desde que unos y otros se movían hacia adelante, hacia atrás, en diagonal. Meditando sin mediar palabra alguna sobre qué nuevo desplazamiento iban a realizar.

Recordaba la célebre frase de que todo comunica. Miradas, silencios, olvidos, descuidos. Tiempo, incertidumbre, destino. País, personas, patria, desaliento.

Se respiraba en el aire la tensión de la jugada. Una tenue luz amarillenta iluminaba las piezas del juego. En un costado, la bandera celeste y blanca demostraba el sentimiento que los unía. En el otro lado: un mate de plata cincelado. Un sable brillante como el cuarto de luna que se alcanzaba a ver desde la ventana oval del cuarto casi desierto. Todo en una atmósfera cargada de tabaco chocolatado, de un habano que se consumía sin cesar.

El tablero tenía ahora sólo unas piezas. Con un sólo movimiento, los federales gritaron: ¡jake mate!

Adiós a Moreno

Pumilla, Juan Carlos

El capitán extiende el brazo. El utensilio inicia su recorrido terminal hacia el enfermo que imagina las mejillas de Lupe luminosas de marzo. La niña de Chuquisaca se sobrepone como una transparencia con la tez curtida de este capitán de apellido imposible que baja los párpados incómodo. El barco prosigue su derrota y la penumbra deja vislumbrar una advertencia ominosa en ese brazo que se acerca. El marino de los entorchados se estremece de pronto por una revelación que vuelve todo inútil: en ese cuerpo desvalido germina, implacable, la promesa ominosa de la palingenesia. Lupe quita el pelo de sus ojos para ver a través del mar. Un relámpago fugaz ilumina los recuerdos, buscándola. Uno a uno a, por todas las rugosidades de América. Recorre los socavones de Potosí y las quebradas de Tilcara; la crispada soledad de las galeradas y las cicatrices de las rastrilladas que el llano desplaza hacia el oeste. Rastrea entre los gritos paceños que el viento reverbera y en las endechas del miserere de Cabeza de Tigre. Busca. En tanto el recipiente portando antiguas razones prosigue su viaje hacia los cuarteados labios del hombre postrado que, mirando más allá de su vida, busca. Hasta encontrarla.

22 de abril

Secco, Rodolfo

Aquél día no tuve el valor suficiente para decirle lo que sentía, usted estaba muy cansado y dolido.

Quiero que sepa una cosa, usted no mintió, sino que se vio obligado a ocultar aquello por las circunstancias y de esa manera evitó un mal mayor porque la democracia estaba en peligro.

Tampoco a usted le gustaron esas leyes, tuvo que hacer concesiones, pero no decir la verdad, porque si la gente reunida en Plaza de Mayo escuchaba que la casa no estaba en orden ¿qué hubiese pasado?

Ellos se pintaban la cara para jugar a los soldaditos, ya lo habían hecho para secuestrar, matar y usted les devolvió un juicio justo, plagado de garantías, para condenarlos sin violencia y con enorme Justicia.

Que pena que no le fue bien, aunque perdura su prédica, donde la única forma de crecimiento es la búsqueda de consensos básicos que permanezcan en el tiempo a pesar del signo político del gobierno de turno.

Doctor Alfonsín, muchas gracias, hoy a 25 años de una de sus inmensas decisiones debe haberse dado cuenta desde donde esté que en dicho aspecto “la casa está en orden”.

Margarita… su secretaria de siempre.

Carta

García, Guillermo

– Dele, sargento, dicte nomás.

– Ahí vamos, pues: “3 de febrero de 1813. Te hablo así, sin voz y a la distancia, porque hoy me desperté con un entresijo raro en el pecho. No es miedo por mí. No. Vos sabés que nunca flaqueé. Es otra cosa… No sé… El coronel también parece preocupado. Hombre chúcaro si los hay, el coronel. Siempre serio y arisqueando. A veces mira el horizonte hasta perderse. ¡Si parece que soñara o adivinara el futuro! Pero ayer, de golpe, se acercó y nos habló largo y tendido de muchas cuestiones… Libertad… Patria… No entendí demasiado pero colegí que eran asuntos importantes…

Ahora, acá, atrás de estos muros, mientras esperamos que los godos desembarquen, temo por él y no hago más que rogarle a Tatita Dios que lo proteja. Algo me dice que demasiadas cosas dependen de lo que pase hoy. Pienso en nuestro gurí. Pienso en vos, Francisca. Pienso en todos los que habitamos esta tierra y en los días por venir. Quisiera tener más palabras para explicar esto que siento. Pero mejor termino acá. El coronel ordena montar. Pronto será la batalla.

Quien bien te quiere y no te olvida.

Juan Bautista”.

La triste ironía

Martínez, María Mercedes

Tarde de 29 de Julio. Año 2000. Está cansado. Varios días sin dormir. Algo se está gestando en su interior. Muchas preguntas sin respuesta. Pocos lo saben. Caras preocupadas. No es el de siempre.

Recuerdos lejanos le conmocionan hasta los huesos. Parajes de campo. Agradecimientos humildes. Viajes.

La vida es fruto del esfuerzo. Lejos está la confianza en el poder de la lucha sostenida. Sólo ésta ha dado tanto éxito. Pero hoy… lejana… La vida de un mendigo que golpea puertas…

Libros, publicaciones, conferencias que se amontonan en la cabeza. Amigos. Compañeros de ruta. Sinsabores y satisfacciones. Brindis, éxito y oscuro presagio.

Un llamado que no llega. Luces de esperanza que se apagan. Gritos en silencio y necesarios desgarros hunden la paz de miradas quietas, ahogadas…

Suerte irónica la de mirar premios, fotos viejas, viejas revistas con algún reportaje. Recuerdos de viajes, dulzura de experiencias. Salvar vidas… ¿un milagro? ¿Poder seguir haciéndolo?…. Se acabaron los milagros…

La mano no tiembla en el momento de la decisión. Se apaga una vida. Una semilla ha quedado sembrada en terreno fértil.

Conmoción en la comunidad médica mundial. El creador de la técnica del “bypass” ha puesto fin a su vida.

Diez minutos y 25 mil cabezas

Bradel, Elina

– Don Francisco, la estrategia de Rondeau es ubicarse con la caballería a los lados, y la infantería y la artillería en el medio. Si atacamos de frente, perdemos en Cepeda.

– Es cierto, Don Estanislao. Rodeémoslos y pongámonos a sus espaldas. No hay manera de que nos venzan.

La Batalla de Cepeda duró 10 minutos. Los federales derrotaron el ejército de Rondeau, quien no pudo ni virar los cañones, ya que esperaban de frente a los federales.

El 11 de febrero de 1820 renunció José Rondeau. Lo sucedió como gobernador de la Provincia de Buenos Aires, en septiembre de ese año, Martín Rodríguez, quien logró establecer un acuerdo de Paz con Estanislao López.

Los representantes de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba se reunieron en la estancia de Tiburcio Benegas, estableciéndose el fin de la Guerra y la reunión de un Congreso en Córdoba.

López pretendía una recompensa económica para su provincia, Santa Fe, por las pérdidas ocasionadas por la Guerra. Fue el Coronel Juan Manuel de Rosas quien accedió a cumplir con dicha recompensa: le entregaría 25 mil cabezas de ganado, siendo él mismo la garantía de entrega.