Noción de Patria

Frini, Daniel

Che, qué bueno poder festejar el cumpleaños de la Patria de esta manera, aunque esté tan lejos. Me imagino que allá deben estar todos más que contentos, que hasta el más pelandrún debe tener una bandera en su casa ¡Y el obelisco! ¡Qué lindo debe estar hoy! Y la Plaza, y el Cabildo… Allá en la escuela los chicos deben estar con frío, a pesar del chocolate caliente; y sin entender qué se festeja. Pero yo sí se que celebramos. No te lo puedo expresar con palabras, pero por ahí andan metidos mis abuelos y los tuyos; y el mate amargo, calentito, bien temprano, mientras sale el sol, con medialunas de manteca recién hechas; y la vieja Rosa, en pantuflas, barriendo las hojas de la vereda y quemándolas en un montoncito; y don Armando que vuelve de comprar el diario, y el río sucio, y los tilos de la plaza de la otra cuadra de mi casa, y el Matador en el setenta y ocho; y, ¿porqué no?, esta trinchera sucia y congelada donde nos morimos helados, pero de la que vamos a salir pronto, apenas le ganemos la guerra a los ingleses.

Contrabando

Frini, Daniel

“No sé que pasa en tierra. Desde la cubierta del Patty y a unas doscientas yardas, puedo ver el Fuerte y, si me paro en uno de los barriles que descansan cerca del palo mayor, la cúpula de la Recova y la torre del Cabildo.

Desde temprano veo gentes que afrontan la llovizna y el frío, y entran por la alameda y la Calle del Fuerte, a la Plaza Mayor.

Ayer estuve en tierra, bajando las telas que las spinning jennys fabrican en Lancashire, y vi a los hombres discutir acaloradamente. El viejo Douglas, despensero del Patty, que entiende algo de castellano, oyó decir que estos monkeys quieren liberarse del yugo de los godos. Ignorantes, herejes y revoltosos. Como si fuera posible desafiar al Señor Dios, que por algo nos ha dado reyes. No van a llegar muy lejos”.

Esto decía Birger Evans, gambucero, mientras ayudaba a envolver con lonas- para proteger del clima y bajar a tierra- los bultos con ediciones de Du Contrat Social de Rousseau, Promenade du sceptique de Diderot y The Wealth of Nations de Smith; tan apreciados por los abandonados criollos del Real y Puerto de Santa María de los Buenos Aires.

Fernando Bertapelle

Avilés, Alfredo

Místico personaje emblemático de la Córdoba romántica, procedente del véneto de Italia, dejó su país envuelto en una guerra no querida. Trabajó en varios oficios, entre ellos de mozo en confitería ferroviaria. Regresó en búsqueda de su madre y su novia descubriendo que ambas fallecieron. Enloquecido de dolor, promete a su “mamma” lucir por siempre en su atuendo una flor, y a su amada, plasmar en cada mujer la candidez que lo enamoró y brindarles el halago de un piropo respetuoso.

De allí en más al centro de la peatonal de la Docta lo transformó en escenario de su elegancia y requiebros hacia el bello sexo. La sapiencia de la jerga cordobesa lo bautizó jardín florido y muchos años después, al decir del cancionero: “a la dama de noche que no pudo galantear” hizo mutis por el foro.

La gente, sobretodo las damas, no olvidan su figura, su buen porte, su elegante prosa acompañada del gesto airoso de quitarse el sombrero e inclinarse galantemente. En su tumba siempre hay una flor que manos anónimas depositan y en el corazón de Córdoba su recuerdo perenne.

Ingeniero Ricardo Maury

Avilés, Alfredo

Hipólito Irigoyen, asumiendo la responsabilidad de afianzar nuestra soberanía e impulsar líneas ferroviarias de fomento, decretó en 1921 el inicio de la red Rosario de Lerma a Huaytiquina, dando comienzo a una batalla que se afrontaría con palas, picos, y carretillas para vencer la Cordillera de los Andes.

Al frente de un puñado de obreros ferroviarios, Maury modificó y superó obstáculos que no pudieron vencer hombres de la talla de Cassafousth. Al final el macizo andino fue remontado por las paralelas de acero después de volar sobre el viaducto Polvorilla de 4.300 metros de altura y transitar por el techo del mundo.

La revolución militar de 1930, aduciendo supuestas irregularidades, lo cesanteó argumentando “medidas personales del interventor”. No claudicando ante la injusticia, auxilia al gobierno tucumano para sobrepasar por carretera al Aconquija. Sobrevuela con avioneta a su oponente encontrando la brecha que lo vencerá.

En el año 1948 el último impulso político recién unirán los rieles argentinos con los chilenos en Socompa. Como único reconocimiento a toda su trayectoria, sus restos descansan en el cruce del C.14 y Ruta 51, en Campo Quijano.

Primer ferrocarril cordobés

Avilés, Alfredo

Los trabajos del Ferrocarril Córdoba al Tucumán, cuyo constructor fue Guissepe Telfener, comenzaron con la construcción del puente negro sobre el río Suquía en 1872, para traer materiales y locomotoras por el gran central que había finalizado sus vías en esta ciudad.

Por razones de intereses políticos el nuevo ferrocarril debía tener trocha media. El 29 de octubre de 1876, el viaje inaugural partió con “La Avellaneda” al frente conducida por Willam Lamber desde estación Garita. El convoy marchó por una planicie de variable altimetría atravesando sierras plenas de manantiales, posibilitando la radicación de colonias de inmigrantes.

Antes de llegar a poblados catamarqueños, se zambulló en estepas salitrosas de las salinas grandes para después transitar por tierras santiagüeñas regadas por el río dulce. Ya en suelo tucumano rozó grandes cañaverales azucareros llegando a la ciudad capital.

El presidente Nicolás Avellaneda dijo jubiloso: “Uno mi voz a las exclamaciones de alegría que acompañaron a la locomotora en su marcha victoriosa bajo el cielo azulado de América y la primera nube de vapor conducida por la industria humana”.

Concurso del Bicentenario

Bellani, Elena Haydeé

La noche del 30 de enero de 1813 pasó a formar parte de la historia de mi pueblo.

¿Qué había ocurrido? En las afueras del pueblo, cerca de un monte de nogales, alrededor de 100 caballos encerrados en corrales parecían esperar algo.

Retumbar de cascos anunciaron la llegada de un numeroso grupo de hombres con ropas de fagina, comandados por un apuesto hombre, el Coronel San Martín que en misión secreta marchaba hacia el convento de San Carlos, en san Lorenzo donde esperarían a los realistas que asolaban el lugar.

A encontrarse con él, salía apresurado el cura párroco de la capilla de San Antonio, llevando consigo carne y galletas.

Al llegar al lugar los caballos que tiraban el carruaje se espantaron desbocándose. El cura fue despedido fracturándose una muñeca. Socorrido inmediatamente pudo luego compartir un fogón con San Martín, bajo las ramas de un frondoso ombú que aún perdura.

Desde hace algunos años la “Asociación Pasos Sanmartinianos” organiza una cabalgata hasta San Lorenzo, recordando aquel 3 de febrero de 1813, donde los granaderos de San Martín reciben su bautismo de fuego.

Para orgullo nuestro, hacen un alto en el histórico ombú.

El granadero

Ibaña, Daniel Maximiliano

Mi traje de Oficial de Granaderos se transpiró por correr hacia el despacho. Mi fusil fue conmigo, como siempre, como todos los días. “Señor Presidente ¿Quiere usted que habrá fuego?”, le pregunté. Hacía instantes que el General Alsogaray y su tropilla de insurrectos habían amenazado al único Comandante en Jefe reconocido por mí y por la Fuerza que representaba. Arturo Illia se enfrentaba esa noche de invierno a una gélida traición civil y militar, ideada por haber anulado contratos petroleros ilegales, aumentar el presupuesto en Educación y Salud, limitar a los poderosos laboratorios farmacéuticos.

Illia se levantó con su tranquilidad frecuente y con dos gritos procuró que respeten su envestidura presidencial. Las botas marcharon pesadas y oscuras hacia la noche golpista. Volvió a sentarse mirando el suelo, pensando en algo. Yo estaba en la puerta. Observaba todo. Aguardaba la orden para intervenir. La orden no llegó y yo temblaba de ira.

Acompañé a los sublevados hasta la calle y al volver revisé que mi fusil estuviera cargado. Las municiones, el Presidente iba a necesitarlas.

Illia me miró.

– Gracias, pero no quiero que corra sangre –me respondió sin saber que Onganía, el próximo Presidente de Facto, iba a encargarse de eso.

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Primera Junta de Gobierno

Rodríguez, Ricardo Antonio

Llovía sobre el coloso estadio Plaza de Mayo, ubicado entre las avenidas Irigoyen y Rivadavia. Sobre la tribuna que daba espaldas al Cabildo de la calle Bolívar, los simpatizantes del equipo de Primera Junta, apodados “los criollos”, desplegaban sus estandartes celestes y blancos.

Hipólito Vieytes había llegado temprano a la cancha, estaba sentado en uno de los escalones de la popular, junto a su inseparable amigo Nicolás Rodríguez Peña, quien además era su socio en la jabonería que habían instalado en la esquina de Venezuela y Tacuarí.

La Jabonería de Vieytes, tal como la denominaban los amigos, era lugar de reunión de jugadores y simpatizantes del Primera Junta. Durante la semana previa a este partido mucho se había analizado el armado del primer equipo, hasta que tres días antes del encuentro, el martes 22, se tomó la decisión final. Saavedra se puso de pié, y dirigiéndose a los presentes exclamó:

– Señores, ha llegado el momento de definir la formación para el viernes, vos, Manuel vas al arco- dijo, refiriéndose a Alberti. En la línea de fondo: Miguel de Azcuénaga de cuatro, yo de dos, vos Castelli de seis y el “Mingo” Matheu de tres. En el medio, de ocho juega Juanjo Paso, de cinco Manolo Belgrano y de diez Mariano Moreno. Adelante, bien de punta va Larrea.- concluyó y tomó asiento.

– Pero Cornelio- increpó Rodríguez Peña –faltan dos jugadores, no iremos a entrar con nueve me imagino-.

– Por supuesto que no, estimado Nicolás. Junto a Larrea en el ataque tengo dos muchachos que, aunque nunca los vi jugar, se que están muy compenetrados con nuestra causa. Por la derecha jugará French y por izquierda irá Beruti.

La última misión

Fulco, Omar

De pronto, sintió que las miradas estaban sobre él. Sólo debía determinar si eran guardias apostados sobre un desfiladero, listos para la emboscada o si eran miradas amigas. Finalmente concluyó que eran miradas curiosas.

Pese a sus años, acompañaba la cureña con paso firme. Lo invadieron los recuerdos. La Patria lo había llamado para luchar. Fueron años duros, incómodos. Pero su General le enseñó a sobrellevarlos porque era más alta la misión. Cuando tuvo la pulpería en su pueblo, llamado precisamente San Martín, o ahora mismo con sus achaques, siempre pudo hacer frente a la adversidad.

El General volvía y Don Francisco González, quizás el último Granadero que quedaba de aquella gesta, estaba ahí para recibirlo en esa mañana fría de Buenos Aires.

Cuando el cortejo llegó a la Catedral, un joven soldado se acercó y le preguntó quién era.

El viejo Alférez, con el rostro cansado pero con entereza, le dijo, entre otras cosas:

-Simplemente, vine a rendir honores a mi General.

El joven soldado prestó atención al relato del anciano; se cuadró y le hizo la venía. Luego, se retiró presuroso para poner al tanto de la novedad al Presidente de la República.

Independencia

Ecram, Lito

Un helicóptero levantaba vuelo desde el techo de la Casa de Gobierno. Mientras tanto en el Congreso se estaba por declarar la Independencia; dejaríamos de ser una colonia yanqui.