El niño y la luna

Saavedra, Walter

Encorvado sobre el pescante regresa por la madrugada llevándose con él esa luna llena, redondamente gorda y blanca, y se duerme con las tripas retobadas, sin un beso de buenas noches.

El niño sueña. Sueña que esa luna llena, redondamente gorda y blanca, baja del cielo, hace nido en su pecho, le recorre el cuerpo como la caricia que le anda escaseando, cae en el hueco justo de su empeine y escapa con ella.

“¡Corre, niño, corre!”, le grita un ladrón y el niño corre haciéndole gambetas de luna llena a la miseria.

“¡Corre, niño, corre!”, le grita una prostituta y el niño huye sin dejar que la luna llena toque el suelo y se manche de barro y estiércol.

Y salen los vecinos, alarmados por un bochinche de perros trasnochados, y aplauden… Aplauden asombrados al niño malabarista que ahora inventa una rabona que deja una estela de chispas, luminosa como la vía láctea, y a la vuelta de una esquina niño y luna desaparecen, hundiéndose en la noche mas profunda.

Shhhh… No despierten al niño que ha encontrado, por fin, eso que nosotros llamamos… felicidad.

La barrera

Fontanarrosa, Roberto

Un paso más atrás. Dos más atrás. Tres. Ahí esta bien. Ya está la barrera formada. Una baldosa más acá. Un momento. Ante todo sacar las cosas del arco. Hay botellas debajo de la pileta. Ya la otra vez cagó una. Y dos sifones. El blindado, no es nada. Pero el otro puede reventar, y los sifones revientan y los pedacitos de vidrios saltan y se te meten en los ojos de uno. Bien juntas las macetas de la barrera. El arquero muy nervioso. Miguel Tornino frente al balón. Atención. El rubio Miguel Tornino frente al balón. Una mano en la cintura. La otra también. La mano sacándose el pelo de la frente. La transpiración de la frente. De los ojos. Hay silencio en el estadio. Es la siesta. Hasta el Negro se ha quedado quieto. Resignado a ser simple espectador de ese tiro libre de carácter directo que ya tiene como seguro ejecutor a Miguel Tornino, que estudia con los ojos entrecerrados el ángulo de tiro, el hueco que le deja la barrera, la luz que atisba entre la pierna derecha del recio mediovolante de la visita y la pata de portland de la maceta grandota del culantrillo. Un solo grito en el estadio: Miguel, Miguel. El público de pie ante esta, la última oportunidad del Racing Club cuando sólo faltan dos minutos para que finalice el match. Habrá que apurarse antes de que vuelva a adelantarse la barrera o el Negro insista en morder la pelota y hacerla cagar como el otro día que la pinchó el muy boludo. Sonó el silbato. Habrá que pegarle de chanfle interno. La cara interna del pie diestro de Miguel Tornino, el pibe de las inferiores debutante hoy, le dará al balón casi de costado, tal vez de abajo, con no mucha fuerza, pero sí con satánica precisión para que ese fulbo describa una rara comba sobre la cabeza de los asombrados defensores, sobre el despeinado pirincho del helecho de la segunda maceta y se cuele entre el travesaño, el poste y el postrer manotazo de la lata de aceite Cocinero que se ha lucido hasta el momento. ¡Tiró Tornino! Y se hizo mimbre el arquero ante el latigazo insólito de curva inesperada y con la punta de los dedos allá voló la lata a la mierda. Carajo que ladra el Negro. Si mamá,…si la guardo…está bien,…pero mirá vos como la viene a sacar este guacho.

Los trenes matan a los autos.

Sueños

Panno, Juan José

El sábado a la noche el delantero soñó que en el partido del día siguiente ejecutaba un penal y era gol porque amagaba y disparaba a la izquierda del arquero que se iba, engañado, hacia su derecha.

El domingo, el árbitro cobró un penal para su equipo y el delantero, que tenía muy presente el sueño, amagó a la derecha y le dio hacia la izquierda del arquero, casi con displicencia, respondiendo a la premonición.

El arquero, que se había volcado justamente hacia su izquierda, no tuvo que hacer mucho esfuerzo para detener la pelota.

El delantero se quedó estático, azorado. La perturbación se multiplicó cuando el arquero, al pasar a su lado, mientras sacaba la pelota le dijo en tono canchero: “los sábados a la noche me tiro a la derecha, los domingos a la tarde, no”.

Gol y marxismo

Braceli, Rodolfo

Era sábado allá abajo. Dios se entregó manso a una buena siesta. Pero pronto se encontró soñando algo incomprensible y nada tranquilizador: su Abuelo le decía: Yo estuve antes que tu Padre que estuvo antes que Vos. No eres el principio del origen. Que no te ciegue la omnipotencia… Justamente aquí Dios fue despertado por un sacudón de aquéllos.

Desasosegado, le preguntó a su ángel de turno:

– ¿Qué caraxus fue eso?

– Gol de Nueva Chicago.

– ¡Pero si es sábado!

– Mi Dios, los sábados hay Primera B.

– ¿Qué es eso de Primera B?

– Es el campeonato de los clubes chicos que aspiran a ser grandes para jugar los domingos y luego fundirse.

– ¡¿Y es posible que los alaridos sean tan cuantiosos como para despertarme a Mí?!

– Es posible, mi Dios. Cuando se grita gol se grita sin mirar a quién. El gol del millonario es exactamente igual de intenso que el gol del paupérrimo. Igualdad, igualdad, e igualdad, mi Dios.

– Se me hace que te estás volviendo marxista… Dime, últimamente, ¿con quién te estás juntando?

– Con el flaco.

– ¿De quién me hablas?

– De Jesús.

– Ah, me lo temía. El marxista ese.

De fútbol somos.
Editorial Sudamericana.

El último entrenador

Sasturain, Juan

Me lo encuentro de casualidad el sábado en Adrogué, en el cumpleaños de la hijita de un amigo. Salta el apellido que es raro, poco frecuente, y enseguida asocio a ese viejo, ese abuelo materno sentado casi de regalo a un costado de la mesa puesta en el extremo del living, con los recuerdos de infancia.

De las figuritas, no. No es un jugador pero es un nombre y una vaga cara del fútbol. Aprovecho que los pibes se van al patio a devastar lo que queda de un jardín con más calas que pensamientos y le busco la memoria con una pregunta respetuosa, como tocar a un oso despeluchado con un palo a través de las rejas:

-Su apellido me suena -le digo mientras nuestras manos convergen sobre la fuente de masitas-. Lo asocio con el fútbol de los cuarenta y cincuenta, cuando yo era chico, ¿Puede ser?

Tras un momento me confirma que sí, que es él, y el reconocimiento al que no está acostumbrado lo ilumina un poco, apenas, como las velitas de esa torta de nena, sin jugadores, que espera en medio de la mesa.

-Ya nadie se acuerda.

-No crea.

Nos trenzamos a charlar y no sé bien cómo pero al rato, mientras los otros destapan botellas, nosotros estamos en el dormitorio -porque esa es su casa, la de siempre- destapando una caja de alevosos recuerdos.

-Ese año que usted dice salimos campeones -revuelve, encuentra-. Fíjese, acá estoy yo.

Y me señala lo evidente, lo alevoso de su figuración. Es la foto de una revista y él está parado a un costado, el penúltimo de la fila de arriba, entre un colado habitual y un marcador de punta de los que todavía no se llamaban así.

-Qué pinta.

Tiene bigotitos, el jopo tieso de Gomina o Ricibrill y una E bien grande de pañolenci pegada -acaso con broches- en medio del pecho. El rompevientos -así se llamaban los inevitables buzos azules de gimnasia de entonces- está algo descolorido y los pantalones abombachados se le ajustan a la cintura un poco demasiado arriba, le dan un aire ridículo. El equipo, los colores del equipo que enfrenta a la cámara en dos niveles -atrás y de pie, la defensa; abajo y agachados los delanteros del siete al once, y el nueve con la pelota-, no importa demasiado ni viene al caso. Pero la cancha está llena.

-Linda foto -digo, porque es linda foto en serio.

-Psé.

Me muestra otra parecida de esa época, de un diario, y después otra más, posterior, coloreada a mano al estilo fotógrafo de plaza. Ya el equipo es otro y las tribunas detrás, mucho más bajas. El rompevientos -es el mismo, estoy seguro de que es el mismo- está un poco más descolorido.

Pone las tres fotos en fila y me dice, me sorprende:

-No estoy.

-Cómo que no.

Y por toda respuesta, contra toda evidencia, pone el dedo en el epígrafe, va de jugador en jugador, de nombre en nombre, y el suyo en todos los casos brilla -como el Ricibrill- por su ausencia.

-No era costumbre, supongo -y me siento estúpido.

-No era el tiempo, todavía -recuerda sin ira.

-Claro.

Él sigue revolviendo, elige y me alcanza. Y yo pienso que ese hombre de destino lateral, anónimo adosado al margen del grupo de los actores con una E grotesca en el uniforme de fajina era casi, para entonces, como un mecánico junto al piloto consagrado, o como el veterano de nariz achatada que se asoma al borde del ring junto al campeón. Su lugar estaba ahí, al ras del pasto; su función se acababa entre semana.

-No era el tiempo todavía -repite.

Y sabe que llegó empírico y temprano y se metió de costado en la foto en que salió borrado.

-En esa época había pedicuros, dentistas, porteros… -dice de pronto con extraño énfasis-. Era el nombre de lo que hacían. Ahora les dicen podólogos, odontólogos, encargados… Esas boludeces, como si fuera más prestigioso… Y yo era entrenador.

-No director técnico.

-Pts… Ni me hable, por favor… -y se le escapa cierta furia sorda, muy masticada.

-No le hablo. Tiene razón.

Compartimos en silencio certezas menores, módicos resentimientos.

-Vinieron con la exigencia de diploma -dice de pronto.

-Claro.

Me sumo a su fastidio y de ahí saltamos a desmenuzar los detalles, el contraste: el banquito con techo, el verso táctico, el vestuario aparatoso y la pilcha elegida para salir el domingo, esa que nunca se puso. Cuando quiero atenuar tanta simpleza sin lastimarlo, se me adelanta:

-Le digo: no se lo cambio.

-Le creo.

En eso, los primeros padres que vienen a recoger a sus niños irrumpen en el dormitorio y entre disculpas se llevan los pulóveres, las camperas apiladas sobre la cama grande. Entra la mujer de mi amigo, incluso.

-Ah, papá… estabas acá -y suspira como si encontrarlo en una casa de tres habitaciones fuera un trabajo-. Y siempre con esas cosas viejas. Sabés que no te hace bien.

Ella me mira como si yo tuviera alguna culpa que sin duda tengo y se lo lleva, lo saca de la vieja cancha despoblada para que vaya a saludar a alguien que se va o se sume para la foto con la nieta que -lo sé- no le interesa. El veterano me mira resignado. -Ha sido un gusto.

Asiente y se lo llevan. Apenas se resiste.

Me quedo solo y guardo las viejas revistas que han quedado abiertas sin pudor ni consuelo. No es cuestión de que cualquiera meta mano ahí. Después busco mi propio abrigo y escucho los ruidosos comentarios del living. Me imagino que para las fotos familiares el viejo se debería poner una remera grande con la letra A de Abuelo, para que al menos alguno pregunte quién es.

Pero no me quedo para verificarlo. Me basta con sentir o imaginar que he conocido al último entrenador.

Ver más sobre Minitextos de fútbol >>
Envíanos tu foto leyendo a: galeria@cuentosymas.com.ar

Agradecimientos: Ediciones De la Flor | Ediciones Colihue
© Cuentos y más… Buenos Aires. Argentin

Aquello fue mundial

Ferreira, Carlos

Cuánto bailamos en aquellos días/ qué dulce fue el mareo del engaño/ cuántas ganas de ignorarlo todo/ de creer que había vuelto/ el perfume de las buenas cosas./ Lo malo fue el final/ indigno y torpe/ aquellos cadáveres volviendo al lecho de los ríos/ a las comunes fosas/ meneando las cabezas/ canturreando una canción de olvido./ Y nosotros allí con esos bombos/ con esas insensatas banderas sudorosas/ con el mundo al revés, hechos pelota.

La música que quiero

Ferreira, Carlos

De la casa tejida sale el dueño/ piso su área, invado sus dominios/ amago que me voy, pero me quedo./ Pasa de largo/ y entonces me transformo en un torero/ levanto los brazos al tiempo que le pego./ Giro de pronto, apoyo las rodillas en el suelo/ aspiro todo el aire que me pide el pecho/ y empiezo a oír la música que quiero.

Prólogo

Sava, Facundo

“Este libro es como un extractor de aire: renueva, aclara, transforma. Es como un telescopio: descubre, verifica, espía, investiga, estudia. Como un mate: socializa, se comparte, comunica, hermana. Como una colchoneta: ayuda a relajarse. Como un paquete: puede ser un excelente regalo. Como una pelota: hace jugar, divierte, sorprende. Es como el amor: se transmite, es pasión, respeto, humaniza, enciende”.

Los juegos de fútbol.

Ley del partido múltiple

Samper, Daniel y Gordillo, Rafael

Cada partido encierra por lo menos seis partidos: el que vio el ganador; el que vio el perdedor; el que vio el árbitro; el que vio el público; el que vio la prensa y el que realmente se jugó.

Corolario: Este último, por lo general, no tiene nada que ver con los otros.

Las leyes del fútbol.

Refutación

Samper, Daniel y Gordillo, Rafael

No es verdad que el fútbol sean veintidós tontos en pantalón corto que persiguen un balón. Son veintitrés, porque el árbitro es el que más corre.

Las leyes del fútbol.