Leyes de Descartes en caso de duda

Samper, Daniel y Gordillo, Rafael

Si usted es portero, en caso de duda grite: “Miaaaaaa”.

Si usted es defensa, en caso de duda pida fuera de juego.

Si usted es delantero, en caso de duda pida penal.

Si usted es mediocampista, en caso de duda déjese caer y pida falta.

Si usted es periodista, en caso de duda critique la estrategia.

Si usted es entrenador, en caso de duda muéstrese irritado.

Si usted es directivo, en caso de duda destituya al entrenador.

Si usted es espectador, en caso de duda insulte al árbitro.

Si usted es árbitro, en caso de duda muéstrele la tarjeta al jugador visitante y regañe severamente al jugador local.

Las leyes del fútbol.

La gloria del fútbol

Quevedo, Héctor

Tomo el balón, eludió a dos con fina gambeta, con cabeza erguida de rabona dio el pase, la pelota volvió, ante el arquero la picó… fantástico gol; salió en andas, el estadio lo vitoria en celeste y blanco…

El sueño terminó cuando en su palma sintió la moneda de un peso, que sería con lo que debería comer esa noche.

Marcaje al hombre

Queipo Rodríguez, Antonio

Una lámina cargada de mística que dejó para los libros el Mundial de España es la del marcaje individual más áspero que recuerda el ojo humano.

Quedó inmortalizado para siempre en el campo de la Carretera de Sarriá el 29 de junio de 1982, donde Claudio Gentile, futbolista juventino de 29 años, caminó clandestinamente sobre las molduras del reglamento con la connivencia del colegiado rumano Nicolae Rainea.

Tan incrustado en Maradona como el escudo en la celeste y blanca, el volante de marca italiano repartió bastonazos de todos los calibres, pero a pesar de llevar hasta el borde las indicaciones de su técnico, salió únicamente con la cartulina amarilla que le cobraron a los diez minutos.

El resto lo pusieron la puntería de Marco Tardelli y el mételo tú que a mí me da la risa de Bruno Conti para Antonio Cabrini.

Cuando sonaron los tres pitidos finales Italia era un poquito más campeona del mundo.

La mano de Dios

Cabrera, Rubén Faustino

Un inglés llega al Cielo (parece ficción, pero, obviamente, este cuento es ficción). Dios le da la bienvenida y le concede un deseo:

– Pedí lo que quieras.

– ¡Oh, my God! ¿Lo que quiera?

– Lo que quieras. Eso sí: no me vayas a pedir, por ejemplo, que anule la Segunda Guerra Mundial.

– Entiendo, Señor, imposibles no.

– ¿Imposibles? ¿Imposible? Pero… ¿vos sabés con quién estás hablando?

– Discúlpeme, Señor, yo sé que usted podría hacerlo.

– ¡Por supuesto! Pero… ¿sabés todas las cosas que tendría que reacomodar? Pedí algo que sea más simple. No tengo ganas de trabajar tanto.

– Está bien, Señor. Lo que quiero es más sencillo. Quiero que anule un gol.

– ¿Un gol? ¿Qué gol? ¿De qué deporte? Especificá.

– El primer gol que le hace Diego Armando Maradona a Inglaterra el 22 de junio de 1986 , en el Estadio Azteca de México, a los seis minutos del segundo tiempo, por los cuartos de final de la Copa Mundial de Fútbol 1986.

– ¿La mano de Dios?

– La mano de Dios, sí.

– ¿Y qué querés que haga?

– Que el árbitro vea la mano y no convalide el gol.

– ¿El gol de la mano de Dios?

– Sí, Señor. El gol de la mano de Dios.

– ¿Vos estás loco? ¿Sabés toda la buena prensa que me dio ese gol? Después de las Cruzadas, después de la Inquisición, de la conquista de América, después de que dijeran que Dios ha muerto…

– Pero, señor… ¿por la buena prensa que le ha dado ese gol no me concede el deseo que me prometió? ¿Ese es el motivo?

– ¡No! ¡Porque el gol de la mano de Dios fue hermoso! ¡Lo más hermoso que vi en mi vida! ¡Y eso que soy eterno, eh!

Triunfar a pesar de todo

Broggi, Felisa

Ariel tenía casi veinte años; aún no había podido terminar la secundaria pero todos conocíamos su tosudez. Cuando se proponía algo lo conseguía. Su “madre” (una pariente lejana que lo había criado) lo apoyaba en lo que él quería, pero solía angustiarse cuando hablaba con nosotros pensando qué haría su “hijo” cuando ella dejara este mundo.

Y un día Estela, la madre de Ariel, falleció en forma repentina. El muchacho la lloró en silencio, soportó como pudo el dolor de su partida.

Pasados los días Ariel llegó al colegio como siempre: empecinado en un silencio que no sorprendió a nadie.

Me buscó y me dijo: “Le prometí a mi vieja y ahora se lo prometo a Ud: voy a triunfar. Conseguiré lo que siempre quise. ¿Puedo decirle “viejita”? Acepté la propuesta y esperé.

Los años pasaron. Poco supe de él hasta una noche que se presentó en mi casa con un diploma y una medalla de oro que brillaba como sus dientes de conejo.

“Triunfé. Lejos de aquí pero lo hice”, apenas sonreía.

Me alcanzó ambos reconocimientos: en uno decía “Goleador del Mundial de Fútbol – 2008” y en el otro “A la conducta deportiva – Club Atlético Juventud” e idéntico año del anterior.

Goles y triunfo

Savoia, Liliana

Monterroso persigue al dinosaurio en completo estado de sonambulismo. Primer gol. Gritos, aplausos, hinchas. Cancha y más cancha. Segunda gol… quinto…gritos y más gritos… Luego el alarido. Alaridos cada vez más intensos. Olor a triunfo. Gritos y más gritos, ancestrales gritos. Patadas gloriosas se inmortalizan; los que ganan avanzan hacia el norte. En el centro el principio de nuevas emociones. Cuando despertó, la “vuvuzzella”, todavía sonaba allí.

Metamorfosis

Hidalgo, Paloma

Son muchos los que ahora sienten suyos los colores rojo y amarillo, miles de entrenadores apasionados que desde el sillón dirigen al equipo a voz en grito, con la esperanza de que a sus pupilos allá en la lejana Sudáfrica, les llegue el eco de sus deseos, mientras el viento agita las banderas que igual que en otoño, cuando con las primeras lluvias salen las setas, han surgido en balcones, terrazas y patios con los primeros goles. Han transformado mi calle, ahora llena los colores de ese rebrote de patriotismo que durará lo que dure el mundial. Lástima, después volveremos al gris, mucho menos atractivo que el vivo colorido de la enseña nacional.

Todo tiempo pasado fue…

Coccolo, Mauricio

– ¡Centrofóbal eran los de antes, no los pitucos de ahora!

– ¡El gringo Seia! ¿Se acuerda? Un burro que no necesitaba imaginar goles, directamente los metía y listo.

– Un día vi cómo era alcanzado por el destino, sin tener que salir a buscarlo. Lo volvieron loco a puteadas esa tarde y encima todo el mundo se le cagó de risa cuando desmayó al perro de la policía. En el arco del tapial, agarró de aire una pelota que llegaba perfectamente redonda, infló el pie como si fuera un puercoespín y le pegó de lleno, con la fuerza de un toro que encara el alambrado para escaparse, lástima que le faltó dirección. La gente primero se quedó muda y después explotó en una sola carcajada que se multiplicaba a medida que se iban dando cuenta de qué había pasado. El gringo miró al piso, hizo bien porque ahí es donde se juegan los partidos y no afuera. En la jugada siguiente le puso la zurda a un centrito de Gutiérrez y ganamos 1 a 0 con gol de él. ¡Eso era un goleador!

De casualidad, el Catulo escuchó la conversación mientras esperaba el vuelto de los Derby que la madre le había mandado a comprar y pensó: “Pobres viejos, no saben lo que se perdieron por no verlo a Palermo… si tuvieran una tele…”.

El grito en la oscuridad

Prósperi, Gabriel

No vio a Maradona esquivando ingleses ni levantando la Copa en México. Tampoco lo vio llorando como un chico en Italia, ni con las piernas cortadas en Estados Unidos. Ahora que Maradona se tira de panza al piso, con traje gris y con la boca llena de gol, tampoco lo ve. Y no le importa: él grita y llora igual, porque sabe mejor que nadie que el amor es ciego… Tan ciego como él.

El final de la gran final

Mancilla, Eduardo

Las dos potencias habían llegado a la final de la copa mundial de fútbol. Suceso que, para nadie fue sorpresivo, incluidos los mercados.

Los superlativos avances tecnológicos desarrollados por ambas, habían llevado a presentar equipos con hombres exigidos a límites impensados de la perfección de destreza física y mental. Los intereses de las corporaciones estaban en juego como nunca antes se había visto, y los demás bloques eliminados habían tomado posición por uno u otro sector en pugna. La competencia fue extrema, colosal, inaudita.

Al menos, esos fueron los relatos rescatados de los que pudieron observar el comienzo de la tercera y definitiva guerra mundial.