Transición

Cabrera, Rubén Faustino

De a poco se fue convirtiendo. Primero fueron las piernas -sobre todo la zurda-, la cintura, la velocidad, el corazón. Después fue la mano, también la zurda. Más tarde apareció la barba. Y a la cabeza, que antes había usado físicamente, se le sumó el cerebro.

“Chupate esa mandarina”, o algo parecido, según relatan las escrituras, les ha dicho a quienes pronunciaron su nombre en vano.

Le falta muy poco para convertirse por entero en un dios. Cuatro años más, tal vez. Y aunque todo el mundo lo venera, él reina en forma exclusiva en el cielo celeste y blanco de nosotros, los argentinos.

Nombralo. Se llama Diego Armando Maradona.

La diva y el dios

Clavijo Castillo, Giovanni

Moria Casán, pectopulenta diva sexigenaria de formas imposibles (tomo un respiro), camina por Corrientes. La loba acelera el paso y marca al mundo con su indiferencia. Fatal, fría, superficial, atorranta. Yo beso el polvo que pisa, devoro sus partículas siliconadas, me intoxico de perfume barato (en ella todo parece barato). Un hombre débil. Llueve, El Gráfico se convierte en pulpa. Olmedo busca en su escote un alivio para una deslucida eternidad. Maradona piensa en su oportunidad perdida.

El brillo de la pelota

Viola, Ariel

El sol había caído… Los ancianos, ateridos, pusieron el televisor dentro del hogar: sin dinero para comprar leña, se ilusionaron con el calor que despedía el botón rojo, indicador de “conectado”. Arropados en ese cálido resplandor, él abraza a su esposa. Se desprenden los primeros copos de nieve. En otra parte del mundo se está jugando el mundial de fútbol: millones de imágenes muestran el “brillo” de la “Jabulani”, y su circulación incesante. Los viejitos, de imaginarlo, habrían encendido el aparato, a pesar del mayor consumo de energía, sin destinarse a ese color azul oscuro, rastro último que deja la muerte en ciertos cuerpos.

Pedido de explicaciones

Lamique, Mario

Nunca antes se había sentido con tanta certeza, con tanta fuerza interior, con tanta motivación. Llegó al entrenamiento dispuesto a pedirle explicaciones al director técnico. No se lo contó a nadie porque sabía cuáles serían las respuestas de sus compañeros.

Llegó, abroquelado en su sentir. Se cambió repasando mentalmente de forma detallada lo que le diría a su técnico. Luego, ya con la ropa de entrenamiento, encaró hacia el objetivo. Por un momento aminoró la marcha dejando un resquicio para la duda, pero enseguida aceleró el paso y borró todo vestigio de arrepentimiento de su ser. Lo enfrentó y le dijo:

– Vengo a pedirle explicaciones.

– ¿Cómo?

– Si, si sabés que soy medio tronco, que tengo despliegue físico porque un pase a tres metros lo pifio, y corro mucho para estar lo más cerca de un compañero cuando le intento dar la pelota, no hay necesidad hay pasar papelones.

– ….

– Explicame… ¿para qué me ponés?

Fútbol: sin receta, pero con chamuyo

Benitez, Gonzalo

Iban 5 minutos del segundo tiempo, cuando el ayudante de campo lo mandó a calentar. Un rato después, harto de correr, miraba más al director técnico que a sus compañeros de equipo jugar. Era su primera vez en el banco de suplentes, le costaba manejar la ansiedad, y cada mueca de su entrenador lo ilusionaba con ser llamado para ingresar.

Faltando solamente el tiempo añadido por el árbitro, lo vinieron a buscar. Su metro noventa pesó mucho en la decisión, ya que en un hipotético córner en contra ayudaba su altura. El entrenador se acercó y le dijo que ingresaba por el número 18, para jugar al lado del volante central, reforzando la marca en la mitad de la cancha.

El joven debutante, que moviendo su cabeza había aceptado los dichos del DT, se dejó llevar por los impulsos. Entró y rápidamente se alejó del mediocampo, donde debía jugar, para asociarse con los delanteros. Así, su equipo consiguió generar un tiro libre sobre un costado.

El capitán, derecho de nacimiento, acomodó la pelota, luego levantó su mano izquierda, y por último, sorpresivamente, efectuó un disparo a ras del suelo. El balón pasó por debajo de la barrera, que había saltado, pegó en el poste y quedó boyando. Allí, apareció el grandote volante, que recién había entrado, para con su juventud puntear la pelota y mandarla al fondo de la red.

Acto seguido, hubo festejo, revoleo de camiseta y llanto. A su vez, el árbitro dio por finalizado el partido. Sin embargo, lo más curioso sucedió en la rueda de prensa, cuando el entrenador declaró que todo había salido tal cual como lo planearon desde el banco. “Sabía que este chico nos podía cambiar la suerte. No por su altura, sino por su técnica. Le pedí que toque con los delanteros, y que en las pelotas paradas vaya al rebote, porque si buscaba de cabeza lo iban a marcar”, explicó el DT.