Forza juve

Queipo Rodríguez, Antonio

Mi primer encuentro con el fútbol creo que fue en el año ochenta y dos. Acababa de cumplir siete años y un inoportuno sarampión me tenía atornillado al sofá del salón. No había colegio ya, y si lo había no lo echaba de menos.

Entre picores y cucharadas de jarabe gastaba el tiempo viendo televisión. Un hombrecito menudo y desgarbado hacía goles todas las tardes. Se llamaba Paolo Rossi y tocó el cielo aquel verano.

Pero quién me marcó para siempre fue otro tipo que exhibía en el pecho una enseña similar. Llevaba el catorce y lo recuerdo corriendo por el verde del Santiago Bernabeu poseído por no sé que extraña fuerza sobrenatural. La fuerza del fútbol a once, supongo. Los brazos abiertos y los puños apretados, mientras meneaba la cabeza de un costado a otro. Nunca olvidaré aquella huida hacia ninguna parte.

Era Marco Tardelli, un defensor todo terreno reconvertido a medio volante de sutil y fino toque. Acababa de batir a Harald Schumacher desde la frontal para colocar arriba a Italia en la final de la Copa del Mundo. Ese día me enamoré de este juego, y también de los Zoff, Scirea, Gentile y Cabrini. Ellos, junto a Rossi y Tardelli, saltaban cada domingo al Comunale con la camisola “bianconera” de la “Vieja Dama” y tal vez ahí me revelaron el mensaje: JUVENTUS: un modo di essere, di esprimersi e emozionarsi. ¡FORZA JUVE VINCI PER NOI!

Kala, un cuento de fútbol

Queipo Rodríguez, Antonio

Cuando saltaron a la cancha tan sólo pude contar hasta diez.

Miré dentro del túnel y le vi al fondo con la casaca roja y el ocho a la espalda dándole el último lustre a sus borceguíes tribanda.

Todos le conocían por “Kala”.

Era pequeño y ligero, apenas ciento sesenta centímetros de talle, y cincuenta y ocho kilos de peso.

Por eso le cayó ese apodo, de Kaláshnikov, el viejo fusil de asalto ruso.

Como aquel, rara vez se encasquillaba y era capaz de encontrar soluciones incluso en las situaciones más comprometidas.

Ya se iba el descuento entre patadas y codos, cuando tiró un desmarque y la bola le buscó en la esquina del área, en el vértice.

Cero a cero.

La mató con el pecho dejándola descansar junto a la zurda.

Con el mentón arriba, puso los ojos en la cruceta y allí mandó la redonda con tal violencia que salió escupida hacia el suelo.

Se levantó un huracán de cal y después apareció girando en el cielo despejada por un defensor.

Tres pitidos.

Final.

Descenso.

Aquel día descubrí el sonido de las lágrimas al golpear la hierba.

Hoy le vi de nuevo por televisión con el ocho cosido a la zamarra de la nacional.

Tiro libre para ser campeones y todos los ojos del planeta puestos en aquella zurda de seda.

Brazos en jarra y el mismo ritual de siempre: barbilla alta y la mirada clavada en la intersección de los palos.

Apenas tomó ventaja.

La pegó de interior y se fue a dormir allí donde habitan las arañas.

– Goooooooooooooool.

Lo grité con toda el alma mientras pensaba:

– Estás perdonado amigo, somos campeones del mundo.

El banderín

Queipo Rodríguez, Antonio

Hola a todos. Mi nombre es Pablo y hasta hace unos meses era un banderín de corner del campo de fútbol de El Reguerón.

Y digo era, porque desde que la federación y el ayuntamiento decidieron que Cangas debía tener un campo de hierba sintética como los pueblos grandes, estoy al paro.

Yo soy un banderín de los de toda la vida: palo de madera y tela barata, azul y roja, como los colores del Narcea.

Tengo pasado mucho frío en la esquina del río, pero sé sufrir.

Eso me lo enseñó mi abuelo, que de esto también sabía un rato.

Él vio jugar a Juaqui el Soliso, y un día, sacando un corner le puso la mano encima.

Siempre estuvo orgulloso de eso.

También disfrutó mucho viendo jugar a Chichi y a todos aquellos chavales que se reunían en verano para jugar partidos y eran invencibles.

Sólo quería pediros un favor: si sabéis de algún campo de hierba natural en el que necesiten un buen banderín, dejarme mensaje aquí.

El amuleto

Alcazar, Sergio

Cada jugador de fútbol que se precie como tal, juegue donde juegue, sea profesional o amateur, debe tener obligatoriamente una cabala para sentirse acompañado de la indispensable cuota de suerte.

Pisar el campo con el pie derecho, persignarse antes de tocar la pelota, o besar una estampita de un santo, son algunos de los sortilegios que se pueden considerar de probado buen resultado.

Pero nada se compara con la forma que tenía el negro Barros para atraer a la diosa fortuna. El negro, muchacho de pocas palabras, por no decir ninguna, supo tener un secreto, el cual fue su orgullo y más de una vez le permitió a su equipo alcanzar una victoria.

Cuando tenía enfrente los partidos importantes en las finales de los torneos del barrio, Barros o “bolita negra” como lo supo mal bautizar el chiche Sosa, lo que le valió a este último más de un coscorrón correctivo por el agravio, tenía la cuidadosa misión de colocarse una media de color azul y la otra de color roja. Llevaba puestos así los colores de su equipo del alma, como buen fanático hincha del charrua de tablada que por entonces era.

Eso no constituiría ninguna novedad, salvo por el hecho de que en el equipo en donde jugaba predominaba el verde y negro, no solo en la camiseta sino también en las medias. Todos lucían vestidos igual para el encuentro, salvo, está de más decirlo, él.

Así, con ese truco nacido de la pura superstición futbolera, accedió a un sinnúmero de festejos, convirtió magistrales goles y dio muchísimas vueltas olímpicas.

Hasta que la malicia de un envidioso integrante de la barra o de algún rival resentido por el lacerante dolor de una goleada en contra terminó con el mito. Aprovechando un descuido suyo se hizo de su amuleto, sus tan queridas medias. Para el negro Barros encontrarlas se convirtió en toda su causa. Pidió, suplicó, imploró por su vuelta. Consternados, sus compañeros fueron testigos de su irreparable pérdida, lo acompañaron en su cruzada sin éxito alguno, de más, vale agregar, que a Barros jamás se lo volvió a ver jugando en la maltratada canchita de Cabildo, y lo curioso, tampoco fuera de ella. En la zona se murmuraba que se mudó a otro barrio, de tan mal que estaba decidió irse, solo para olvidar.

Una tarde de domingo de un caluroso mes de septiembre, un par de meses después del hecho, en pleno campeonato, apareció un muchachito pálido y de pelo lacio rubio, aseguran los testigos al cotejo, usando sus famosas medias. Pero como llegó se fue, envuelto en la amargura de una dolorosa derrota. Entonces entendieron todos que el amuleto ya no servía. Quizá el secreto no eran las medias azules y rojas, porque la magia la llevaba siempre consigo aquella cara sucia, que supieron apodar “bolita negra” pero al que todos aprendieron a extrañar como “el negro Barros”.

La Pintier

Sánchez, Héctor

Cuando supimos que el Chacho iba a comprar una pelota como la gente, pensamos en las más conocidas. En esos cueros bien formados, redondos, o mejor, “esféricos”, como decían los relatores que por la radio nos traían los partidos que se jugaban con pelotas de verdad. Pelotas en serio, y no como ésas que, después de jugar dos partidos, se llenaban de chichones y de huevos. En los centros, cuando tomaban altura, parecían un bicho de ciencia ficción, un plato volador, una bolsa deformada, cualquier cosa, menos una redonda. Pero así eran las pelotas con las que habitualmente jugábamos en esas canchitas poceadas y desparejas de los potreros de San Miguel.

Canchitas que, según los horarios y la época del año, tenían diferentes planteles mostrando sus habilidades: desde los primeros fríos, a fines de abril o principio de mayo, y hasta fines de septiembre, de lunes a viernes eran territorio casi exclusivo de los más chicos. Los sábados y domingos –y algún feriado–, si el tiempo lo permitía, se mezclaban también los más grandes en esos picados de resultado incierto, porque en realidad se jugaba hasta que ya no se veía la pelota. Era una lucha esforzada, en donde llevábamos todas las de perder, para que el anochecer no llegara. En cambio, en verano, muchos que ya estaban casados y con hijos, llegaban del trabajo después de horas y horas de fábrica o de paredes a construir, además del tiempo de tren y colectivos, y se iban a patear un rato al campito, el lugar del recreo diario y del desahogo necesario. La canchita era, lo supimos después, democrática y pluralista como pocas cosas lo serían.

Por eso, en lo primero en que pensamos cuando escuchamos hablar de una pelota nueva fue en una Fulvence, o en las Sportlandia que ya estaban medio en retirada, según nos contaba el Cepi, que se leía todas las semanas El Gráfico que le traía el padre, en donde veía los avisos a toda página de las mejores pelotas. Ni hablar todavía de las recién creadas Adidas, ésos eran lujos no ya de países ricos, sino directamente de otro planeta.

“Ché, mirá que el Chacho labura de albañil con el tío, y no sé si le dará el cuero para comprar una de ésas”, nos dijo una tarde el Pata, después de patear lastimosamente durante un buen rato una pelota a la que ya no le entraban más parches ni costuras. “Igual, Pata, para vos es lo mismo un gato muerto que una pelota de ésas que los brasileños gastaban en el Mundial, ¿no?”, le tiró el Cepi, que había visto y disfrutado por televisión todos los partidos de Brasil en el último campeonato del mundo, el del `70 en México. El Pata amagó con correrlo y tirarle un cascotazo, entre las risas de todos los pibes. Pero el comentario era apropiado, porque el Pata era el peor número 2 de toda la zona. Un chaqueño áspero y rudimentario para quien el fútbol se reducía a rechazar la pelota a cualquier parte, sin siquiera tomar en cuenta la posibilidad de pararla, y mucho menos de pasársela a algún compañero.

Un par de semanas después del primer rumor sobre la compra de la nueva pelota, y al ver que la adquisición se demoraba, el Toti, un número 6 exquisito que anticipaba como los dioses y salía jugando siempre por abajo, una especie de peruano Meléndez pero santiagueño, propuso la vieja fórmula conocida: hagamos una rifa de 100 números y nos compramos una pelota de marca. Enseguida le recordamos que en los últimos dos años habíamos hecho cinco rifas, que siempre se las vendíamos a nuestros familiares, y que nunca podíamos vender más de 30 números. En la última, nos salvamos por un pelo de que el carnicero de “La Vaca Loca” acertara el número y se quedara con el primer y único premio, un horrible velador de madera que se parecía lejanamente a una carreta tirada por dos caballos pintados de negro. Lo habíamos conseguido en la kermesse de la Sociedad de Fomento, una nochecita en que el Toti pegó algunos tiros en el centro con el rifle de aire comprimido, cuando nos quedamos con las ganas de llevarnos la radio eléctrica y a pilas, que era el primer premio. Rifamos tres veces esa carreta-velador, y ni el azar logró ponerla en otra casa que no fuera la del Toti, que insistía con sortearla de nuevo.

Así estábamos, imaginando imposibles, hasta ese sábado al mediodía en que la noticia se divulgó con la velocidad con la cual generalmente se conocían las malas informaciones. Como esa vez que la Yoli se había escapado de la casa de sus padres con un tipo que vivía en la Capital y flor de quilombo se armó; o cuando el Hugo, el hijo mayor de Don Julio, había caído en cana en un asunto raro que nadie se animaba a contar.

Ese sábado, Taraguí, un formoseño que jugaba de nueve y que se cansaba de pisarla hasta que el Pata lo revoleaba contra el alambrado, dijo que lo había visto al Chacho bajar del colectivo con una bolsa de plástico grande, y que la bolsa tenía la forma de una pelota. Pasamos a buscar al Gordo Acosta y a Pedrito, que vivían en la misma cuadra, y nos fuimos para la canchita a esperar el milagro.

Había un sol maravilloso, ni una sola nube y la certeza de que el frío ya comenzaba a alejarse. Un día así habíamos soñado para cuando llegara la pelota en serio que todos queríamos tener, de modo que sólo faltaba que el Chacho, que vivía casi enfrente del potrero, abriera la puerta de su casa y comenzara a cruzar la calle de tierra rumbo a nuestro Maracaná. Porque en eso se convertiría la canchita ni bien empezáramos a patear la pelota nueva, al ritmo de los relatos del Cepi, un maestro para hacernos creer que un golcito cualquiera lo acababa de hacer Rojitas, el Lobo Fisher, la Bruja Verón o Jairzinho; o que ese rechazo salvador había sido de Perfumo o de Malbernat, y no del impresentable Pata, que acababa de cortar un cable con otro de sus espantosos pelotazos.

Ya se escuchaban varios gritos desde el fondo de nuestras casas, llamando para el almuerzo –en serio, en esos barrios desangelados todavía se almorzaba comida casera-, y ya nos parábamos como para empezar a caminar, cuando desde una puerta que imaginamos era el túnel de La Bombonera, apareció el Chacho, paso tranquilo y caminar desgarbado, con las manos detrás de la espalda.

Cruzó la calle, entró a la canchita por debajo del travesaño que habíamos fabricado con un gran palo de eucalipto (el otro era de un tirante de ésos que se usan para los techos de chapa) y nos miró a todos en el más profundo de los silencios. Entonces sí, puso la pelota debajo del pie derecho, la levantó, hizo jueguito sobre el muslo, y la pateó en dirección a donde estábamos nosotros. Era como un asteroide todo blanco, impecable, que brillaba debajo de ese sol majestuoso. Y viajaba por el aire con la perfección que sólo tienen las cosas perfectas.

Rápido de reflejos, el mejor arquero del barrio, el cordobés Gorrita, se adelantó unos pasos y voló como para los fotógrafos. Apenas la tocó, pero fue suficiente para desviarle el rumbo, de modo que la pelota picó unos metros más atrás, justo en donde Taraguí la esperaba con el empeine listo para levantarla y empezar a sentir una sensación distinta en las piernas, hasta que se la tiró de nuevo al Chacho. Todos lo rodeamos entre risas y gritos, mientras nos pasábamos la pelota de mano en mano.

“Una Pintier, es una Pintier”, decíamos con cierta incredulidad, porque era nada menos que la pelota profesional que usaban los jugadores de verdad en los partidos de verdad. Esos partidos que veíamos por la tele, y que sólo algunos privilegiados habíamos visto alguna vez en las canchas de los equipos de primera.

La Pintier pasaba de pie en pie, y hasta de cabeza en cabeza, en un “cocacola” que los más ansiosos interrumpían para tocar ellos también esa redondez y esa tersura que se desprendía de sus gajos exagonales, con una estrellita pintada de azul oscuro sobre el único gajo de cuatro lados, en donde estaba la válvula para inflarla. Por supuesto, era de cuero-cuero, sin esa promiscua capa de plástico que después sembró las canchas del mundo de pelotas de circo. En medio de tanta alegría, el Chacho parecía un jugador famoso al que entrevistaban después de hacer dos goles en un clásico. Como era medio tímido, parecía esos jugadores que repiten siempre las mismas cinco palabras, sólo que en lugar de decir “tuve la suerte de convertir”, decía “junté tres quincenas y la compré”. Fue lo único que dijo antes de proponer, expeditivo, “vamos a patear todos, che”.

Taraguí quiso hacer jueguito de nuevo, hasta que le llovieron cientos de “pasála, guacho”, y de taquito se la tiró al Cepi, que no pudo resistir la tentación que siempre había pensado le podía despertar una Pintier: la acomodó sobre una mata de pasto, retrocedió sólo dos pasos para que nadie se la pateara en un descuido, y le dijo a Gorrita “atajá, que te la pongo en el ángulo”. Enseguida, le pegó como le gustaba, con esas combas que antes se llamaban “chanfles”, y que después bautizaron “rosca”, y sintió que el pie se llenaba de gozo tras levantarla por encima de la cabeza de Paniagua, que llegaba corriendo desde el fondo y quería tocarla de cualquier manera.

La pelota pegó de lleno en el travesaño y picó en el área. Ahí, en ese momento, comenzaron todas las peripecias que no habíamos previsto: la canchita era tan despareja que después de cada pique la pelota parecía una gallina enloquecida que corría para cualquier lado. Si la pateaban a ras del piso, viboreaba siguiendo huellas desconocidas y se iba para el lado de la zanja. La salvaron a un metro del agua sucia varias piernas y brazos providenciales, y la trajeron despacito, como para que la Pintier se fuera acostumbrando de a poco a las inclemencias de un terreno escarpado y lleno de accidentes geográficos, de esos que nos enseñaban en el colegio y que nunca nos acordábamos en las pruebas.

Decidimos entonces achicar la cancha para evitar los deniveles de los costados y probar de lejos a los arqueros para no tirar muchos pases de rastrón, y ahí la cosa se puso más interesante, porque pudimos disfrutar de un par de pelotazos como la gente. Pero cada vez que sacaban los arqueros para arriba, la Pintier mostraba su molesta eficiencia: de tan esférica y perfecta, cada pique en ese terreno volcánico era un suplicio. En uno de esos piques, el paraguayo Leoncio, el padre del Sapito, comenzó a gritar “está viva, Chacho, le juro que está viva”, en medio de la risa de todos, que se hicieron carcajadas cuando la más perfecta pelota que haya rodado por ese potrero indecente decidió cobrarse alguna de las deudas que el Pata tenía con el buen fútbol: con un pique relámpago lo dejó pagando, con el pie derecho en el aire, apenas un segundo antes de que el chaqueño pudiera concretar el horrible crimen de colgarla en algún techo o un árbol.

Una hora después, transpirados, cansados y desorientados, pero con los reflejos bien entrenados por tanto pique, decidimos parar un poco. Nos sentamos, como siempre, en los troncos grandes de eucaliptos que estaban detrás de un arco, y ahí nos pusimos a pensar en alguna estrategia que nos permitiera jugar con esa maravilla. “Tiremos penales y tiros libres”, propuso el Cepi, que era –por lejos– el que mejor le pegaba a cualquier pelota, pero al que no le gustaba correr ni el colectivo. “Sí, colgate de acá y gritá Tarzán”, se enfurecieron los arqueros, que preferían los centros para sacar con los puños o para descolgarlos. “Vayamos a la cancha de los gitanos, que es mucho mejor que ésta”, dijo el Flaco Esteban, pero enseguida se impuso la cordura del Perro Garay: “¿Sos loco, vos?, ahí te la afanan antes de que llegués a cabecear un corner”. Otro propuso desinflarla un poco, sacarle aire con el pico y dejarla más blandita para evitar tantos piques indescifrables, pero una vez más el Cepi, que era uno de los pocos que iba al secundario y conocía un montón de palabras, impuso su criterio: “Hereje, cómo vas a hacer eso con un símbolo sagrado”, le dijo al atrevido, mientras los demás apoyaban con aplausos.

Al rato, el hambre empujó a muchos hacia sus casas, a buscar algo de morfi en medio de los gritos de madres y padres, mientras pensábamos la estrategia definitiva. Que comenzaría a aplicarse esa misma tarde: jugaríamos con las pelotas viejas y deformadas gran parte del partido, y la Pintier entraría en acción sólo para los tiros libres, corners y penales. En el costado de la canchita, los pibes más chicos la cuidarían, hasta pedírsela para los momentos sublimes de pegarle tomando carrera y buscando la comba.

Fue una experiencia fantástica que duró dos o tres meses. No más que eso. Para ser más precisos, hasta el momento exacto en que el Chacho se quedó otra vez sin su laburo de albañil, y le vendió la Pintier a los tucumanos del fondo. Mejor dicho, se la cambió por un par de entradas y un vale por tres cervezas en el baile de la Sociedad de Fomento, en ese sábado que ninguno de nosotros se había imaginado nunca. De haberlo hecho, seguramente hubiese sido nublado, gris oscuro, y con una llovizna pegajosa, de ésas que embarran todo lo que tocan. Ese clima triste que –como todos sabemos— hace imposible jugar al fútbol en una canchita de barrio.

Confieso

Revagliatti, Rolando

En marzo evalué el veraneo de febrero. En junio, en el mismo junio, el crimen. En septiembre me torné sombrío. Y en pleno diciembre treinta y uno, intento recapacitar. En abril le di forma al plan que ejecuté en junio. En septiembre encontraron el cadáver. Que no me agredas, me desconcierta: ella no te era indiferente. Además, te amaba. No toleré que no se quedase conmigo quedándose a mi lado. Se reía. Todos sabían en el barrio. De mí, de mi inocuidad. Habrá un feliz año nuevo. Porque confieso: la estrangulé. Le pegué después de muerta, lo hice. La desnudé y le pegué. Se termina, viejo. Hoy, por fin, me siento equidistante, sincero.

Carrera

Giordano, Miguel Ángel

Nunca nadie habló de mí. Y me duele, porque yo también estuve allí y compartí con todos ese momento tan glorioso. Esa vertiginosa y única carrera.

Me duele, porque a pesar de haber llegado primero a la meta, nunca nadie habló de mí, siempre se habló de él.

¿Por qué de él, si llegó segundo?

Pero… ¡qué carrera! Solo doce segundos y con obstáculos. Todo un récord.

Lo recuerdo como si fuera ahora mismo. Partimos, enseguida entre otros nos cortamos él y yo, dos brillantes luces entre las luces. A veces, como cómplices furtivos, nos rozábamos apenas y seguíamos adelante en busca del objetivo común. Cuando aparecieron los obstáculos, los sorteamos con astucia y agilidad a todos. Uno, dos, tres y en el último, casi caemos, pero logramos llegar a la meta.

Como dije, llegué primero. Y mientras reposaba junto a la red, veo a los jugadores ingleses desparramados por el piso y a Diego con su típico salto, gritando el gol.

El nonato Sportivo Sol de Oro

Schifrin, Bernardo

Fue allá por 1943 ó 44, la Avenida 9 de Julio solo llegaba hasta la calle Tucumán, pero estaba prevista su prolongación. Algunos edificios ya habían sido expropiados, demolidos y cuidadosamente tapiados. Los pibes del barrio y los cirujas, para jugar o guarecerse, violaban las cerraduras de las puertitas de hierro, burlando la inaccesibilidad.

A mí se me ocurrió pedir autorización para usar el que nos quedaba más cerca, Cerrito entre Viamonte y Córdoba. Hasta soñaba con él. La guita para comprar pelotas y algún aro de basquet, podía obtenerse con la venta de productos a los que tuvieran hambre y alguna moneda. En el Once vendían 5 rosquitas a 5 centavos, si en la sede social del Clú las cobrasemos 10…como se vé, mis sueños eran muy comerciales, en pro de un ideal.

Lo conversamos en la Plaza, y nos pusimos de acuerdo en la fundación del Sportivo Sol de Oro, un feriado a la mañana, así sin acta ni nada. ¿Uds. creen que en el acto de la fundación de los clubes que luego prosperaron, se firmó un acta? Yo creo que recién se firmó cuando empezaron a prosperar, o por lo menos a estabilizarse, y los participantes quisieron posar para la posteridad.

Sol de Oro porque todos teníamos alguna camiseta sin mangas (de las que después se llamaron musculosas), o con mangas cortas, les cosíamos un sol recortado de retazos amarillos y listo, ya teníamos la divisa para enfrentar en la lid deportiva a quienes se atrevieran a desafiarnos.

Así fue como nos encaminamos a solicitar la autorización a la comisaría 3ª, que por entónces ocupaba una antigua casa que había sido de Sarmiento, justamente en Sarmiento casi esquina Libertad. Eramos cinco o seis, tal vez siete emprendedores valientes, que supusimos que los policías tenían atribuciones para concedernos la autorización. Ellos eran los que no nos dejaban jugar a la pelota en la calle, y a veces nos enchufaban en el autito negro cuadrado, modelo 30 más o menos, para que los viejos nos diesen una pateadura cuando nos retiraran de la comisaría.

Le explicamos al vigilante de la puerta el noble fin que nos guiaba y dejó pasar a uno solo.

-Andá vos…- Tenés que ir vos. Y fui yo, el de la parla más florida. Los demás se quedaron haciéndome el aguante en la vereda.

Antes de entrar en la sala de guardia me sentí cohibido, pero saqué pecho…todo fuera por la causa. Le dije al oficial escribiente que me atendió, debía ser oficial, tenía las jinetas sobre los hombros, el motivo de nuestra visita y recurrió a la superioridad. Me hicieron explicarles todos los detalles de nuestro proyecto y se sonrieron. Yo me sentía inspirado y enumeraba las ventajas que proporcionaría un club de pibes, no iban a jugar más en la calle ni mezclarse con los más grandotes, las risotadas atrajeron a personajes con más galones, se mataban de risa.

-Fijate que pico de oro… Para prolongar la diversión me hacían preguntas y a repetir lo que ya había dicho, se iba haciendo largo, aunque embalado con el éxito que había reunido a una concurrencia tan importante, no me daba cuenta.

Mis compañeros en la vereda comenzaron a impacientarse y supusieron lo peor.

-¡Qué lo larguen…! ¡Qué lo larguen…! ¡Qué lo larguen…!

-¿Quienes son? pregunto el principal.

-Los pibes que acompañaban al que está adentro- contestaron de la guardia.

¿Adentro? ¡Preso! Y redoblaron sus gritos.

-Hacé pasar a dos o tres.

Unos gurrumines como yo.

Entónces nos contestaron que ellos no tenían atribuciones para conceder nada, que debíamos solicitarlo en la Municipalidad, y se acabó la joda.

Cuando salimos los otros aplaudieron. Regresabamos victoriosos ¡No habíamos quedado en cana!

¿Aunque en la Municipalidad a quién íbamos a ver? Si no conocíamos a nadie, ni la oficina a la que tendríamos que recurrir, y había tantas.

Esa tarde cuando nos juntamos a jugar el picado, en la callecita que atravesaba la tercera plaza, nadie mencionó el tema, nuestro interés se centraba únicamente, o se había refugiado, en la pelota.

Así murieron antes de nacer, el Sportivo Sol de Oro y las ilusiones de autogestión de unos chiquilines.

El hijo que se fue por el gol que no fue

Amulet, José María

Aún recuerdo aquellos gestos adustos, el dramatismo y la tensión que podían leerse en cada una de las caras. Mandíbulas apretadas, cuellos rígidos y ojos escapando de sus órbitas repetidos por centenas. Me fue imposible olvidar esa imagen, se impregnó para siempre en mis retinas y, a diferencia de aquellas otras que aceptaron los sobornos de mi memoria, ésta se mantuvo intacta desde entonces. Esas miradas clamando por el cuadro siguiente, el que develaría el misterio, el que saciaría sus ansiedades, conforman el retrato más trágico de que haya sido testigo. Y no me refiero al de los jugadores, no; ellos estaban lejos y su foto es un patrimonio público al que todos pudimos acceder a través de los diarios. Me refiero, más específicamente, al que compusieron mis compañeros de tribuna, los hinchas argentinos.

Tal vez, en mi decisión de hacer foco en ellos haya influido la impronta de mi profesor de fotografía, quien me había enseñado que para retratar debidamente a la muerte no era necesario obtener la placa de un muerto sino la de la expresión de los testigos de la agonía. Y en ese trance se encontraban las ochenta mil almas presentes en el estadio de River en aquella gélida tarde de Junio, latiendo expectantes, pendientes del recorrido de esa pelota que había pegado en el poste derecho del arco defendido por Fillol y que se debatía entre traspasar la línea de gol o continuar, inocuamente, hacia otro lado. El destino de una Nación, el de la nuestra, se jugaba en ese capricho, en el último minuto de la final con Holanda.

Al menos, eso creíamos todos los que estábamos allí. En esa ínfima fracción de segundo previa al desenlace, la película se proyectó íntegramente ante mí, tal como lo cuentan los sobrevivientes de las catástrofes. La revisión se inició remontándome a dos años antes, cuando mi entusiasmo por ser espectador del mundial no reparó en la cola de tres cuadras de largo y las cinco horas de espera que debí afrontar para poder hacerme de las entradas, continuó con la excitación que trastocó lo ordinario durante el mes previo al inicio del certamen, prosiguió con una serie de jugadas, goles y festejos caros a mi emoción y finalizó en el rostro de mi hijo, aterido junto al mío. Entonces, me detuve en su piel. Su expresión era diferente. En realidad era igual, pero distinta a la vez. No sé, creo que la inocencia de sus quince años le añadía un dejo de incredulidad a su mueca que la hacía original, entrañable. Juro que hubiera hecho cualquier cosa por preservar ese coto de felicidad próximo a resquebrajarse.

Martín había vivido el desarrollo de aquel torneo con la intensidad propia de su corta edad, un tiempo en el que la pasión desconoce los meandros de la especulación y cualquier evento importante se transforma en el eje de la existencia. Su virginidad espiritual era envidiable pero tan vulnerable que apenas una pelota, próxima a decidir su camino, podía herirla de muerte. La secuencia siguiente me devolvió al presente. El árbitro italiano que dirigía el encuentro definitorio buscaba un desesperado socorro en el juez de línea, actuando una delegación de responsabilidades propia de Poncio Pilatos. Sus ojos se habían clavado en su colega, clamando una actitud más sabia que honesta. Y aquel hombre, el portador del banderín, dudó. Estoy seguro de eso porque antes de decidirse su cuerpo ensayó un raro balanceo.

Supongo que el peso de todos los que conformábamos la multitud que se erguía sobre él habrá gravitado en su titubeo. Pero lo concreto es que finalmente pudo más el honor e inició una carrera hacia el centro del campo para convalidar el gol. Ese hombre corriendo en línea recta blandía una daga que se hundía sin piedad en nuestros corazones mientras la concurrencia en pleno lo miraba azorado, esperando el milagro por el que se pide en los últimos estertores, cuando todo está perdido. El partido se prolongó, apenas, un par de minutos; de ellos sólo guardo el recuerdo del desasosiego general. Después vino el pitazo final del árbitro y la tarde gris se hizo noche inclemente.

Los jugadores holandeses levantaban sus brazos, saltaban y se abrazaban como si fueran los protagonistas de una película muda. La voz del silencio lastimaba mucho más que la algarabía de un adversario digno, al que nada podía reprochársele. El color anaranjado de sus camisetas, ausente en las franjas de la bandera patria holandesa, rebotaba con fuerza en el verde del césped, transmitiendo una sensación cuantitativa impropia del reducido número de celebrantes. Por su luminosidad, aquella imagen semejaba a “La ronda de noche”, ese bellísimo cuadro que el talento de Rembrandt legó a la humanidad y que la ciudadanía de ese país surcado por canales y sembrado con molinos supo cuidar como un preciado tesoro, ocultándolo de los nazis durante la segunda guerra mundial y preservándolo de los posteriores embates de individuos enajenados dispuestos a trascender a partir de su destrucción.

En este lienzo, motivo de orgullo del pueblo holandés, fueron retratados los integrantes de una milicia urbana, quienes previamente habían comprado su derecho a estar presentes en la tela mediante la entrega de una suma de dinero al pintor. Y precisamente fue a través de comentarios referidos a la compra de voluntades -en este caso, la que habría permitido que nuestro equipo nacional pudiera arribar a la final- como se empezó a manifestar un descontento popular que había permanecido silenciado hasta entonces. ¡Si no hubiera sido por los cargamentos de trigo que los milicos les van a mandar a los peruanos ni siquiera hubiéramos llegado a este partido!, se escuchó decir, en un principio, tímidamente. Enseguida arreciaron más voces denostando a la junta militar que gobernaba nuestro país con mano de hierro, prescindiendo de la Constitución y de los más elementales derechos cívicos y humanos. Las protestas dispersas se transformaron en injuriosos cantos colectivos cuando la gente percibió que los integrantes del trío castrense emprendían una rápida huída de sus plateas preferenciales. ¡Que se vayan, que se vayan! y ¡a-se-si-nos, a-se-si-nos!, fueron las consignas coreadas con indignación por una muchedumbre que se resistía a retirarse, como si estuviera esperando que alguien le rindiera cuentas por tamaña desazón.

Tibiamente intenté comenzar a bajar las escaleras para salir del hervidero en que se había transformado el estadio pero, ante mi sorpresa, Martín me tironeó de un brazo transmitiéndome un claro mensaje de su negativa a partir. Recién entonces advertí que él era uno de los tantos que enrojecían sus gargantas exorcizando su bronca y me pregunté si conocería el verdadero alcance de aquellas consignas y su vinculación con la realidad o si, como suponía, su participación sólo correspondía a una mera integración a la masa enardecida. ¡Hay que echarlos a estos tipos!, ¡ya hicieron demasiado daño!, me espetó furioso en mi cara, de modo de que no me quedaran dudas acerca de su conocimiento del tema. Mientras la multitud se asomaba a una verdad que, hasta esa derrota, había preferido mantener relegada, yo descorría mi propio velo, la urdimbre que había concebido para fraguar el paso del tiempo y retener al niño que ya no habitaba en Martín.

Aquella noche fue interminable. Un gentío enorme se trasladó a la plaza de Mayo para exigir la renuncia de los gobernantes. De nada valieron los gases ni las balas de goma, aunque sí sirvieron para que los cronistas extranjeros captaran las imágenes que recorrerían el mundo denunciando la barbarie que asolaba a la Argentina. La suma de aquellas evidencias trajo aparejado el rápido final de la odisea en que nos habían sumido los militares. Y allí, en ese momento glorioso, siempre termina mi sueño. Entonces abro los ojos y lloro; lloro amargamente preso de furia y de dolor.

Cada tanto me despierto por las noches creyendo que esa historia prefabricada es verdadera y voy a la habitación de mi hijo ansiando tener razón. Allí me quedo, añorándolo, mirando sus fotos, sus libros, sus trofeos deportivos y las medallas con las que lo premiaron en el colegio, procurando llenar mi corazón con el ánima de su bonhomía. En ese cuarto no se respira un hálito de maldad; mucho menos de violencia. Nunca le mencioné la posibilidad de comprarle un revolver o un rifle de juguete; tampoco él me lo había pedido. Sin embargo, sin que mediara una explicación, un día le dieron uno real y lo mandaron a matar a Malvinas, a acabar con los ladrones ingleses, le ordenaron. Entonces es cuando caigo en la cuenta de que Martín ya no estará más conmigo, de que mi hijo se fue por el gol que no fue.

Los extraterrestres, Maradona y el ataque que no fue

García, Guillermo

La invasión estaba prevista para el viernes 27 de junio de 1986, según el calendario terrestre. Cinco días antes, los pequeños, esféricos e implacables plutonianos enviaron la última nave de reconocimiento. Quiso la casualidad que se estacionara a gran altura sobre el área de México DF y, atraídos los sutiles mecanismos por los gritos de casi 115.000 gargantas, apuntara su poderoso teleobjetivo al campo de juego del Estadio Azteca justo en el momento en que Diego Maradona iniciaba su enloquecida carrera hacia el arco rival. Ante lo que aquel insignificante humano de pies ligeros hizo entonces con la pelota, los pequeños, esféricos e implacables plutonianos -quizá por primera y única vez en su larga historia de guerras y conquistas- experimentaron primero asombro, luego inquietud y por último pánico. La invasión fue cancelada de inmediato y la Tierra, definitivamente, borrada de los objetivos expansionistas del noveno planeta.