Siempre estarás en mí

Tarabini, Juliana María Belén

Era un día gris, acá en mi pueblo, cuando me entero que habían asumido los militares. Justo ese día, mi hija no fue para la ciudad a cursar. Ella estudiaba Derecho. Cuando escuchamos esa información, nos miramos mutuamente y nos quedamos en silencio por un largo rato. Era la hora de la cena; hice unos ricos ñoquis y Mercedes, mi hija, me ayudó a preparar la mesa.

Esa noche, quedamos hablando hasta tarde, todo lo que pensábamos de lo sucedido, y yo aproveché a decirle que no tenía problemas si ella dejaba de estudiar. Que estaba dispuesta a mantenerla siempre.

Pero Mercedes era especial. Ella quería sacar adelante nuestra familia (éramos nosotras dos) y me dijo: “Mami, yo sé lo que hago” y se fue a dormir, media enojada.

Al otro día, nos levantamos temprano porque Mercedes tenía que ir a la facultad y yo a cobrar la pensión de mi marido. Cada una se fue por su rumbo.

Al regresar de la ciudad encontré mi casa toda revuelta. Me habían robado, no quería llamar a la policía porque no confiaba en ella. Regresé todas las cosas a su lugar y me di cuenta de que se habían llevado la foto de graduación de Mercedes y pensé lo peor.

Fui directamente para la facultad a esperar que saliera. Se hicieron las cuatro de la tarde y no salía mi hija, entonces entré y pregunté por ella a las autoridades. Se miraron unos a otros y no me respondían e insistí que me respondieran y me dijeron: “señora: a su hija la llevó la policía”. Yo dije: “es un error, nosotras no andamos en nada” y me respondieron: “algo habrá hecho para que se la lleve”. La miré con odio y me retiré.

Fui para la comisaría del pueblo a reclamar a mi hija y me dijeron que ella no estaba ahí; que ellos no se la habían llevado y les grité, insistiendo que me habían dicho que la policía se la llevó.

Me dirigí a la agrupación Madres de Plaza de Mayo y me prometieron que me iban ayudar. Sus palabras de contención y su búsqueda jamás se fueron.

Hoy, hace treinta y cinco años, sigo buscando a mi Merceditas en todos lados del mundo. Jamás me daré por vencida y sé que algún día nos volveremos a reencontrar.

Pero más allá del resultado de mi búsqueda, ella siempre estará en mí…

La campera

Defferrari, Olga Alicia

Era rosa. De cachemira, con botoncitos de nácar y las mangas terminadas en puños tejidos al crochet. Le había costado terminarla, por la bronquitis que la aquejó durante aquel invierno.

Después de lo ocurrido, la esperanza de recobrar los amores truncados le dio fuerzas para continuar con su trabajo docente en la Escuela Normal.

Al poco tiempo la volvió a ver, en una de sus clases matutinas. Quien la lucía, al igual que su dueña original, no pasaba los ocho años; era la hija de Benítez, el comisario.

El golpe

Villanueva, Cristina

El golpe había sido tan duro que el reino sangraba sin cesar. Sangró tanto que la sangre llegó hasta unas islas lejanas, y Blanca Nieves se vistió de rojo.

Oscuro bosque sin pájaros

Villanueva, Cristina

Hansel y Gretel tiraron miguitas para volver cuando estaban perdidos en el bosque oscuro.

Muchos años después los golpeadores hicieron del bosque un lugar siniestro. Desaparecieron a otros niños de su sangre y su historia.

Los niños robados no tenían migas para volver al camino.

Como una maravilla del cuerpo se desprendieron las llaves del regreso.

El engrupido

Luri Laserna, Sebastián

– Che, mirá. ¿El que está sentado atrás en el Falcon no es Tito? ¿Quiénes son los tipos que lo llevan? ¡¡Tito, Tito!!

Tito los miró con la vista perdida pero no respondió el saludo.

– No me dio bola el hijo de puta.

– Te dije boludo, desde que Tito se fue a Buenos Aires se cree intelectual, cambió, ya no da bola.

– Te parece Negro, algo le habrá pasado…

– ¿Qué carajo le va a pasar? Está engrupido.

Cuando Tito fue secuestrado por la marina, lo pasearon por el centro del pueblo para que marcara alguno de sus compañeros militantes. No dijo nada, fue la última vez que lo vieron.

El sueño en las almohadas

Torti, Ana María

Con insistencia golpearon puertas una… dos… muchas veces. Cuando se abrieron la jauría aterrorizó en las calles y se multiplicó por las ciudades.

Mientras tanto los niños acunaban sueños.

Los jóvenes soñaban utopías.

Después rasgamos las almohadas y el viento del tiempo dispersó las plumas.

¡Quién pudiera volver a reunirlas!

Recuerdo

Kishimoto, Facundo

A Juan Takara, el eterno

Yo no sé cuándo ni por qué, solo sé que un día me enteré que un tío mío es un desaparecido. Uso el tiempo presente porque tengo la esperanza-sentimiento que a veces aborrezco- de que algún día vuelva, porque al que un día lo hicieron desaparecer y nunca más volvió, todavía es un desaparecido. Mi madre siempre me dijo, te hubieras llevado tan bien con Juan…. Y yo, que nunca lo conocí más que en evocaciones ajenas, tengo recuerdos inventados, discusiones inexistentes, yo, el raro, yo, el distinto, tal vez hoy me sentiría menos solo, si tal vez hoy mi tío no fuera un desaparecido.

Nada se pierde, todo se transforma, dijo Lavoisier, materia en energía y viceversa. Pero entonces, ¿dónde está él? ¿Él que es llamado desaparecido? ¿La materia puede desaparecer? Grito desagarrándome la garganta ¿Será que he de consolarme con que ahora se ha transformado en mi energía para escribir, para expresarme? ¡A la mierda con toda la ciencia! ¡No existe energía que pueda llenar este vacío absoluto!

Cosas que pasaban

Martignone, Hernán

Corrió a prender la televisión porque empezaba la telenovela. Todavía no se acostumbraba al televisor color. Se sentó, fue tomando despacito el té, pero notó que pasaban las escenas y el protagonista, el galán por el que –admitámoslo– seguía el programa, no aparecía. Los otros personajes ni lo nombraban. ¿Había escapado al fin? ¿Había renunciado el actor, tentado por una oferta mejor de otro canal? “Esto en los libros no pasa”, pensó. Y se acordó de la novela que había dejado a medio leer en la mesita de luz. Pero cuando fue a buscarla, no la pudo encontrar por ningún lado.

¿Quién protege la envoltura del niño?

Salguero, María Aurora

El ruido ensordecedor aturdió los sentidos. La lucha sin motivos endureció las almas, y a un costado como mudo testigo, la mirada pequeña, dulce, llena de olvido. Después de la tormenta, el silencio y la angustia ¿Quién cobraría la vida de tan inocente niño? El largo camino que unía tantos lugares y a un costado “ese pozo”, un pozo que pretendía romper con los aullidos de tantos oprimidos. ¿Después quién cobraría la vida del inocente niño? Como sin pensar, los remordimientos galoparon sobre los avenidos, la sonrisa bella y la cabellera rubia del niño. ¿Quién podría tomar esa suave envoltura y proteger al niño? Estaban Juan, Pedro o Remigio. ¿Quién podría tomar esa suave envoltura y proteger al niño? Después la duda tras la tormenta fría y sin sentido; y allá a lo lejos la figura tierna de una madre sin hijos. ¿Será verdad? ¿Quién podrá tomar esa suave envoltura y proteger al niño? ¿Quién tiene derechos a disipar la ira y frenar el dolor y proteger al niño? Pero quizás, después de tanto horror y odio ¿Se podrá preservar la inocente cara de un niño? El tiempo lo verá, la sangre gritará y en el recodo oscuro de tantos desatinos la mirada perdida encontrará su vida, y en la lucha sin paz detrás de su destino la mirada perdida en la risa de un niño. Los años que pasaron no lograrán jamás cubrir su amor herido.

El hombre que se buscaba en la lluvia

Vezzato, Joan

Sus manos conocieron ‘’aquellas’’ manos, esas que envolvían su pequeño cuerpo y lo protegían.

Él no tiene la culpa de no recordar ese momento, si instantes después otras manos lo llevaron y entregaron. Nunca pudo rememorar que realmente no era quien creía ser. Pero lo sentía, su alma lo sentía.

Un vacío inmenso le cubría el pecho, la sensación de no pertenecer a su hogar, a la gente con la que había crecido, la que lo había criado.

Poco a poco fue mintiéndose y creyéndose cómodo, copiando sus formas y posturas. Al fin y al cabo se crío escuchando que las sombras no eran más que sombras, más que un lugar oscuro. Pero las sombras son nuestro ser, son lo que nos recuerda nuestro pasado y nos marcan el presente, nuestras sombras son parte de nuestro ser.

Pero su alma lo sabía, por eso bajo la lluvia, él corría buscando que la claridad del agua lo limpiara y le devolviera su identidad. Se buscaba bajo la lluvia. Pero no se encontraba, la lluvia no podía más que acompañarlo y acariciarle el cuerpo. Así convivió con el vacio durante años…

Detrás de los muros, su ángel lo buscaba incansablemente. Derribando todas las barreras y resistiendo al dolor de no tenerlo, pero con la esperanza de devolverle su ser en un abrazo inolvidable.

Así fue como el viento con enorme fuerza descubrió el camino y el ángel abrió sus brazos y lo invito a volar, a recuperar su historia. Pero él confundido y asustado por la altura se negó y prefirió aquel vació en el pecho. Claro, al volar vería sus sombras enormes y otra vez el castigo de sus apropiadores.

Al día de hoy no se animó a ver sus sombras, a recuperar su ser, a ‘’reencontrarse’’. Prefirió seguir buscándose en la lluvia, pero ella consciente de su deficiencia empezó a advertirle y es que sus gotas pueden acompañar en la caída a sus lágrimas, pero no podrán pararlas.

El Ángel continúa esperando ese abrazo infinito que le devuelva lo que perdió cuando transformaron sus sueños y su vida en sombras. Pero principalmente devolverle su ser y quitar el vació que lo acarrea a él desde hace ya 32 años.