Ética uniformada

López, Francisco

Gastón y Marcelo son compañeros en la primaria. Se hicieron muy amigos y con frecuencia uno de ellos va a la casa del otro para hacer las tareas y jugar a la play station. En una ocasión, Gastón le preguntó a Marcelo de qué trabajaba su abuelo. “Era médico y llegó a ser jefe de sala en el hospital. ¿Y el tuyo?” Gastón dudó y después respondió: “Fue militar”. El amiguito quiso averiguar: “¿A qué grado llegó?” Su compañerito le contestó: “A capitán, pero debió retirarse del ejército porque estaba en desacuerdo con la desaparición de personas. Sostenía que pensar distinto no es delito”.

Reanimación

Nasello, Patricia

Siempre que en Córdoba llovía sangre, recolectábamos las gotas en vasijas talladas en cuarzo. Cuando escampaba bebíamos el contenido de un trago, de lo contrario jamás habría vuelto a brillar el sol.

Método

Perinelli, Roberto

El coronel es papá de tres hijos legítimos y se dice papá de dos hijos apropiados. Cuando en la cena, o en el almuerzo, alguno de la prole se niega a tomar la sopa, el coronel reparte cachetadas entre los primeros; a los segundos los asusta contándoles qué hizo con sus padres.

La mamá siempre asiente, apoya al marido y alecciona a los cinco nenes diciéndoles que la sopa es buen alimento, que ayuda a crecer sano.

Aventura a ciegas (minificción sonora)

Gardella, Martín

Sus gritos masculinos se confundieron con el retumbo de un portazo y un televisor a todo volumen que nunca fue apagado. Afuera, los ecos de la ciudad en plena actividad se manifestaron en bocinas irritantes, altoparlantes confusos y voces desconocidas. Más tarde, se contentó con el sonido suave del viento, mezclado con el piar lejano de las aves del descampado. En el final del recorrido, antes del imperioso silencio, llegó a escuchar el atemorizante taconeo de las botas.

Ignorancia

Esnaola Moraza, Jesús

Me cruzo con ellos, incluso me paro y les digo lo hermoso que es el bebé. Ella, turbada. Él me ofrece su mano flaca, puntiaguda.

Su contacto me transporta a un par de días atrás y los imagino mientras salen de la maternidad con el bebé, sonriendo como padres primerizos; aunque adivino, al trasluz, algunos signos.

Rodeo su garra, que aún estrecho, con mi mano izquierda y voy un poco más allá, unas pocas horas, y huelo la humedad de los pasillos del sótano de la maternidad, oigo los sonidos que salen de sus bocas, puedo verlos alargando las manos huesudas en pos del bebé que trae una monja, un bebé que, sujeto por los pies, boca abajo, llora alzado como un trofeo.

Suelto su mano. La mirada de ella es huidiza. La de él retadora.

Omisión del ayer

Parrilla, Ernesto Antonio

Las noticias hablaban del ayer, de algo malo. Lo había escuchado en letras vestidas con melodías y alguna que otra revista, en la escuela. Pero no comprendía que tan importante era eso de la memoria. Al fin de cuentas, todo el mundo decía que lo que importaba era el futuro. ¿Para qué preocuparse del pasado? “Allá ellos”, se dijo, y siguió mirando la tv.

Era un 23 de marzo del año 1976 y la historia estaba a punto de volver a repetirse. Mientras que en el país, los que podían, miraban la tv.

Marcas

Parrilla, Ernesto Antonio

– ¿Qué son las marcas en la pared?- preguntó Luisito a su abuela, mientras mamá dormía una siesta. La anciana le sonrió y con su mano ajada por el tiempo le acarició el flequillo.

– Son los años desde que el abuelo no está-, contestó solemne.

– ¿Y dónde está?-, preguntó intrigado el niño.

– Se lo llevó gente muy mala hace años y nunca más volvió.

– ¿Cómo?… ¿Vos no pudiste decirles que no se lo llevaran?

– Nadie pudo, nadie. Pero ya no volverá a pasar, gracias a esto-, le dijo al tiempo que le tocaba con un dedo la cabeza-. La memoria.

Y Luisito sonrió, contento con poder lo que antes nadie pudo.

Cuento por la identidad

Musso, Liliana

Cerré la página de la revista “Intervalo”. “Gente de blanco” siempre me hace llorar, quien la escribe se me hace un genio. La radio sigue con su cantinela, los adultos se ven preocupados. Cuando oyen “Comunicado número…”, se vuelven como locos, podría prestarles mis revistas, en ellas no hay nada de qué preocuparse. Historias que me abren puertas, donde el miedo no entra jamás. Los personajes se meten en líos, pero siempre salen indemnes, en cambio, en la realidad sé que hay muchos desaparecidos, porque parece que hicieron cosas malas. Hoy sin ir más lejos venía del kiosco de comprar mis historietas, y vi como unos señores bajaban de un coche verde y corrían detrás de una chica, la agarraron y la arrastraron hasta el vehículo, vi como le sangraba la cara y pedía ayuda. Alguien le dijo al quiosquero, “Seguro hizo algo malo”. Yo me quede mirando, esperando que el héroe apareciera y terminara con esos tipos, pero nadie apareció. Mire la tapa de la revista y deseé que alguien saliera de ella y salvara a la chica. Decidí guardar todas mis revistas, no quería que desaparecieran. Ellas no habían hecho cosas malas…

Nacer

Parrilla, Ernesto Antonio

Nací un 24 de marzo de 1976. Justo el día del último golpe en el país. No supe de la coincidencia, hasta ya adolescente. No comprendí lo que significaba, hasta ser adulto. Me cuesta saber sin embargo, que todavía haya gente que quiera olvidarlo. Cada año enciendo las velas sobre la torta y dejo que ardan, sin apagarlas. Es que veo en estas, las llamas de la memoria, crepitando en la brisa, luchando para no morir. Se apagan, claro está. Pero cada año, las enciendo otra vez, soñando con verlas vivas por siempre, para que el ayer no se vuelva a repetir. Cada año, al recordar, nazco de nuevo.

¿Era necesaria esta muerte?

Broggi, Felisa

Cecilio y Adela eran hermanos y nuestros amigos. Casi todos los días nos veíamos. Eran años de niñez, de juguetes compartidos, de peleas, de reencuentros. Nos hicimos “grandes”, Cecilio se fue a Tucumán a estudiar y nosotras seguimos su ejemplo, aquí, en Santiago del Estero. El tiempo pasó: amores, ambiciones, enojos, noviazgos. Adela y la tercera de mis hermanas, Elena, se hicieron inseparables; nuestra familia se redujo (falleció nuestra madre y se casaron dos de mis hermanas, Elena era una de ellas).

De Cecilio sabíamos algunas cosas. A veces volvía a su tierra como un poeta desvelado: delgadísimo, suelto traje oscuro, hermosos ojos negros resaltando en la tez blanca y sus ideales de libertad incólumes en su palabra y en su cuerpo. Nos provocaba su atrevimiento y, también, su timidez de adolescente imberbe; nos parecía un pequeño gran coloso entre tantas mujeres que lo rodeábamos (su madre, su hermana y nosotras, amigas de Adela). Algunas de las chicas del barrio nos aventurábamos a soñar: éramos su novia, su esposa, la madre de sus hijos.

Un día una tristísima noticia nos golpeó: habían encarcelado a nuestro héroe. Con la enfermedad de mamá no nos enteramos de las escaramuzas de su detención, sí del golpe que, en el pecho y con toda la fuerza ciclópea de la dictadura militar –negra y odiosa-, recibimos: Cecilio había muerto.

Muchos años después, un millón de años más tarde, se supo la verdad que todos en nuestro barrio de niñez y adolescencias golpeadas siempre supimos: había sido fusilado, como lo fue nuestra inocencia.

Esta es una ofrenda, tardía pero homenaje al fin, para todos los que le hicieron cosquillas a un régimen que mucho mal le hizo a nuestro país. Cecilio Kameneszky descansa en paz.