Mi sombra

Castagna, Angela

Mi sombra es oscura y me sigue a todos lados, es tenebrosa, pero siempre esta ahí en un rincón, se sienta y me mira, le doy una manta y se duerme. Así transcurre mi vida sin ningún placer y esa soy yo, mi vida y mi sombra.

Garganta del diablo

Birman Kerszenblat, Martín

Cualquiera, al llegar, creería que el nombre no es más que una burla. No es razonable que una humilde construcción humana lleve el nombre de un cacho de divinidad como lo es Garganta del Diablo.
Sin mínimo aviso una tormenta de imposibles comienza a sucederse. Paisajes hechos acuarela, caminos que tornan ríos y ríos vueltos bosques de cardón. La loca inercia transforma arroyos en túneles aventurezcos y un camino de precipicio en plausible retorno.
Grises que impulsan a la búsqueda de duendes, demonios cabríos y una monja fantasma; y, si la racionalidad se presenta en prudencia y los visitantes emprenden la retirada, quienes se encargan de retenerlos son las nubes. Nubes: que gustan de ser contempladas en silencio hasta posarse sobre los meditantes precipitando la llegada de su noche.
Oscuros matizando un regreso que entra en las fauses de lo aterrador. Allí, donde ocurren risas de nadie, camionetas conducidas por centinelas invisibles, paisajes fantasmas, hasta un caballo hecho de sombras; y en que la tranquilidad es apenas mantenida por una moribunda linterna que se suma al ruido de nuestros cánticos y de un desubicado celular.
Por las bellas calles de Tilcara cuentan que uno puede encontrarse con manadas de retornados jóvenes que, sin saber ya cómo seguir con su vida, imaginan que aquello fue, simplemente, fruto de la imaginación.

Comunicación telefónica

Amado, Abril

– Hola, ¿con quién hablo?

– No lo sé, dígame usted.

– ¿Cómo que no lo sabe?

– No, no lo sé, es preciso que alguien me lo diga.

– No mienta, mi humor no está para bromas.

– No miento, claramente estoy diciéndole la verdad.

– Por favor, necesito hablar con el señor Fernández, ¿está él ahí?

– No lo sé.

– Le dije que no estoy para bromas, por favor no me mienta más.

– Le digo que no le miento, le juro que no le miento.

El otro perdió la paciencia y cortó la comunicación telefónica. El señor Fernández se preguntó por qué razón nadie le creía. Los médicos le habían dicho que había perdido la memoria y por eso no podía recordar ni su nombre, ni el de sus parientes.

¿Feliz?

Amado, Abril

El Caniche blanco, yendo a la peluquería de la veterinaria con su dueña, pasó cerca de un perro callejero y le dijo:

– ¿Por qué no te buscas un hogar?, así sos tan feliz como yo.

El Caniche dijo esto sólo para darle celos, porque bien sabía que mentía, (Con lo que le esperaba…).

Al rato, el de la calle miró por la ventana de la veterinaria: el Caniche sufría en manos de quienes lo bañaban. Entonces, cuando cruzaron las miradas, el primero le dijo:

– ¿Realmente sos feliz?… No lo creo, mírame a mí… soy feliz de verdad: soy libre.

Teléfono descompuesto

Pizurnia, María

A la mayoría de los nenes chiquitos no les gusta ir al jardín y a veces inventan excusas para quedarse en sus casas. Como mi vecino, que le dijo a la mamá que a la seño le dolía el oído, pero como en un teléfono descompuesto, esa mamá le dijo a otra que a la maestra la tenían que operar; otra dijo que se había quedado sorda y hasta se llegó a decir que había fallecido.

Días después se juntaron varias mamás en el jardín, y ahí estaba la maestra esperando a los nenes que hacía 5 días que no iban…

Mentiras salvadoras

Bricka Cecilia, Calandroni Nahir y Etchart Rocío

Una noche de Abril, un barco pesquero salió del puerto a tirar sus redes, cuando de repente, una gran tormenta los sorprendió. Al cabo de un tiempo, el pescador Juan fue rescatado de las aguas del mar, por una hermosa criatura. Fue depositado en una isla, por la que buscó una forma de salir de allí, armando una balsa con ramas y troncos. Pasados unos días llegó al puerto y les contó a sus amigos que una sirena lo había salvado. Mientras tanto Merceditas, aquella muchacha que vivía en la isla, se preguntaba dónde andaría aquel marinero al que había salvado…

A veces la mentira esconde un sueño.

La cabaña

Natale, Diego

Ellos vivían en una cabaña en medio del bosque, prácticamente alejados del mundo. Habían sido felices en algún momento, pero ya era muy complicada su relación de pareja. Quizás suene como que ya eran dos personas grandes, pero eran sólo dos jóvenes aunque hacía bastante vivían juntos en ese espacio lejano. No estaba todo bien últimamente, los problemas dominaban la relación. Todo era motivo de pelea, un día se dio esta conversación:

– Te mandé un mensaje cuando fui a la ciudad y no contestaste, dijo él.

– No me llegó nada, contestó ella.

– No mientas.

– No miento. Todo para vos es excusar para armar pelea.

– Siempre estamos peleando y eso es pura y exclusivamente tu culpa.

– Siempre discutiendo…

– Yo también lo sufro, por las noches extraño nuestras risas…

Al día siguiente ella estaba por cocinar (había abierto el horno y el gas, pero todavía no lo había prendido) y él se levantó y le pasó por al lado sin saludarla, se sentó a la mesa y prendió la tele.

– ¿No me vas a saludar? Preguntó ella.

– No molestes, fue la respuesta.

Ella prendió un fósforo y le dijo:

– Eso de que sufrís es todo mentira.

Él se abalanzó sobre ella e hizo caer el fósforo en el horno que impulsó una explosión que los levantó por el aire y provocó un incendio. Se miraron desesperados, sabiendo que morirían ya que la lejanía impediría llamar un rescate, además el fuego se propagaría rápidamente en el bosque. Con lágrimas en los ojos, él dijo:

– Lo único que puedo hacer es pedirte perdón amor. Disculpame por haber hecho tan insoportable estos últimos meses, encima provoqué el incendio nunca podré descansar en paz.

Ella rió y besó sus labios.

Con esa última expresión de amor esperaron el final.

Es la primera vez que me pasa

Saavedra, Federico Agustín

Mentira, que el concurso busca al más mentiroso

Si todos mienten en este mundo desde la China hasta Monte Hermoso.

Algunos son mas precavidos otros son mas engorrosos

¡Traigo un niño! ¡Estoy apurado! ¡Está rico! ¡Ya falta poco!

Pero es que si de mentir se trata, no hace falta tanto esbozo, con tan solo ochocientos caracteres, no me sobran ni me faltan para hacer un papel tan decoroso.

Si hasta hay algunos que son famosos…

Menen, Duhalde y Cavallo… ¿Mentirá “Nina” Peloso?

Miente el rico vanidoso, miente el pobre envidioso

Yo jugando al truco soy muy groso.

Falta envido, vale cuatro. ¡Cállate mentiroso!

No quiero ser León Gieco haciendo “Los Orozcos”

Tan solo salir publicado con un este cuento mentiroso.

Te juro, es la primera vez que me pasa ¿Escribo zaparrastroso?

La caja

Tiscornia, María Sol

Como era domingo y los dejaban jugar hasta tarde, Lucas insinuó a Juan que había que poner en marcha el plan.

La cosa era así: tenían que entrar por la puerta de atrás, ir muy despacio hasta el dormitorio, abrir el ropero y sacar la caja. Nada podía salir mal. Desde que escucharon la historia, los chicos no pararon de pensar en eso.

Había llegado el día. Juan hizo una seña y juntos entraron a la casa caminando en puntas de pie.

Cuando llegaron al ropero, Lucas abrió rápidamente la puerta y sacó el preciado tesoro. Ansiosos, lo llevaron hasta el patio. Las cuatro manos destaparon inmediatamente la caja.

Se quedaron unos momentos mirando el interior desconcertados. Era decepción, enojo y humillación lo que sentían. Su primo Marcos los habían engañado: no había ningún ogro feroz adentro, sólo fotos viejas.

La prueba

Zanón, Marcos Emanuel

Era la vez enésima que el Gringo contaba sus desventuras de cuando fue a probar suerte a los clubes de Buenos Aires. Todos sabíamos ya, con lujos de detalles, de sus idas y vueltas en los trenes y colectivos porteños para poder llegar a los distintos clubes, y de cómo se le complicaba tal situación al ser tan pibe y, encima, del interior. Pocas veces, en cambio, relataba hechos específicamente futbolísticos de esa época. Es que había quedado mal el Gringo después de la última prueba, que tuvo lugar en San Lorenzo. Es un frustrado más, entre muchos que deambulan en el país disfrazados de médicos, carteros, taxistas, abogados, kiosqueros, periodistas, escritores y demás profesiones y actividades útiles sólo para distraerlos de pensar lo lindo que debe haber sido jugar en primera.

Pero el Gringo, que ahora tiene casi cuarenta pirulos, no pudo dedicarse a otra cosa. No porque no pueda, sino porque no le sale. Es elogiable que no haya sido hipócrita consigo mismo, pero pasársela en la cancha de bochas y viviendo de la jubilación de su madre, no es la más digna de las vidas. Tan mal está, que los domingos se encierra en su pieza a escuchar música con el volumen a todo lo que da, con el objetivo de no oír los gritos de gol de sus desaforados vecinos. Intentó interesarse por otro deporte, pero ninguno despertó la misma pasión en él, aunque algunos sostienen que de haber sido pelotari, hubiese llegado lejos.

También probó entretenerse con otros juegos (porque para él, el ‘fulbo’, como le llamaba, era más un juego que un deporte), y fue por culpa del póker que perdió la casa donde nació y se crió, y por eso ahora comparte, junto a su madre, un chalet antiguo con unas tías. Esa tardecita en el bar, me animé e interrumpí la anécdota en la que dos pibes (más chicos que él!) le afanaron la guita que le había mandado el padre para pagarle a la vieja de la pensión, y le pedí que nos cuente algo de los partidos aquellos en los que evaluaban su calidad con la redonda.

– Me acuerdo de todas y cada una de las pruebas, minuto por minuto – empezó, con los ojos llenos de lágrimas, mirando por la ventana que da a las vías –. Pero esa vez en San Lorenzo – nos miramos disimuladamente entre el resto de los presentes – no entiendo cómo no quedé. Me salieron todas… todas. Hacía un calor de locos, porque los muy criminales te prueban a las doce del mediodía, pleno enero, y treinta minutos nada más. No me importó, porque estaba inspirado yo esa mañana. Es difícil destacarse jugando de cinco, pero jugué bárbaro: metí, corrí, la pedí, la pasé redondita… En un momento recibí una pelota desde la izquierda, antes de llegar a la mitad de la cancha, la controlé, me perfilé como para meter un cambio de frente al wing derecho, pero le pegué, sin mirar y con precisión, para que salga recta entre el dos y el cuatro rivales, engañándolos a todos. A la espalda de ellos apareció el nueve, solito frente al arquero, perfectamente habilitado, y definió con maestría, como continuando la sutileza del pase. Hubo un aplauso generalizado, el reciente goleador me miró y me señaló, agradecido… No entiendo cómo mierda no quedé!!! – gritó, golpeando la mesa.

Silencio incómodo en el bar. El Gringo lloraba desconsoladamente. Todos me miraron de manera asesina, y sentí una culpa inmensa.

– Gringo…- improvisé – yo era el nueve…

Otras miradas, más punzantes que las anteriores, se depositaron en mí, incluso la del Gringo.

– ¿Qué? – no lo podía creer – ¿Vos el nueve…? ¡Si todos dicen que tenés los pies redondos!- era hiriente cuando se lo proponía.

– Ahora soy de madera, pero de pibe, cuando vivía allá en Buenos Aires, era un fenómeno. Esa mañana yo quedé… y vos también.

– ¿Pero sos pelotudo vos? Si el técnico fue clarito: ‘Pibe – intentaba imitarlo-, sos muy bueno. Dejame el teléfono que apenas tenga novedades te aviso’.

– Y bueno, a mí me dijo lo mismo. La semana siguiente me llamaron y jugué dos años en las inferiores, hasta la reserva, que me rompí los ligamentos… ¿vos no le diste el teléfono?

– El del laburo de mi viejo, porque en casa no teníamos… – dudó un instante – Aaahhh, capaz que llamaron de noche…

– ¡Seguro! si están todo el día en el club esos tipos. A mí me llamaron una noche y al día siguiente estaba practicando.

Se quedó pensativo, otro silencio incómodo invadió el ambiente. El Pepe, dueño del bar, me hizo señas como para que siga.

– No sabés lo que se te extrañó ¡Gringo! Teníamos un equipazo, pero nos faltaba mediocampo. El técnico se cansó de repetir: ‘Si estuviese Moretti – copié su reciente imitación – seríamos campeones’.

– Yo sabía… la puta madre, yo sabía… – dijo el Gringo, extrañamente aliviado, como nunca lo habíamos visto.

Se levantó, saludó en general, y se fue caminando, seguramente hasta la cancha de bochas.

– Decime gil – me increpó el Pepe- ¿cuándo mierda jugaste al fútbol vos?

– Nunca Pepe – confesé.

– Me parecía. Usaste el mismo tonito de voz que cuando me decís: ‘El mes que viene te pago Pepe, el mes que viene’.