No los voy a defraudar

Simán, Gonzalo

A ustedes Argentinos, que sufrieron desde hace años nefastos gobiernos que sólo lograban dejar al país peor de lo que lo encontraban, ante todos ustedes, yo me comprometo a cambiar, voy a hacer de éste un país mejor.

Lograré la reactivación industrial del país, instalaré la convertibilidad del peso a dólar sin ningún tipo de déficit fiscal, reduciré la deuda externa, apoyaré a las inversiones locales, estatizaré YPF, Telefónica y los Ferrocarriles; ¡Haré de esta Nación un país modelo!

Por último señores, voy a abrir una licitación de un sistema de vuelos espaciales mediante el cual, desde una plataforma unas naves espaciales con todas las seguridades habidas y por haber, van a salir de la atmósfera, se van a remontar a la estratosfera y desde ahí elegir el lugar a donde quieran ir, de tal forma que en una hora y media podremos estar desde Argentina en Japón en Corea o en cualquier parte del mundo.

Argentinos… ¡Síganme! No los voy a defraudar…

¿Qué arquerazo?

Ricade, José

Claro desde afuera todo es fácil, por eso puteás. Me gustaría que estuvieras acá en el arco para saber el cagazo que se siente con la cancha llena. Pero, ¡decí algo hijo de puta! ¡Aplaudí por lo menos! ¡Pero mirá qué pelota descolgué del ángulo! Uff…menos mal que el Negro la tiró lejos, por lo menos descanso un minuto. Ni siquiera, ya se vienen de nuevo… ¡Dale Gabriel no boludees, querés! Sin fau, tapalo que no patee. Tapaaalooo… ¿Y pelotudo? ¿Esta volada tampoco la vas a aplaudir? ¡Va larga Martín! Ya la perdió y se vienen de nuevo. Solo faltan dos minutos de alargue. ¡Cruzalo Gabriel! ¡Pero boludo, fuera del área! Este penal lo atajo, hoy no me hace un gol nadie. Dale brasuca pateá de una vez.

¡Mamita qué dolor de cabeza! ¿Dónde estoy? ¿Es un hospital? Ahí viene alguien.

¿Y doctor? ¿Atajé el penal?

¿Qué penal? Dice el capataz que te tiraste de la loza del primer piso. Por suerte caíste sobre un montón de arena. ¿Sos boludo o te resbalaste?

¡Qué momento!

Policarpo, Javier

– Pa. ¿Cómo nacen los bebés?– preguntó la niña.

– Uhh hija, hay que ahorrar muchísimo dinero– respondió el “adulto”.

– ¿Estás seguro?

– ¡Pucha, cómo pensás que te tuve a vos! Escuchá: se debe colocar, con mucho cuidado, monedita tras monedita en la panza de la mamá.

– ¿En serio?

– Pero claro hija.

– ¿Y cómo hacés para meterlas?

– Ya te dije, con cuidado. Siempre de a una, no más. Sino puede que la mamá sufra terribles dolores. Viste que las embarazadas suelen marearse e incluso vomitar, bueno, eso les pasa porque se empachan con monedas.

– No, lo que quiero decir es por dónde las metés.

– Por el pupo, por dónde más.

– ¿Seguro que no me mentís?

– ¡Hija! ¿No confías en tu padre?

– Entonces yo no tengo hermanos porque como vos estás desocupado no pueden ahorrar.

– Algo así.

– Pero un poco sí están ahorrando, no me digas que no porque mamá cada día está más gorda.

– Pero muy poco, casi nada.

– Bueno, yo quiero colaborar. ¡Maaa! Vení que tengo un peso para la alcancía…

Los villanos

Páez, Cristian

A Juan le contaban cuentos cortitos: un superhéroe (ponele el nombre que quieras) entraba en acción y ¡zas! el villano lo mataba. Nada de explicaciones interminables ni de la clásica mala puntería de los malos. Antes de dormir, cada noche, a Juan el contaban que los superhéroes nunca lo salvarían porque los malos eran más fuertes.

No es necesario describir lo espantoso de su vida. En el borde de una cornisa, a punto de arrojarse al vacío, vio por una ventana del edificio de enfrente a la mujer de su vida. Pensó que los superhéroes no podían salvarlo pero el amor sí. Cayó al vacío llevándose la imagen de la mujer semidesnuda besando a otro hombre. No existieron para Juan los superhéroes ni la mujer de su vida; sólo unos villanos contadores de cuentos de ochocientos caracteres, sin fantasía.

Una excusa más

Mackinlay, Lucía

En 1º grado no tenía muchas amigas, pero después de esto, ninguna me quedó. Nadie quería venir a mi casa después del cole, siempre tenían un montón de excusas, así que les di una más… Les conté que en mi casa tenía serpientes, que dormía con dos anacondas, y que también tenía una cobra. También les dije que durante el día, las anacondas estaban en la bañadera y que de vez en cuando, las ayudaba a sacarse la piel. Le pedí a mi mamá que me jurara que iba a guardar mi secreto pase lo que pase, pero un día, la directora citó a mi mamá y… todo se terminó porque mi mamá tuvo que decir la verdad al verla tan pero tan nerviosa. Igualmente, no podíamos creer que todo el mundo se hubo creído el cuento por casi dos años.

Historia de un suicidio

Cristaldo, Ailen

Y así fue, ella fue cayendo lentamente desde esos siete pisos hacia al frío y congelado pavimento. Cada segundo de su vida pasaba por delante de sus azules y mojados ojos. Empezó a pensar que todo era un error, pero ya nada podía hacer para regresar el tiempo atrás. Y, por mucho que ella sabía que algunas personas la extrañarían, ella ya había tomado esa decisión, no podía hacer nada.

Los mejores momentos de su vida y los peores pasaron por delante de esos húmedos ojos. Sus padres, sus amigos, sus familiares, las personas que ella más amaba. Nadie pudo hacer nada, y así, el último día, minuto y segundo de su propia historia terminó. Callo al pavimento, y allí, murió.

El gran mentiroso

Carbone, Nicolás Roman

Al finalizar parte de mi infancia en un pueblo muy lejano, mis padres tomaron la decisión de mudarnos a la gran ciudad, cambio como los que tienen todos, cambio al que es difícil adaptarse, miedos también, e inseguridad. Mi primer día de colegio ¡Cómo olvidarlo! ¡Qué difícil fue ver otros compañeros, otras enseñanzas! Pero lo tenía que hacer…

Todo comenzó una mañana en la clase de educación física. Todos tenían sus grupos formados, y yo quedé solo. El profesor me puso con el grupo mas revoltoso, y tenía que jugar si o si, otra no me quedaba. El deporte a jugar era el fútbol, y digamos que yo no sabía jugar al fútbol, porque en mi pueblo había otras costumbres, entonces me empezaron a cargar. Ahí me puse triste tratando de soportar las lágrimas; no hablé con nadie más, esperé que se terminara la hora para ir a almorzar a mi nueva casa, y luego ir al colegio por la tarde.

Todos mis compañeros ya sabían que yo en la clase de gimnasia me había puesto rojo de la humillación, hasta que aquello llegó al oído de mi maestra; entonces ella me preguntó qué me había pasado, y ahí comencé a mentir… Le dije que mi padre había tenido un accidente automovilístico yendo hacia el trabajo y que lamentablemente estaba muerto. Mi maestra en ese momento no tuvo palabras para consolarme. Se había quedado helada. Me dijo que tome agua y me dijo que regresara al salón, que ella se iba a comunicar con mi madre. Por supuesto me negué rotundamente, al saber que si se comunicaban con ella, el que iba a estar muerto iba a ser yo.

Pasaron unas horas y una profesora faltó así que tenía dos horas libres, en la cual todos pueden llamar a sus padres para que vengan a retirarlos, entonces ahí fue cuando me comencé a sentir mal por lo que había hecho. Y pensé que lo mejor que podía hacer en ese momento era confesarlo todo. Fui a hablar a solas con mi maestra y le dije cual era la verdad, le comente que me sentía solo, que estaba triste, que todos me cargaban, entonces para que no lo hagan mas inventé eso. Le dije que sabía que había estado mal, que prometía no volver a hacerlo porque me sentía mal por lo que había hecho.

Ella me miró decepcionada, entonces le propuse que no le comunicara nada a mis padres, que no iba a mentir más. Además mintiendo no se llega a nada y no iba a ser mejor persona aparentando cosas que no tengo. Ella aceptó y no le dijo nada a mis padres. Hoy estoy mejor, pero nunca me voy a olvidar de lo que me pasó. Me siento triste cuando la veo a mi maestra por que sé que la defraudé. Pero estoy mejor por haber dicho la verdad.

¡Mirá qué flor de gallo!

Bengardino, Elsa

Elenita y Carmencita eran amigas desde el día en que Carmencita nació, 22 días después que Elenita. Ese año la matrona fue a las casas, por lo que ninguna de las dos nació en el hospital, sino en sus respectivos hogares.

Era la época de empolle, y como la gallina de la mamá de Carmencita estaba clueca, Elenita le regaló un huevito de su gallinita pigmea para que fuera empollado junto con los demás.

Carmencita llegó feliz a su casa, cargando delicadamente su huevito como si fuera un frágil y delicado tesoro, y, cuando iba a colocarlo debajo de la gallina, su madre la mandó a bañarse, por lo cual ella dejó el huevo sobre la mesada. Un rato después, su madre se puso a preparar la comida (churrascos y huevos fritos), y, al ver el huevito, le pareció un gesto tierno freírlo para su niña.

Cuando la mesa estuvo servida, Carmencita comentó el regalo que había recibido y qué pensaba hacer con él, a lo cual su madre, sintiendo un remordimiento indecible, le contestó que ya lo había puesto con los demás huevos debajo de la bataraza.

Veintiún días estuvo Carmencita cuidando a la gallina para evitar que algo le pasara a su amado huevito, y cuando hubo transcurrido el tiempo necesario, llamó a Elenita para que presenciara el momento culmine de su espera: ese día en que los pollitos, de a uno y con gran esfuerzo, comenzaron a romper los cascarones de los huevos con sus piquitos débiles para surgir a la vida. “Su” huevo tenía una “C” escrita con marcador para evitar confusiones y para que ella supiera con certeza cuál sería su mascota a partir de ese momento.

Al cabo de dos horas, todos los pollitos habían logrado romper sus cascarones, y Carmencita, junto a su amiga Elenita, salieron corriendo, contentas, a contarle a su mamá que del huevito que Elenita le había regalado, había nacido un ¡Flor de Gallo!

Solo los domingos

Arilli, Matías

Solo los domingos suelen engañarse entre si. En el día donde la cabeza más abruma con un monólogo el padecimiento del amor, se ven para mentirse el uno al otro y así no tener que disimular nostalgias.

Se prometieron palabras trasparentes y un contrato sin reembolso. Sin embargo saben del peligro de su juego y sus consecuencias. Mientras se besan, se tientan, se ríen. Se inventan el uno al otro, de la mano y un abrazo, un helado y una película, una cena y un regalo.

Hasta que un día jueves, él se dio cuenta que la amaba…
– Te amo – dijo él.
– Solo los domingos – contestó ella.

Pregunta incómoda

Alderete, Fernanda

“¿Cómo nacen los bebes?”, preguntó Clarita, las más chica de los Martínez. Ramo y Ana, sus padres, quedaron sorprendidos por semejante pregunta, hecha por una nena de 7 años. No sabían si decirle la verdad o decirle esa común mentira que le dicen a todos los niños curiosos. A esos niños que ya de temprana edad se sienten grandes y creen poder preguntar de todo. Esos niños que piensan como grandes pero tienen cuerpo pequeño, que tienen sus dudas desde muy temprana edad y los grandes no saben si ya son grandes o muy pequeños para saber la verdad de todas sus dudas.

Y entonces, ¿Qué responderle a Clarita ante semejante pregunta?, ¿Qué responderle a una niña de apenas 6 años? Los padres no tenían respuesta, solo podían expresar su asombro por tal pregunta. Los interrogantes de Ramón y Ana pasaban desde: “¿Cómo se le ocurrió?” hasta “¿Qué le decimos?”. Recordaban cuando tenían la edad de Clara, donde nunca se les hubiera ocurrido hacer ese tipo de pregunta. Y ahora tenían a su hija haciéndolas.

Después de pensar, los dos estuvieron de acuerdo en darle esa respuesta que los iba a tranquilizar, una respuesta que Clarita no iba a entender demasiado pero que, al pasar el tiempo y los años iba a entender, y podría aclarar sus dudas, la que todos los chicos quieren escuchar y salir contentos a jugar, esa respuesta que fue: “A vos te trajo la cigüeña de Paris, Clarita”.