La pirámide

Birman Kerszenblat, Martín

La catedral, con sus falsos fuegos, intenta imponerse. Al igual que el resto de los importantes edificios, allí erguidos, no lo logra. Están la casa de la usura, la de la antigua historia y, frente a ésta, la color chancho donde son aprobadas las decisiones. Al centro, reclama su indiscutible lugar de preponderancia aquel cuadrilátero de espacio no techado que, cual una isla, es rodeado por un conjunto de vías de ágil circulación.
Hechos de ladrillo y con su correspondiente color rojizo, un conjunto de concéntricos senderos corta el mar de pasto. Al centro se encuentra la roma de la plaza. Aquella a la que todos los caminos conducirían de no ser por las vallas que, rodeándola, dan a todos los que por allí circulan la sensación de estar presos.
A pesar de tener el nombre de las maravillas de la construcción azteca y egipcia, aquel monumento, rodeado por los ya mencionados tejidos de metal, poco tiene que ver, tanto edilicia como significativamente, con ellas. Esta estructura de minerales, que para muchos carece de un sentido mayor al del palillo en un reloj de sol, no contiene ni momias ni tesoros ni evidencias de contacto extraterrestre; sus interiores no son defendidos por dioses ni trampas y tampoco por serpientes o laberintos. Esta estructura de minerales es, tan sólo, un libro de historia.
De páginas siempre abiertas, aquella estructural obra es sus propias memorias. Memorias de conservadores. Memorias de huelgas. Memorias de dos finales abruptos y dos principios velados de la infamia. Memorias de traición y de populismos; de falsa concordia y abierta lucha entre clases. Memorias de terror y de pañuelos blancos; del exitismo y del “yo siempre estuve en contra”. Memorias de triunfos deportivos y derrotas sociales. En fin, memorias de todo lo relevante.
Dicen que aquellos que poseen esencia de luchadores, al acercarse a la pirámide verán siempre media plaza vallada; oirán los cánticos, sentirán el flamear de las banderas y observarán a los millones de personas de todas las épocas que, como por arte de magia, van ingresando y permanecen en la plaza con el objeto de participar de la eterna marcha. Esa que abruptamente se transformará en revolución destruyendo el sistema de la opresión y la destrucción y edificando el de la concomitancia y la libertad. Dicen que aquellos que poseen esencia de luchadores presenciarán dicha marcha y oirán las voces de treinta mil almas que, resistiendo las más inhumanas torturas, protegen férreamente a la pirámide de esas maliciosas rejas que, fingiendo cuidarla, la encarcelan.

Caballito

Birman Kerszenblat, Martín

La perspectiva cóncava impresiona con sus calles en fauce abierta. Los autos que parecen enfilar hacia el vidrio se desvían temerosos al final. Quizá los nativos tengan voz muy fuerte, tal vez las paredes no sean más que imaginarios artilugios; la realidad es que en lo tranquilo del atardecer se escuchan mil charlas simultáneas.
Cual un incontenible torbellino el cielo llora lágrimas de tarde gris. Esas gotas pequeñitas que molestan sin mojar no tienen otro objetivo que embellecer aún más al barrio dando la impresión de apacible y tristón crepúsculo.
Ventana adentro las pocas mesas y el techo invisible combinan perfectamente con el exterior. Desde las medialunas, desde los submarinos, desde las cervezas y los licuados hasta el todo, hasta lo inconmensurable, tienen la marca del tranquilo Caballito. Ése en que el tiempo vuela inamovible.
Cuando el sol comienza a desaparecer y el bar se vuelve pulpería los malevos, sin facón y hartos de cerveza, se enmarañan en peleas de amores. En aquel momento de hombres, los imberbes huyen despavoridos del emplazamiento que, a la luz del eterno foco, se ha tornado sur antiguo.
Así, simplemente así, es un instante en el café Espinoza.

Villa Gesell

Birman Kerszenblat, Martín

El mar ruge furioso por ser desatendido. El frío, responsable de esta situación, se ríe por lo bajo de sus temperaturas.
En su feroz rompimiento, las olas traen cuentos de territorios y tiempos lejanos.
El sol, que de refilón calienta el terreno, invita a acercarse para contemplar el extraño espectáculo.
Desembarcan dos adivinos envueltos en turbantes de sangre azul, algunas prostitutas victorianas que no paran de tiritar, caballeros cuyas botas de hierro se hunden en el seco piso, una Alfonsina arrepentida, negros saltarines, barbudos filósofos con profusos y estrambóticos pensamientos que con ahínco discuten, una mujer cuya boda fue negada y capitanes que, con la frente en alto, miran soberbiamente a los demás.
La gente se para frente a ellos cual compradores frente a una vidriera de cambalache. Algunos hasta meten las manos en sus bolsillos en busca de las billeteras.
De un momento a otro, cual si un tapón fuera quitado, un remolino egoísta se chupa la historia.
Y allí quedan. Tan sólo cinco niños que, aprovechando el receso de invierno, juegan y se divierten en el arenero gigante.

Noches y miedos

Birman Kerszenblat, Martín

Malitencionadamente, con esa mala intención sólo contenida en los elementos de apariencia inofensiva, la puerta entornada tan sólo permite divisar un hilo de luz. Luz que apenas hace perceptible el piso y las imágenes oscuras de los entes que en éste se reflejan.
Recuerdo cuando era pequeño. Por ese entonces la luz era condición irrevocable para poder dormir. De lo contrario no sólo yo quedaba en vela, sino el conjunto de mis familiares aturdidos por el llanto de aquel miedoso niño que, por esa época, era. Recuerdo también como, con gran angustia, corría al despertarme en plena noche a la cama de mis padres; gente que por ser de mayor edad representaba una protección inexpugnable.
Hoy no. Hoy la luz se sobrevino en enemiga del sueño. Sueño que se interrumpe o no comienza quedando atado al tedioso mundo de la vigilia con casi el más tenue resplandor. Quizá sea una forma de defensa contra un posible encandilamiento al despertarse. Tal vez, simplemente, los ojos se mantengan abiertos por la necesidad de orientarse, cual si fueran insectos, hacia la incandescente lámpara.
La única iluminación plausible de acompañar el sueño es el pequeño hilo amarillento que se filtra por las puertas entornadas, Hilo que, si bien permite el letargo, no deja de generar angustia, como toda luz a la hora de dormir.
Mal intencionadamente, como decía antes de todo este tribal desarrollo, se filtra la luz por la puerta entornada. Mal intencionadamente porque como ya he expresado permite apenas divisar las sombras. Esas que, provocadas por lo que existe y por la imaginación, crean una realidad de monstruos y de intrusos armados, todos con malas intenciones.
La angustia, el miedo y la constante tensión se filtran por mi interior cual la luz por ese portal que da a la horrible dimensión de las sombras. Mi cabeza, apoyada en la almohada, hace que mis globos oculares, uno encima del otro, observen constantemente las horripilantes criaturas de la luz y la oscuridad que habitan esa matriz témporo-espacial.
Sólo una cosa me protege de tal espanto. Es el calor de tela y goma espuma de mi cama que, como una indestructible armadura, abraza la totalidad de mi cuerpo. Tan sólo eso me brinda la mayor seguridad.
La tranquilidad prima por un rato. La protección que aquel mueble me otorga es casi total. De repente, como un hilo de luz, se filtra a través de mi cama y de mi mente aquel ente que noche tras noche me acompaña. El ente de la soledad. Esa soledad que es carencia. Es la falta de una amante, de esa mujer que implacablemente esté siempre conmigo antes de que me duerma.
Finalmente, luego de una lucha a muerte con aquel parasitario ser, logro escaparme al mundo del sueño. Allí podré vivir dimensiones de alegría y amor, dimensiones de felicidad. Allí imaginaré a la mujer que todas y cada una de las noches éste a mi lado cerrando, por fin y por siempre, el mal intencionado portal.

La verdad del fútbol

Díaz, Ariel

Bueno muchachos, las cosas son simples. En esta breve charla técnica quería darles la verdad del fútbol.

Los titulares son los mejores jugadores que yo pueda elegir. Aunque por ahí digan que los mejores están en el banco o en reserva. Que el pibe Miguez promete porque metió no se cuántos goles en inferiores. Pero yo entiendo que el nueve que me recomendó un amigo es el mejor. Y no me vengan con que estoy metido en el negocio. Soy un laburante de esto.

Llegué al Club la semana pasada. He tenido tiempo de sobra para trabajar con ustedes. Por eso quiero que no se vaya a notar el cambio del esquema táctico. Tiramos el achique cuando las circunstancias lo requieran. Pero siempre paraditos con línea de seis en el fondo. Nada de paciencia, el que se equivoca: sale. Con-cen-tra-dos.

Saben que cuentan con mi apoyo. En las declaraciones a la prensa siempre habremos merecido ganar. Seguramente habremos hecho mejor las cosas dentro del campo de juego (no me gusta esa palabra) y si nos toca la desgracia de perder será porque el rival contó con la ayuda de los árbitros o porque metió los goles cada vez que pasó la mitad de la cancha. ¿Estamos?

Los que jueguen, quiero que lo hagan a muerte. Marquen duro. No anden con chiquitas salgan a romper en los corners. Pero no se equivoquen, vean donde está el árbitro. No demuestren odio. Esos gestos mandan en cana. Sale claro en la tele.

Déjense llevar por todos los gritos del público. Ellos son los que saben. Hagan todo lo que les griten. No piensen. Tal vez les pidan cosas exageradas, pero bueno, ustedes ganan un vagón de plata sin presiones de ningún tipo. Quiero vértigo. Toquen siempre para adelante. Nada de pausas. Dinámica.

A los delanteros los quiero motivados. Prefiero que cada uno haga la suya y no jueguen en función de equipo. Cuando griten un gol acérquense a las cámaras y hagan festejos extraños. Esas vidrieras les pueden acercar un futuro mejor. Y no se olviden al momento de los reconocimientos de este humilde servidor que tanto hizo por ustedes y por el espectáculo.

Sean inteligentes, si los marcan o los rozan no duden en tirarse alevosamente al piso. Exijan tarjetas para sus enemigos del otro equipo. Los reclamos le hacen la vida imposible al árbitro. Lo fastidian, lo ponen nervioso y siempre termina favoreciendo al local. Por eso actúen bien, pongan cara de inocentes, saquen ventajas…. ¡Es-pe-cu-len!

Espero haber sido claro. Yo no ando con vueltas. Los tiempos del fútbol argentino son cortos. Por eso, si ustedes hacen todo lo que les digo serán campeones Intercontinentales.

Mientras van saliendo por el túnel hacia la cancha grábense esto: “No importa como, lo único que sirve es ganar”.

Pasión celeste

Marchesini, Mauro

Les digo la verdad, creo que cualquier otra persona en una situación parecida se hubiera alarmado muchísimo o hubiera hecho un escándalo o una denuncia; pero yo no. ¿O me van a decir que creen que la muerte es más fuerte que la pasión?

Si mi viejo era el tipo más fanático del Depor de toda la historia. Una vez me dijo que el hecho de verlo jugar todos los domingos era un motivo suficiente para su eterno retorno. Y otra vez, que con tal de verlo campeón una vez en su vida era capaz de venderle el alma a una víbora venenosa.

Ahora, era la primera vez que el Depor llegaba a una final y al viejo le viene a dar un ataque el día anterior. Entonces aprendí que el destino no entiende nada.

La cuestión es que cuando abrí el cajón con la barreta, dos horas después de que pateamos el último penal y nos consagramos campeones, luego de que el cuidador del cementerio me llamara avisándome lo del ruido raro, lo vi a mi viejo con un puño apretado y una sonrisa en la cara. Y entendí bastante.

El partido en el lugar más difícil (de Visitante)

Zigliani, Mauro Ezequiel

Cuentan que una vez a punto de jugar de visitante, el equipo que respondía a los intereses del gremio de los pasteleros, decidió viajar en un colectivo escolar, para jugar el partido en el lugar más difícil.

Nadie entendía porque cada equipo que visitaba al Huracán de la ciudad de Goyena, era visitado por factores extraños que hacían tambalear tan dignos objetivos como disputar un partido de fútbol. Aunque algunos hechos relatados por quienes visitaron esas canchas, pueden dejarnos con la piel de gallina.

Rafael Mercado, goleador de Desamparados de San Juan, fue la primera victima de la que se tiene conocimiento de un hecho que lo alejo definitivamente de las canchas. Al parecer, en una tarde lluviosa y mientras corría para buscar un colectivo que lo llevara al entrenamiento en la ciudad sanjuanina de Valle Fértil, tuvo el maléfico destino de tropezarse con un pedrusco justo cuando estaba a la par de la puerta delantera del vehículo de ruedas peligrosas. Y vayan si fueron peligrosas para aquel maravilloso centrodelantero. Rafael Mercado, quisquilloso, de ampuloso remate de larga distancia, dejó huella a partir de ese día en el que su carrera terminó bajo las ruedas de aquel “larga distancia”.

A los jugadores que osaban meter un gol en ese estadio le sucedían extraños acontecimientos. “Una tarde de verano, cuando volvíamos de jugar en Goyena donde empatamos 1 a 1 con gol mío, comencé a vivir situaciones inexplicables”, cuanta Juan Carlos Gutiérrez, mediocampista. Y prosigue, “comencé con dolores en el estómago. Y cuando dormía, me levantaba de noche, veía a una mujer con vestido blanco y el escudo de huracán bordado en el pecho que me decía: no volverás a jugar tranquilo Juan, cometiste un pecado…”.

Hoy Gutiérrez continua internado en un neuropsiquiátrico, aislado y en soledad todavía relata con exactitud, como ese gol le cambió la vida.

Es así que en las cercanías de la cancha de Huracán de Goyena siguieron aconteciendo anormalidades. La noche anterior a los partidos, jugadores se despertaban exaltados ante presencias nunca comprobadas de fantasmas. Durante los partidos, un abucheo constante aminoraba el rendimiento de rivales destacados; y en los largos viajes de vuelta después de los encuentros, accidentes a planteles enteros que habían osado querer ganar en esa cancha se transformaron en contingencias común y corrientes.

Cada equipo llegaba a la conclusión de que una derrota era esperada, y aunque lucharan hasta el final, siempre era mejor volver a casa con una derrota digna, que nunca regresar… Ah!, los muchachos del gremio de los pasteleros, ganaron 2 a 0 y llegaban hoy a la mañana, se ve que el viaje se atrasó, todavía no llegaron.

Sin título

Potel, Nadia

Cuando tenía la edad de 10 años, mi tía Estela tuvo un bebe. Fuimos con toda mi familia a visitarla a la clínica, y fue tan grande mi curiosidad por saber el origen de aquel fenómeno de la naturaleza que sentí la necesidad abrumadora de investigar sobre el increíble origen de los bebes.

Lo primero que hice fue hablar con mi mamá, que con tono medio dudoso, me contestó que eran traídos por la famosa “cigüeña”. En ese momento le creí totalmente, pero unos años después me enteré por medio de un libro que esa teoría no era la cierta. Y fue tan grande mi decepción que sin decir nada empaque y me fui de mi casa.

Monólogo

García, Guillermo

Desde hace generaciones los lugareños cuentan que en esta casa habita un fantasma. Cada tanto, más o menos a la medianoche, hago ruidos o emito algún aullido procurando que se confunda con el viento. Además nunca dejo que me vean: la incertidumbre -es sabido- dignifica los relatos. Reconozco, sí, que las historias que tejen sobre mí son a veces estrafalarias y en nada se ajustan a la realidad. Pero eso ya no me importa demasiado. Los dejo hacer y me conformo con seguir existiendo…

Sin título

Desmarás, Maximiliano Javier

– ¡Ganamos, señor, ganamos!- me aturdió mi asesora. El ambiente, hasta ese entonces calmo y especulativo, estalló en una oleada de aplausos y vítores. “Corean mi nombre”, pensé. Miles de imágenes comenzaron a abrirse paso en mi cabeza: los fallidos sueños y proyectos de vida que en mi adolescencia creía inmortales, las banales ambiciones que tuve que dejar apartadas en el magnánimo cajón del olvido, la carrera que mis padres me impusieron… Y ahí estaba. Inmenso. Gigante. Infinito, cual Goliat, sabiéndome amo y señor de lo desconocido.

– ¡Prepárese para salir al balcón, es la hora del discurso!- me sacó de mi ensimismamiento el vocero de prensa. “¡Mierda, el discurso!”. Me había olvidado completamente, ni con los cálculos más optimistas me hubiera imaginado en esta situación. Un aluvión de peluqueros y maquilladores invadió mi cuerpo, produciéndolo y disfrazándolo de perfecto, mientras mi secretaria me arreglaba el nudo de la corbata.

– ¡5! – gritó mi asesora.

“¡Pensá en algo, pensá en algo!”, me alentaba a mi mismo, mientras manos invisibles trataban de acomodarme los lugares más recónditos de mi ser.

– ¡4! – exclamó impaciente- ¡Apúrese!-.

Su excitación empezó lentamente a resultarme molesta.

– ¡3! ¡Arréglese el flequillo!

“La primera decisión que tome va a ser despedirla”.

– ¡2! ¡Ya casi estamos!

“Carajo, ¿qué les puedo decir?”.

– ¡1!

“Bueh, ya fue, a la mierda todo”.

– ¡Al balcón, ahora!

Al instante, me topé con millones de ciudadanos mirándome directamente a los ojos. Me dieron lástima, pero no podía hacer nada en ese momento para evitar la catástrofe. Cerré los ojos y exclamé: “NO LOS VOY A DEFRAUDAR”.