El día que ganamos el mundial de Brasil 2014 comenzó la invasión

Rubén Oscar Leva

El día que ganamos el mundial de Brasil 2014 se armó el quilombo. Víctor Hugo, cuando Messi metió el gol, volvió con aquello del “barrilete cósmico” y los Xylones, flor de fanáticos, se brotaron. Por eso, casi al final del match, bajaron y abdujeron a Lío. Después no había rescate que les viniera bien. A la liga de Andrómeda querían llevarlo. Encima la nave argentina Pachamama II quiso rescatarlo y provocó la invasión. Suerte que enseguida, aburridos del fútbol defensivo, se las tomaron para su planeta. Ahora el balurdo es con la FIFA. No nos quiere reconocer la estrella. El campeonato, dicen, quedó anulado por la intromisión de un grupo de aficionados que invadió el terreno antes de la finalización del partido.

El raje

Rubén Oscar Leva

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 me quedé a dar la vuelta olímpica en el patio. El Rulo y los demás, no. Ellos rajaron apenas el Kun metió el tercero. Y bueno, no hay nada que decir, así estaba planeado, en la primera de cambio hacerse perdiz por el buraco que hicimos con las cucharitas debajo de los inodoros. Pero yo soy un fanático, mandé al carajo todo ese laburo. ¿Te quedaste a festejar con los canas? Sos un pelotudo, me mandó a decir el Rulo. Menos mal que el jefe me consiguió un poster de Messi como premio por mi buena conducta. Ahora ellos andan por ahí reventando giles y yo sigo aquí rezándole al ortiva del dios del fútbol. Encima mi jermu me mandó a la puta que los parió y se las tomó con el cabo Ramírez.

Tango

Rubén Oscar Leva

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 tragabas con el café cada gota de amargo rencor. Rencor sobre la ventana empañada del bar, sobre el asfalto negro de tormenta, sobre el neón que destella con su burla verdeamarela, rencor que sube en humo cancerígeno y hace rechinar los dientes con un ruido feroz, igual al ruido del bondi que frena en la esquina y del que baja ella, que cierra el paraguas y abre la puerta y ahora se sienta ¿Qué pasa, Julián? y vos, chiquitos los ojos como un japonés, aplastás el pucho, alzás la frente marchita y lleno del coraje de varón que Dios te dio desenvainás la katana de tus pupilas negras y decís decapitando las palabras: -Perdimos. La puta que los parió a esos brasucas del carajo.

Sueños

Rubén Oscar Leva

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 me acosté de madrugada después de haber ingerido abundante alcohol, sobre todo caipirinha para mayor oprobio del odiado rival. Una bella garota que me acompañaba y la iba de comunista odiaba a Pelé y opinaba que acostarse con un argentino, en un día como ese, era una manera revolucionaria de protestar contra el fútbol capitalista que O’Rey representaba. Para qué iba a contradecirla. Ningún argento desaprovecharía la oportunidad de reventar la noche robándole la mujer al derrotado. Cuando desperté la bella garota me hablaba desde un noticiero de la tele: Hoy Brasil festeja su sexto mundial, cientos de argentinos amargados agonizan en la arena de Copacabana.

La profecía

Rubén Oscar Leva

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 encontré al fin las profecías apócrifas de San Filipo. Estaban debajo de la colección de El Gráfico del abuelo. En la hora dieciséis del día de la mala suerte del mes de julio del año catorce el Mesías volverá y, de una sola copa, dará de beber a cuarenta millones. Desde entonces, seguía, el número trece será reivindicado y las navidades pasarán a festejarse el veinticuatro de junio, fecha cierta de su nacimiento. El Papa mudará su residencia a Rosario y dará sus misas en el templo de la iglesia Maradoniana. El Mesías y sus diez apóstoles recorrerán el mundo proclamando la buena nueva: hay fútbol después de la muerte. En el altar San Filipo se sentará a su diestra.

Quedarse afuera

Rubén Oscar Leva

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 yo estaba lesionado. Por eso no pude jugar la final. Mi rodilla había dicho basta en el último entrenamiento y aunque el kinesiólogo intentó recuperarme no hubo nada que hacerle. Así que ese día, resignado, me senté frente al televisor con la pierna sobre el banquito de plástico. Cuando Lío colgó el zurdazo definitivo en el ángulo de Julio César mi festivo pie izquierdo acompañó su movimiento con tanta mala suerte que impactó en el banquito sobre el que descansaba mi rodilla. El dolor se clavó en mi cerebro como un puñal. Entonces tomé conciencia, no sólo me perdería la final de veteranos del torneo interno de Once Corazones, era hora de dejar el fútbol.

¿Por qué?

Salvador Robles Miras

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014, no pude dormir en toda la noche, ni la siguiente tampoco, ni la otra… Aún hoy, dos años después, suelo despertarme de madrugada, trémulo, tras haber soñado una vez más con la jugada decisiva, aquélla en la que empujé el balón al fondo de la portería, en el último minuto de la final, y marqué el gol del triunfo, convirtiéndome en ese instante en el héroe de mi país y en el villano de mi conciencia. ¿Por qué no lancé el balón a la grada para permitir que fuese atendido el guardameta rival, quien se retorcía de dolor a mis pies? ¿Por qué?

Sin título

Ginés Mulero Caparrós

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 se detiene el Mundo. Los jugadores de ambos equipos se abrazan cercanos al centro del campo, hermanados en un Fair Play conmovedor. Sorprendiendo hacen un corro y levantan el círculo central de césped, como si fueran a mantear a alguien. Retirándolo a un lado comienzan a sacar balones con los relieves de la Tierra. Sabedores de que son los ojos y oídos del planeta… los besan y los lanzan al público. Neymar se acerca a las cámaras de televisión… El Spiker deja abierto el altavoz del Estadio de Maracaná: “¡¡Donan sus ingresos para sufragar la pobreza!!” Y regresa la corriente al Universo.

Sin título

Sergio Gaut vel Hartman

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 coincidió con la llegada de los extraterrestres. Las grandes naves plateadas quedaron suspendidas sobre el Maracaná en el momento en que Messi levantaba la copa, amenazando con opacar el festejo. No obstante, el ingenio de Lío pudo más. Haciendo gala de la precisión que lo caracteriza, arrojó el balón al aire y con una certera volea le acertó al panel de comando del sistema antigravitatorio de la flota. Las naves planearon sobre los morros y cayeron al mar en la bahía de Guanabara. La historia se había repetido… con una leve variante.

La mano de Francisco

Rubén Faustino Cabrera

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014, me acordé de lo que él me había dicho en julio de 2013, cuando viajé a Río de Janeiro: “Ya bendije al equipo argentino. En 2014 somos campeones”. Desde ese día, se conoce ese hecho como “La mano de Francisco”, así como en 1986 fue “La mano de Dios”. Eso sí, como entrenador, tuve que hacer una pequeña concesión: la mayoría de los jugadores seleccionados, todo el mundo lo sabe, provenían del equipo de San Lorenzo.