Crueldad

Parrilla, Ernesto Antonio

Primero fue por los ideales, luego por las injusticias. Y finalmente por ella, creciendo en el vientre de su novia. De una u otra manera, siempre fue por lo mismo. Por todo ello, arriesgó su anhelo de libertad. Pero ni siquiera en plena tortura podría haber imaginado que la recién nacida cayera en manos de lo que tanto odiaba. Ironía del abusador, la de apropiarse incluso de las esperanzas de nuestros muertos.

El refugio

Parrilla, Ernesto Antonio

Observamos detenidamente el derrotero de la metralla perpetrando la puerta del desvencijado Citröen. Calculamos el tiempo necesario para llegar hasta una pared que nos brindase el reparo necesario para conservar nuestras vidas. Impulsamos luego nuestros cuerpos, movidos por el miedo, por el deseo de no morir y atravesamos las sombras, el humo y la muerte misma, casi en una exhalación. Llegamos todos al refugio, sin embargo nos cuesta entender si aún estamos vivos. Todo a nuestro alrededor pareciera no estarlo.

Ellos son

Parrilla, Ernesto Antonio

Son tumbas, son silencios, son gotas de una lluvia que nunca dejó de caer, son estrellas fugaces en el firmamento, enormes vacíos en corazones destrozados. Son melodías para que todo el mundo escuche, son los pasos que repercuten en el pasillo, los gritos contenidos a lo largo de una eternidad. Son los testigos de una época, que nos impiden olvidar, que nos obligan a decir “nunca más, nunca jamás”.

Massada no caerá jamás

Cabrera, Rubén Faustino

No esperó que derribaran la puerta a patadas. En cuanto el Unimog estacionó frente a su casa, sabiendo qué le esperaba, tomó el cianuro. Mientras se moría, sonrió con amargura. “¡Qué ironía!”, pensó. “Utilizar un método de los nazis para burlar a estos otros asesinos”.

25 de junio de 1978

Zocaro, Marcos

Mientras escapan de las garras de los halcones, la veintena de palomas blancas, obstinadas como nadie, intentan sortear la muralla de los millones y millones de gritos que, ingenuamente, creen estar festejando un triunfo argentino.

De preguntas y respuestas

Centurión, Sandro Walter

Como todos los días el adusto oficial del ejército se acomoda la corbata frente al espejo del living. Entonces la niña se le acerca y le pregunta:
_ Papá ¿qué es un aparecido?
_ Un fantasma_ le responde sin más. La niña se queda de pie y lo mira.
_ ¿Y un desaparecido?
La pregunta lo incomoda y deja de peinar su bigote.
_ Alguien que no está.
_ ¿Los fantasmas existen papá?
_ No, son cuentos de viejas.
_ ¿Y los desaparecidos?
El hombre se agacha y besa a la niña en la frente.
_ Tampoco_ le susurra al oído.
Luego, carga en su maletín las carpetas con los nombres que debe arrestar y se va a trabajar.

Aquel dolor

Beláustegui, Diana

Le dije a mi hermana que me tomaría unos minutos ir al baño y volver. Ella protestó. Salí en silencio de la sala de teatro y cuando doblé en el corredor cinco hombres me detuvieron, interrogaron, revisaron y sentenciaron en el tiempo que me hubiese llevado regresar a mi butaca.
No volví a ver a quienes me amaron.
Por un tiempo corto conocí otras vidas también devastadas, y viví sus tormentos y muertes, como otros la mía. Sé que me buscaron y lloraron mi ausencia, aún siento la melancolía que causa mi cama vacía, el frío en la silla que no volvieron a ocupar, mi presencia en sus almas.
Todavía me duele aquel dolor.
No lo olvido.
No lo olviden.

24 de marzo

Calvo, Liliana

Una vez al año tenía una cita impostergable.
Desde hacía treinta y cinco, desandaba el larguísimo camino que lo separaba de ese lugar.
Le gustaba meterse entre la gente, buscar a sus amigos (¡aunque había encontrado tan pocos!) y a sus familiares más cercanos, a los que le costaba cada vez más reconocer.
Pero lo que lo hacía verdaderamente feliz era descubrir su fotografía, imperturbable, sonriente, entre las miles que se agitaban al grito de ¡Presente!

Mimetismo

Nicastro, Laura

Cuando fuera actriz, quería destacarse para que la identificaran en todas las marquesinas rutilantes, en las carteleras, en los medios. Pero su nombre apareció en una agenda imprudente.
Cierta noche, un grupo oscuro y violentamente silencioso la sacó de su casa, la obligó a partir con ellos. No se la vio más.
Hoy su identidad (¡ah, cuán excepcional, cuán de candilejas la había soñado!) ya se ha mimetizado con un sustantivo colectivo del lenguaje popular.
Ella ha de estar en algún pozo, pero cuál todavía se ignora porque ahora la llaman NN: no name (sin nombre).