Encuentro

Díaz, Laura Elena

Después de años de no querer saber, hoy iba a ir a buscarlo y esperaba encontrarlo.
Muchas cosas habían cambiado, ahora se sentía más fuerte como para enfrentar la verdad.
Muchos años habían transcurrido desde entonces. Su pelo dejaba ver algunas canas y en
su rostro aparecían algunas arrugas, delatando el paso inexorable del tiempo, que impiadoso dejaba sus marcas en el cuerpo.
Caminó por la calle. Como era feriado, la mayoría de los negocios permanecían cerrados, excepto algunos bares que sacaban sus mesas al sol. Había poca gente, pero muchos carteles y pasacalles alusivos a la fecha. A lo lejos, en la plaza, se levantaba un escenario aún vacío.
A la tarde, los jóvenes inundaron las calles. Sus banderas formaban un cielo de colores bajo el cielo. La avenida se había convertido en una marea humana que se desplazaba. Era un río de gente que marchaba detrás de los pañuelos blancos. Con ansiedad miró los rostros, pero no lo encontraba. ¡Eran tantos! Ninguno era él que ella buscaba.
De pronto lo divisó. Allí estaba en medio de la calle. En un momento todo lo demás desapareció: la muchedumbre, las banderas, los cánticos. Sólo quedó su rostro, ocupándolo todo. Allí estaba con el pelo peinado hacia atrás como ella lo recordaba y con su sonrisa que tantas adolescentes había cautivado en el secundario. No había arrugas, ni canas, estaba igual que treinta y cinco años atrás. Tenía la misma edad que cuando dejó de verlo en el pueblo. El tiempo se había detenido para él.
Trató de acercarse, pero era difícil caminar entre la multitud. Extendió sus manos para alcanzarlo. Las lágrimas nublaron sus ojos. Lo vio detrás de una cortina de agua, como el día que se despidieron bajo la lluvia en la terminal de ómnibus.
Entre muchos otros, allí estabas. La misma cara, la misma mirada, la misma expresión, la misma sonrisa de entonces. El tiempo lo había congelado en una imagen que ondulaba en la gran bandera que cubría varias cuadras. Entonces se acercó y caminó a su lado en silencio.

Hoy

Hinrichsen, Ana

Mientras desde el televisor se escucha decir al locutor Crímenes de Lesa humanidad: son diez los juicios orales que tienen fecha de inicio confirmada para este año. Están acusados, entre otros, el ex presidente de facto Jorge Rafael Videla y el ex militar Luciano Benjamín Menéndez, el hombre postrado en la cama murmulla en un rezo solitario: “Qué suerte que safé y que me fui a tiempo, antes de que empezara la cagada. Cómo se equivocaron, no entiendo cómo fue que se les pasó la mano. Gracias Dios mío, por salvarme de estar en ésta”.

Él

Hinrichsen, Ana

El día que me soltaron, él vino a buscarme. Abrió la puerta del calabozo y mirándome a los ojos me dijo suavemente: “Podría haber sido peor”.
Y tenía razón, podría no estar acá.

La foto

Mercol, Nidia

Está dormido.
No, simula.
Está dormido y simula.
La testigo abanica recuerdos de picana.
No, no simula, el general está convencido de que los dioses son glorificados después de los testimonios. Es tiempo de espera.

Heridas que no cierran

Martínez, Diego Albin

“Viejo, si no te pasó nada. No fuiste chupado por los milicos, no te torturaron, ni siquiera raparon tu pelo adolescente. Tampoco se robaron tus hijos, ni te censuraron. ¿A qué viene tanto remordimiento?”
“Estas lágrimas, hijo, son por todos los que se jugaron y padecieron aquella barbarie; mientras yo fui ciego, sordo y mudo, sin darme cuenta”.

La señora de la mirada triste

Lopo, Emilia

Ella andaba merodeando desde hacía días por allí. Esa mujer de unos sesenta años, de cabellos blancos y mirada triste, se paraba siempre en la vereda de enfrente; desde allí me observaba cuando yo salía de la escuela, puntualmente a las cinco.
Usualmente me iba caminando a casa, con varios compañeros del quinto grado, ella sólo se quedaba mirando hasta que yo doblaba la esquina.
No quería contarle nada a mamá para que no se preocupara, siempre estaba muy nerviosa entre su trabajo y la casa, pero yo no podía borrar de mi mente la imagen de esa mujer.
Un día al salir, como siempre a las cinco, noté que no estaba en el mismo lugar, había cruzado la calle y estaba cerca de la puerta. Yo miré como buscándola, entonces escuché una voz que me decía:
Aquí estoy.
Me turbé y no supe qué hacer, quise correr; pero ella me tomó suavemente del brazo y me dijo:
No tengas miedo, no quiero hacerte daño.
Después me preguntó cómo me llamaba, dónde vivía, cuándo cumplía años, si tenía hermanos y cosas así. Yo contestaba a todas sus preguntas, ya no estaba asustado porque su voz era suave y su mirada me hacía sentir muy bien, como protegido.
Y así pasaron los días y las semanas. Cada día hablábamos un poco más y me acompañaba hasta la esquina, yo le contaba las cosas que había hecho ese día y se reía mucho de mis travesuras.
Cierta vez mamá decidió ir a buscarme a la salida, y cuando llegó me encontró hablando con ella. Se puso furiosa, bruscamente me tomó del brazo y me metió en el auto. Yo le dije que no se asustara, que la señora no quería dañarme y que era muy buena; pero ella seguía gritándome y diciéndome que cómo no le había contado, que ella siempre me había dicho que no hablara con extraños, y hasta llegó a decir que iba a hacer la denuncia a la policía.
Al día siguiente salí corriendo, quería verla y contarle lo que había pasado y alertarla; pero llegué tarde. Vi como dos policías se la llevaban y la metían en un patrullero; alcancé a ver sus ojos llenos de lágrimas mirándome con una tristeza larga, infinita.
Pasaron varios meses. Un día estaba mirando televisión. Distraídamente cambiaba de canal, de pronto la vi, ¡era ella!, la voz decía que se conmemoraba otro aniversario de no sé que cosa, y la cámara la puso en primer plano: tenía un pañuelo blanco en la cabeza y la mirada triste de siempre.

María Sol

Lopo, Emilia

Fueron años duros de estudio en Buenos Aires. Por fin conseguí mi título de médica. Las luces de la ciudad no me deslumbraron, y tal como me lo había propuesto, volví a mi pueblo con mi diploma bajo el brazo y un montón de ilusiones en el equipaje.
El consultorio estaba al final de la calle. Aquella mañana, como tantas otras, subí a mi bicicleta y salí, dispuesta a ayudar a toda esa gente humilde de la que recibía tanto afecto. Una brisa cálida me acariciaba la cara y jugaba con mis cabellos. Se anticipaba otro día tórrido de siestas interminables; el sol blanqueaba la fachada de las casas y un olor a hierbas frescas bajaba desde las montañas.
María Sol ya estaba esperándome, preparando el listado de los pacientes del día. Dos veces por semana me ayudaba, y el resto trabajaba en la casa del gobernador. Era hija de un matrimonio muy pobre; tenía ocho hermanos y había cumplido sus quince años, sin fiesta ni vestido largo. Era muy aplicada en su trabajo y por las noches asistía a la nocturna para terminar la secundaria.
Aquel día la noté muy triste, estaba ojerosa y parecía cansada. Después de mucho insistir la convencí y me dejó revisarla. Se mostró muy reticente, vi que su estado general era bueno, por lo que no insistí en seguir con el examen. Por fin empezó a vestirse, y a medida que lo hacía su nerviosismo aumentaba, hasta que empezó a llorar. Cuando logré que se calmara me dijo que creía que estaba embarazada. Con mucha paciencia le pedí que me contara lo que había pasado; sabía que no estaba de novia. Sus enormes ojos negros se nublaron cuando me contó que Don Ramón había estado acosándola y, bajo amenazas, la obligaba a tener relaciones con él. No podía creerlo: el mismísimo gobernador que hacía alarde de su honestidad y se pavoneaba paseándose con su esposa y sus hijos, mientras todo el pueblo le rendía pleitesía.
El examen dio positivo y fue el inicio de nuestro calvario. Le prometí que no la dejaría sola. Personalmente fui al despacho del gobernador; apenas le dije lo que sucedía me insultó y a los gritos me dijo que cómo podía creerle a esa chirusa que se revolcaba con medio pueblo. Nunca más quiso recibirme. Esa misma tarde la despidió de su casa.
A los pocos días me extrañó que María Sol no viniera al consultorio. A la noche fui hasta su casa y encontré a su familia muy preocupada: su hermano mayor había ido a buscarla a la escuela y no la encontró. Sus compañeras no la habían visto.
Pasaban los días y no aparecía. Recurrí a la policía, a las radios y al diario local, pero nadie quería ocuparse del tema. En mi consultorio cada vez entraban menos pacientes y la gente murmuraba cuando yo pasaba.
Al mes su cuerpo apareció flotando en el río; dijeron que había sido una sobredosis, no le dieron importancia a los golpes que desfiguraron su rostro, ni a las heridas cortantes que tenía en diferentes partes del cuerpo.
El departamento de la calle Balcarce es chico pero cómodo. Los fines de semana es más tranquilo y voy a caminar por la costanera; el olor del río y el canto de los pájaros, me recuerdan un poco a mi pueblo.
El portero, atento como siempre, me abre la puerta del ascensor:
¿Me permite que la ayude doctora? Espero que hoy tenga suerte y que alguno de esos desgraciados la escuche.
Junto con mi gente damos otra vuelta a la pirámide. Como todos los martes, cientos de carteles visten la Plaza de Mayo, unidos en un solo grito: JUSTICIA PARA MARIA SOL.

Desapariciones

Cisterna, Gabriela

A veces viajaban juntos en trenes sin destino, otras se despedían en estaciones que ya no existen. Por un tiempo creyó perderlo y se sintió más sola que nunca. La noche de su cumpleaños número cuarenta se durmió arrullada por el viento patagónico, para regresar a una siesta cálida del norte: caminaban despacio por la calle de lapachos amarillos que conduce al viejo mercado, cuando se les cruzó el Falcon verde. Despertó espantada y presintió que no habría más encuentros. Desde entonces su padre desapareció también de los sueños.

La vieja del Viejo

Vidal, Emiliano

Mario era el hijo mayor de Beto, un dirigente sindical de otros tiempos. Leal astilla de esa buena madera que era su padre, quien había sido el representante de los trabajadores del taller mecánico aún antes de la llegada a la política de ese coronel que cambió la historia, era el maestro de escuela de muchos niños. Para ese aullante invierno de mayo de 1977, estaba desaparecido. No se lo veía por ningún lado. Papá Beto había fallecido un año antes del golpe militar. Los hilos del país balbuceaban en manos de generales que desconocían por completo la premisa que habían tallado el denominado Padre de la Patria, José de San Martín y quien se contentaba con ser un buen hijo de ella, Manuel Belgrano: el ejército no está para castigar a su propio pueblo.
Si bien Mario era el que organizaba las charlas políticas, el que revisaba la historia, el que despabilaba zonceras, encaraba una tarea suprema: era el Papá Noel de las Navidades familiares.
Durante casi una década, Mario se calzaba los algodones que oficiaban de barba blanca, suspiraba con los tensores rellenados que hacían de un estómago prominente y se enfundaba en un pijama rojo que un primo nunca usó y abandonó a mejor suerte. Desde 1965 su participación era el postre final de una gran velada.
Mario nunca apareció. La Navidad de ese año 77 fue la primera de muchas sin la presencia “del viejo rojo con los regalos”. Nadie ocupó su lugar. Beto murió de tristeza aún cuando se había acercado a esas viejas locas como lo llamaban los que desaparecían a tipos como Mario y hacían esas rondas en la plaza más emblemática de la Argentina.
Pero a Tema, su mamá, envalentonada por el retorno de la democracia, para la Navidad de 1984, se le ocurrió encarar el que sería el primer gran homenaje para su hijo desaparecido: ¡disfrazarse de la MAMA de Papa Noel…! Para que sea un éxito, Tema recurrió a elementos tan particulares como extraños; una media femenina en la cabeza –lo cual le deformaba sus rasgos faciales- una peluca de los tiempos en que la mayor de las tres, su hermana Ñata, era peluquera; un derruido vestido; las manos, calzadas con unos guantes de cocina gastados y lo más interesante, era que alrededor del cuello colgaban retazos de muñecas sin cabezas o sin brazos que habían pertenecido a su hija Marta.
En su debut, y sin vacilar, salió por el ventanal de atrás, entrando sigilosamente por el jardín al patio donde estaba el resto.
– ¡Hola chicos, hola, vengó en representación de mi hijo, soy la mamá de Papá Noél que nunca los olvidó…!
Los llantos de los primos más chiquitos, mezclados con las risas de los primos más adolescentes y de los adultos, fue el puntapié inicial para una Navidad inolvidable.
Es que con esas ropas, y el timbre de la voz cambiada, Tema parecía un monstruo.
¿A quién se le podía ocurrir disfrazarse de la madre de Noel?, porque Tema no olvidó y hoy sigue sonriendo cuando observa en su nieto treintañero, que las Navidades volvieron a tener al Viejo Noel.

Lecturas

Fernández, Carolina

Cuando en la Panamericana dos tipos de uniforme verde se le cruzaron haciéndole señas para que frenara, pensó en lo inoportuno de sacar a pasear a la familia con el desasosiego que se respiraba en la calle. Obedeció, no había otra. De la nada brotaron cuatro milicos, armas desenfundadas y se cubrieron detrás de su coche, disparando en dirección a la ruta. En el asiento de atrás, las nenas miraban hipnotizadas los casquillos que saltaban como chispas de las 45. Les bajó la cabeza de un empujón. “Nos usan de escudo, hijos de puta” murmuró su mujer. Un auto rojo se acercaba a toda velocidad con un ruido de avión demasiado bajo, el sonido de las cosas que están convirtiéndose en terribles. Alcanzó a ver la nuca del conductor, casi escondido tras el volante. Le disparaban con rabia. Doscientos metros más adelante se estrellaba contra un rastrojero para incendiarse despacio, mientras los milicos miraban, relajados.
A la mañana siguiente, la nena de seis años señaló un recuadro chiquito, casi perdido en la cuarta página del enorme diario. “¿Qué quiere decir “enfrentamiento”, Pá?”